Al igual que había ocurrido con Soledades…, Antonio Machado publicará este nuevo libro en dos etapas: la primera saldrá a la luz en 1912, poco antes de la muerte de su esposa, Leonor Izquierdo; la segunda aparecerá con la primera edición de sus Poesías Completas en 1917. En esta última y definitiva versión no elimina (como hiciera con su primer libro) ningún poema, pero sí añade otros, algunos de ellos de bellísