Juan Ramón Jiménez

por Joaquín Sorolla (1916)

La Obra Poética

de

Juan Ramón Jiménez

Estudios y Recursos Literarios

© José Antonio Serrano Segura

 

barra horizontal de separación

 

 1. Biografía

 2.Trayectoria Poética

 

2.1. Visión general

 

2.2. Etapa sensitiva

 

2.3. Etapa intelectual

Diario de un poeta reciencasado

(Estudio monográfico)

 

2.4. Etapa suficiente o verdadera

Apéndices:

 

Juan Ramón Jiménez

y la Literatura de su tiempo

 

y... Zenobia

 

 

Juan Ramón Jiménez, Bodegón, Sevilla, 1897

 

 

Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí

en la terraza de su casa del número 8

de la calle Lista, Madrid, 1923

 

 

Juan Ramón Jiménez, Marina, 1898

 

 

Perfil de Juan Ramón Jiménez, 1956

 

 

Juan Ramón Jiménez: Vivienda del casero de Fuentepiña

 

 

Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez

Maryland, hacia 1941

 

 

Juan Ramón Jiménez con dos niños

en Buenos Aires, agosto de 1948

 

2. Trayectoria poética

En la extendida producción de Juan Ramón Jiménez hay, como sabemos, una vuelta constante del autor sobre sus poemas anteriores para lograr, a partir de cierto momento, una expresión más depurada, particularidad que llegó a convertirse en un signo distintivo de su obra. No se trata, por supuesto, de un rasgo exclusivo, pero como no abundan los buenos ejemplos en lengua española, el de Juan Ramón Jiménez es poco menos que ineludible en las consideraciones sobre el tema.

Asimismo, y de manera paralela, es explicable que un itinerario poético como el suyo, que atraviesa prácticamente 60 años, ofrezca diversas etapas, épocas o cambios de estilo. Increíble hubiera sido, en un lapso tan prolongado y con una producción tan nutrida como la que ostenta, una complexión monolítica. No, lo que nos muestra Juan Ramón Jiménez (como muchos otros) es la persecución de nuevos caminos. Aciertos ocasionales, logros debidos a ecos pasajeros o de reflejo, no suelen determinar, pasado el momento, igual satisfacción o complacencia. Por el contrario, es corriente la pugna entre lo que el poeta ha realizado y lo que, ambiciosamente, aspira a conseguir. Es difícil pretender uniformidad de los autores en esta dirección, y lo único que cabe afirmar es que Juan Ramón Jiménez es buen motivo para estudiar esta actitud. Y como aquí no hay mayores dudas, creo que vale la cita del propio autor, ya hacia el final de su vida. Así, escribió en el «Prólogo» a Un libro escojido, de 1954, a manera de resumen y conclusión: «...mi biografía es empezar siempre; mi bibliografía siempre empezar...»

Lo que podemos agregar es que difícilmente, ni aun los grandes poetas (y, sobre todo, aquellos que han dejado una producción abundante) dan ya en sus primeras obras su nivel más alto y personal. Y esto, sí, tiene apariencia de «ley».

Para no apartarnos demasiado de Juan Ramón Jiménez, recurro al breve cotejo entre éste y dos poetas cercanos, que tienen además ciertas semejanzas (particularmente iniciales) con el poeta de Moguer. Me refiero a Manuel Machado y Francisco Villaespesa. Pues bien, creo que no es forzado aceptar que tanto Manuel Machado como Villaespesa alcanzan ya, tempranamente, su «estilo» y hasta sus mejores obras. El caso de Machado es harto conocido: Alma, de 1900 (primera obra sin colaboración ajena), nos ofrece no sólo los rasgos fundamentales de su poesía sino también su mejor libro. Y como decía Alfredo Carballo Picazo en un sustancioso prólogo, Alma presenta acabadamente los elementos esenciales de toda la poesía posterior de Manuel Machado. Sin olvidar, claro, que su obra posterior es casi tan numerosa como la de Juan Ramón Jiménez. Lo que es mucho decir. Algo parecido podemos afirmar de Francisco Villaespesa, tanto en la especial cronología (y prioridades) como en lo copioso de la obra.

De tal manera —y sin pretender más que una comparación determinada por la cercanía— cabe agregar de inmediato que la producción de Juan Ramón Jiménez supera ostensiblemente leves semejanzas externas y, por el contrario, es más lo que se diferencia que lo que se asemeja. A su vez, debo decir que quizás los ejemplos de Manuel Machado y Villaespesa no correspondan a los casos más típicos. Es más frecuente que la culminación, o culminaciones, se alcancen después de una trayectoria con cierto paralelismo biológico, nunca exagerado. No cambia el respaldo que suele aportar la abundancia, y que es válido para los tres autores, si bien —insisto— el que parece cumplir mejor con la «ley» a que me referí es, sin duda, Juan Ramón Jiménez.

Hablar de las etapas o ciclos en la lírica del poeta de Moguer es replantear uno de los tópicos insoslayables vinculados a su nombre y su obra. Con la aclaración de que nuestro autor dejó, aquí, un material de poco común caudal. Además, dejó también (cosa típica en él) una serie igualmente nutrida de comentarios y auto críticas. Y, como si eso fuera poco, nos dejó asimismo un poema que, situado cronológicamente hacia el centro de su bibliografía, ha sido visto por muchos de sus críticos como una especie de clave, y referencia ineludible siempre que se plantea este problema de sus etapas líricas. De más está decir que ese poema no es otro que el que comienza: «Vino, primero, pura... «. Poema que —espero mostrarlo— aparece, en esta dirección, más llamativo que positivo. O, mejor, más logrado como «poesía» que como «testimonio». Aunque mi explicación resulte abundante, diré que Juan Ramón Jiménez nos da en esa famosa pieza lírica una visión de la «mujer» (y sus vestidos o adornos) en diferentes momentos de la vida del poeta. «Mujer» que, hacia el final, el autor identifica con la poesía. De ahí la distinción en las tres (o cuatro) etapas, aceptadas no sólo como identificadas con la poesía, sino, en especial, con su poesía.

2.1. Visión general

Aunque por motivos pedagógicos se divida la obra en etapas y se muestren las características de cada una de ellas, son imprescindibles unas consideraciones previas a la hora de efectuar dicha división. En Juan Ramón Jiménez, vida y obra vienen a ser una misma identidad. Él no habla de su poesía, sino de su Obra, con mayúscula, y comparando su labor con la de un dios. Creía en la unidad total de toda su producción, y para él crear era cumplir con su destino humano; más aún: era lo único que daba y podía dar sentido a su vida, que justificaba y salvaba al poeta en sus momentos más críticos. Él mismo dijo: La obra, como la vida, se resuelve sucesivamente.”

Hablaba de sucesión o de obra en marcha, y así, en efecto, hay poemas que se convierten en constantes, se repiten con cambios en una vida y obra que son transición permanente; otros, en cambio, desaparecen en su obra posterior.

Hay un aforismo del poeta que muestra claramente esta imposibilidad de dividir su obra en libros o períodos: Libros, no; Obra. Y así es, efectivamente; Juan Ramón Jiménez tiene siempre presente su obra entera y, además, hay otro aspecto que da unicidad a todo su sistema poético: su rigor estético, su sentido de obra bien hecha que presidió siempre, como cualidad esencial, su trabajo que, no lo olvidemos, es la máxima justificación, por no decir la única, de su vida.

El proceso evolutivo de su obra está marcado por una fuerte tendencia a la interiorización y por una búsqueda incansable y casi enfermiza de la expresión desnuda, hacia una poesía pura que sea capaz de dar forma a sus inquietudes y experiencias íntimas.

Sentada esa unidad global de su obra, hay que tener presente su evolución poética, con unas constantes (como la soledad y su sentido de perfección estética) que le llevaron en una primera época al cultivo de unos valores líricos elementales, con predominio del sentimiento, para, posteriormente, mostrar en su obra un deseo de plenitud o ansia de eternidad y, por último, un intento de penetrar en las cosas para remontarse a lo abstracto.

Algunos unos textos de Juan Ramón Jiménez han ayudado a dividir su obra en fases o periodos. Didácticamente, el más conocido es el poema 5 de Eternidades:

Vino, primero, pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.

 

Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fui odiando sin saberlo.

 

Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros...
¡Qué iracundia de yel [1] y sin sentido!

 

... Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.

 

Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.

 

Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda...
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!

Pero este poema ofrece dificultades insalvables y, por tanto, sólo parcialmente puede considerarse válido: no recoge ni Ninfeas ni Almas de violeta, libros profundamente modernistas y que el poeta dejó a Villaespesa en 1900, cuando volvió a su pueblo natal. Estos dos libros no volvió a editarlos y los eliminó de sus antolojías. Por otra parte, el poema es de 1918, lo cual significa que no pudo recoger la poesía que siguió creando durante cuarenta años más.

Los tres primeros versos se refieren, seguramente la la poesía simplemente sentida, sin que haya llegado aún la necesidad de su expresión literaria. También a sus poemas de adolescencia que, como se verá más adelante, serán reelaborados por el autor en Arte menor. Después, con el Modernismos, los elementos ornamenrtales: Luego se fue vistiendo / de no sé qué ropajes; / y la fui odiando sin / saberlo. / Llegó a ser una reina, / fastuosa de tesoros..., merecen la reprobación y el desprecio de su autor. Cuando va depurándose, despojándose de adornos inútiles, de nuevo empieza a entusiasmarle: Y se quitó la túnica, / y apareció desnuda toda... Es entonces cuando el poeta cree que ha llegado a su meta: ¡Oh pasión de mi vida, poesía / desnuda, mía para siempre!.

Aunque no siempre resulta convincente el paralelismo («alegoría» podríamos llamarla con mayor exactitud), tiene ya valor de lugar común esta traducción, que atiende sobre todo a tres etapas cronológicas:

1) El comienzo (de «pureza» intuitiva).

2) El momento modernista (o de enriquecimiento exterior).

3) El momento de plenitud (o de la «pureza» consciente, de la poesía «esencial», etcétera).

En razón directa de su rotunda eficacia lírica, poco tardó en aceptarse esta partición como una verdad total, y así fue frecuentemente glosada por la crítica. No fue —acepto— una ratificación ciega, pero sí hubo mucho de fervor «mítico», por el hecho de concederse valor de inventario a las palabras del poeta. Que pudo o no darle dicho valor. Y que si se lo dio, no excluye, de nuestra parte, la libertad de disentir...

Ésta es, con gran ventaja, la «declaración» más difundida de Juan Ramón Jiménez vinculada a sus etapas o ciclos poéticos. Pero bien sabemos que, si no tan conocidas, nos dejó otras manifestaciones similares, en verso o en prosa, y de más o menos decoroso perfil. Con el agregado de que, posteriores, permiten también variantes o diferencias con el poema de Eternidades. Repito: éste, sí, el más famoso...

No es un poema, aunque tuvo bastante difusión, la «Síntesis ideal» que incluyó la primera edición de la Poesía española [contemporánea] publicada por Gerardo Diego en 1932. Hay que aclarar que allí figura también un Esquema autobiográfico con algunos puntos de contacto con la Síntesis ideal. Como sabemos, la variante principal está en el notable crecimiento, superior a lo que muestra su poesía, que casi duplica las etapas a cinco (o seis). Y no reparamos aquí en el estribillo de la «soledad»5.

Con posterioridad, y en forma paralela a una producción lírica que no baja su número, insistió Juan Ramón Jiménez, a veces hasta con singular dramatismo, en el problema de sus épocas literarias. Vemos así repetirse el cuadro de las cinco (o seis) épocas o ciclos, pero también asoman clasificaciones de dos, tres, cuatro...

La conclusión a que llegamos es que el itinerario que va marcando Juan Ramón Jiménez a través de los años no se caracteriza ciertamente por su coherencia o rigor, porque, si por un lado da a entender ampliaciones e incorporaciones, muestra también, por otro, repliegues y contradicciones. De lo que sí nos convence, aunque no sea en él novedad, es de su preocupación constante por el fenómeno de la poesía. Que, por supuesto, llega a identificarse a menudo con el fenómeno de su poesía.

La crítica, particularmente aquella que podemos llamar «reverencial», ha acogido con frecuencia la autocrítica de Juan Ramón Jiménez y, sobre todo en el caso de lo que éste «declara» en el poema «Vino, primero, pura... «, con una rotundidad que, me parece, resulta exagerada. Repito una vez más que no se trata de aceptar o negar en bloque lo que un autor opine acerca de su obra, sino de aquilatar, como corresponde, su obra más que sus juicios.

Comparativamente, concedo más valor (aunque, como veremos, cuesta alejarse de ciertas seducciones) a críticas como las de Enrique Díez-Canedo, Rachel Frank y, sobre todo, Emmy Ned-dermann. Así, según Díez-Canedo, hay tres etapas cronológicas (o «maneras») dentro de la lírica del poeta de Moguer, división que el crítico enuncia hacia 1944: 1) la manera sentimental, que ve en los primeros libros, con preferencia en el verso del romance; 2) la manera pictórica, en libros posteriores, con preferencia por el alejandrino modernista, y 3) la manera sintética, de poesía desnuda, con preferencia por el verso breve.

No importa que una vez más, hacia 1953, Rachel Frank recuerde, como si fuera una cita fija o ineludible, el famoso poema «Vino, primero, pura... «. Más importancia le asignó a su posterior, y personal, clasificación de las que llama «las tres fases» de Juan Ramón Jiménez: 1) la fase intuitiva; 2) la fase de enriquecimiento, y 3) la fase conscientemente simplificada.

En fin, aunque sea necesario retroceder en el tiempo, no podemos olvidar las aún útiles reflexiones de Emmy Neddermann sobre el poeta andaluz, estampadas en su libro de 1935. En ella encontramos también tres etapas, que enuncia de la siguiente manera: 1) subordinación del mundo exterior al yo (poesía del poeta ensimismado); 2) identificación panteísta del yo (de sensibilidad más receptiva), y 3) fusión mística del yo con la naturaleza.

¿A qué solución llegamos? Yo creo que, sin la ingenua pretensión de poner punto final a este transitado tópico de las «épocas» o ciclos de Juan Ramón Jiménez, me decido, finalmente, por la más escueta partición en dos etapas. Partición, en última instancia, no alejada de la que en cierto momento (1945) propuso el propio poeta, urgido por la brevedad. Tampoco alejada de clasificaciones como la de Emmy Neddermann, ya citada. Y, en especial, si bien tampoco pretendo exclusividad en el procedimiento, porque mi punto de partida no es otra cosa que el reconocimiento de la materia básica. Es decir, una trayectoria lírica, y no una trayectoria de la autocrítica de Juan Ramón Jiménez. En fin, si no es demasiada pretensión de mi parte, alejada tanto de su cambiante fijación de «épocas», como, en otro nivel, del también declarado intento del poeta de una poesía «unificada» en un ulterior trabajo de corrección y taracea.

Juan Ramón sentía un deseo tal de perfección que nunca quedaba totalmente satisfecho al terminar un poema y, como decía él mismo, «soy un metamorfoseador sucesivo y destinado» (prólogo a Libro escojido 29 abril, 1954). Ello le lleva a corregir sin cesar sus versos, a revisar y transformar los libros ya publicados. Cuando preparaba una edición compiladora de su Obra, dividida por géneros, realizó diversos cambios en muchos de sus poemas. Antonio Sánchez Romeralo ha llevado a cabo una edición antologizadora de la poesía juanramoniana siguiendo los proyectos del propio autor: Leyenda (desde 1896 hasta 1956). En ella aparecen ya las nuevas versiones de los distintos poemas recogidos. Los cambios realizados responden a ese afán de depuración y sencillez que hemos señalado como una característica de la poesía madura de este escritor.

La soledad, como se ha visto, es uno de los puntos de unicidad de todo el sistema poético de Juan Ramón Jiménez, de lo cual él era totalmente consciente, tal como puede mostrarse cuando, a instancias de Gerardo Diego (1932), para su famosa Antolojía Poética (Poesía española. Antología 1915-1931, edición de Gerardo Diego, Madrid, Signo, 1932) intenta mostrar cómo su evolución va presidida siempre de este sentimiento y nos da la síntesis ideal siguiente:

1. Influencia de la mejor poesía «eterna» española: predomina el Romancero, Góngora y Bécquer. Soledad.

2. El Modernismo, con la influencia principal de Rubén Darlo.

3. Reacción brusca a una poesía fundamentalmente española, nueva, natural y sobrenatural, con las conquistas formales del modernismo. Soledad.

4. Influencias jenerales de toda la poesía moderna. Baja de Francia. Soledad.

5. Anhelo creciente de totalidad. Evolución consciente, seguida, responsable, de la personalidad íntima fuera de escuelas y tendencias. Soledad.

6. y siempre. Angustia dominadora de eternidad. Soledad.

Naturalmente, quedan fuera de esta clasificación todos sus libros posteriores.

De todos modos, la mayoría de los críticos están de acuerdo en tomar su esquema de Animal de fondo a la hora de dividir su obra:

*    Primera época o sensitiva: 1898‑1915.
*    Segunda época o intelectual: 1916‑1936.
*    Tercera época o verdadera: 1937‑1958.

I. Primera época o sensitiva:

Cabe señalar en los primeros años la particularidad de Ninfeas y Almas de violeta, producidos en clave modernista no totalmente asimilada: Darío, Villaespesa, los Machado y Valle-Inclán le dedican poemas y artículos y le proponen títulos para sus libros. Pero se trata de una poesía que se vale aún de muchos tópicos de época sin darles un tratamiento particular: la mujer, el alma y los paraísos artificiales escondidos tras imágenes como la sombra, el lago, el hombre enlutado y misterioso, el jardín y la carne— abundan en los versos de sus primeros libros. Luego, un periodo de predilección por la sencillez formal, motivado por la influencia de la mejor poesía eterna española, predominando el Romancero, Góngora y Bécquer, pero también del simbolismo (especialmente Verlaine), ligado biográficamente a su hospitalización en Francia. Finalmente, tras la primera época de euforia decadentista que suele situarse de 1900 a 1907—, Jiménez no oculta su preferencia por el alejandrino desde Elegías hasta Melancolía (1908-1911), en el que halla el mejor medio dialéctico posmodernista: se trata de juicios autocríticos para descubrir los elementos que ha aportado el Modernismo para abordar el problema de la creación. En esta primera etapa abundan impresiones sensuales y un sentimentalismo reiterativo que se manifiesta en una atmósfera tenuemente musical, melancólica y vaga, en medio de un paisaje silencioso y sensorial, con gran énfasis en la coloración y el elemento pictórico. La descripción espacial y de lo externo sirve al poeta casi siempre como reflejo de su propio estado de ánimo o de su postura ante la vida y, por extensión, ante el arte.

II. Segunda época o intelectual:

Se suele señalar como factor determinante para el cambio de estética tanto la vuelta a la capital como el conocimiento de Zenobia y, además, la influencia de José Ortega y Gasset con quien había entramado amistad ya en el lejano año de 1902, más la confluencia ideológica motivada por el panorama intelectual de la época. Había surgido una nueva camada de escritores que pretendía abordar con profesionalidad lo que el fin de siglo había intentado con demasiado lloriqueo”: la convergencia de España con la Europa contemporánea mediante la adopción de criterios modernos y antipesimistas. De esto resulta un gradual abandono del psicologismo paisajístico anterior para entrar al terreno metafísico expresivo, lo cual, a su vez, altera radicalmente la relación yo-mundo en la poesía juanramoniana. Si de la etapa primera destacábamos la importancia de lo pictórico, ahora los referentes reales interesan en la medida en que sirven como elementos de un sistema simbólico superior. Tanto los Sonetos como Estío dan cuenta de la evolución hacia la poesía sencilla en el lenguaje y la forma pero a la vez problemáticamente intelectual en el fondo que culminará en el Diario de un poeta reciencasado, que además se abre a las nuevas estéticas vanguardistas tempranas. La anécdota estructural externa del diario de viajes es trascendida a la búsqueda interior, no del alma modernista, sino de la famosa “intelijencia” que se preguntará por la realidad profunda, divina y perenne que se esconde tras lo obvio y material, denotado en títulos posteriores como Eternidades, Piedra y cielo y La realidad invisible. En todos los casos, la conclusión es una afirmación de la palabra poética como salvación del yo y del mundo en un eterno presente contra el que nada puedan ni el tiempo ni la muerte. Las antologías Poesía y Belleza inauguran, además, el concepto de Obra, cuyo uso ulterior quedará asociado a la ansiada totalidad y unidad de sentido.

III. Tercera época: suficiente o verdadera:

Según testimonio de Aurora de Albornoz, la denominación suficiente o verdadera se debe al propio Juan Ramón Jiménez. Es en los últimos poemarios, que tuvieron una gestación mucho más pausada, donde se define no sólo la ambición estética, metafísica y religiosa de Juan Ramón, sino donde además resulta imposible separar su estética de sus particulares afanes religiosos y de su metafísica. La estación total se plantea como el canto plácido del yo poético tras presentársele el todo, que tanto había perseguido en la etapa anterior, en forma de conciencia plena de creación, en abstracto, y de la obra, en concreto. Como consecuencia, el yo poético llega a la certeza de que la muerte no supone un fin, sino una refundición con el todo. Así, siendo visionario y profeta de lo divino, pretende salvar su conciencia individual a través de la obra poética en la que se refleja. Animal de fondo unido después a Dios deseado y deseante son los libros más representativos de esta etapa.

Su importancia como poeta es extraordinaria porque es un gran descubridor y forjador de nuevas posibilidades expresivas. Fue capaz de crear recursos lingüísticos y estilísticos inexplorados hasta entonces. Con ello abre caminos a los jóvenes poetas de la generación del 27, que se acercaron a él atraídos por su gran prestigio, como a un verdadero maestro. Con algunos de ellos convivió en la Residencia de Estudiantes, aún muy joven, en sus primeras visitas a Madrid.

Toda su inteligencia, su sensibilidad, su vida entera, la dedicó casi exclusivamente a lo que él llamaba «la Obra». Esta actitud de encierro en su torre de marfil lo apartó ciertamente de los problemas de la sociedad española. Pero no siempre: Su actitud en defensa de la República, firmando manifiestos, haciendo declaraciones públicas en la radio, albergando en su casa a niños huérfanos, lo que le llevó a la ruina y a tener que marcharcharse con su esposa a los Estados Unidos, en donde se le había ofrecido trabajo como profesor de español así lo confirman, como veremos más adelante.

Llegamos, obligadamente, al momento de plenitud en la obra de Juan Ramón Jiménez, sin que tal reconocimiento —es obvio— signifique borrar los logros de su época anterior. Pero no hay ninguna duda de que es esta etapa la que identificamos como de personalización y culminación del poeta. Momento al cual corresponde, como ganado título, el nombre de época de la «desnudez expresiva», aunque de inmediato un nombre tan escueto obligue a hacer aclaraciones y agregados.

Ya sabemos cómo Juan Ramón Jiménez llega a esta instancia: lo hace a través de una copiosa obra donde resulta patente una búsqueda signada por la insatisfacción. Insatisfacción donde se subraya también, a partir de un momento dado, la constante revisión y la «corrección». Sin ir muy lejos, la noción de «desnudez» ya nos enfrenta con variantes que no podemos soslayar. Hay una desnudez que aceptamos como natural (o más natural) y una desnudez que vemos como producto de la elaboración consciente. No es necesario pensar mucho para situar a Juan Ramón Jiménez en este último tipo.

Siguiendo con las notas que contribuyen a perfilar esta característica de su poesía, diré que también tienden a individualizarla el predominio de las oraciones principales, la es (particularmente, los cromáticos), o su selección, y aparte de eso, la abundancia de símbolos.

En otro nivel, una métrica limitada al romance, a formas de la «canción» y al verso blanco (a veces, Juan Ramón Jiménez, como otros, llama «verso libre» al verso blanco). En fin, como ya lo deja entender este esquema, preferencia por el verso octosílabo y, menos, por la rima asonante (cuando usa la rima). Repudio de la rima consonante... Además, notoria interrelación entre verso y prosa poemática. Igualmente, alternancia entre juegos sonoros de las palabras y los signos tipográficos, más perceptibles aún, dentro del plano visual, en la grafía (eso sí, poco compleja) de Juan Ramón Jiménez.

La insistencia en la nota identificadora de la «desnudez» no debe hacernos perder de vista que es, comprensivamente, relativa. Que se impone, sobre todo, por lo que significan otros ejemplos, especialmente contemporáneos, dentro de la lírica. Pero es justo señalar (como ocurría en el caso, harto conocido, de Bécquer) que en la lengua poética de Juan Ramón Jiménez no desaparecen repeticiones, paralelismos, anáforas, antítesis, ni oraciones explicativas entre guiones... Clara señal de una supervivencia que si aparentemente ligamos a una retórica, verdad es también que no pueden catalogarse ni como recursos complejos ni como alardes. Por el contrario, su propia sencillez o «facilidad» no deja de contribuir (como sabemos, hay retóricas y retóricas) a esa sensación de desnudez que procuro desentrañar. En conclusión, desnudez que equivale, en mucho, a sencillez elaborada, a trabajo consciente de depuración.

 

 

 

 

Estudios y Recursos Literarios

 

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita: Libro de Buen Amor

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita:

Libro de Buen Amor

Miguel de Unamuno: Obra Literaria y Filosófica

Miguel de Unamuno:

Obra Literaria y

Filosófica

La Obra Poética de Antonio Machado

La Obra Poética de Antonio Machado

La Obra Poética de Federico García Lorca

La Obra Poética de Federico García Lorca

La Obra Poética de Miguel Hernández

La Obra Poética de Miguel Hernández

El Comentario de Textos Literarios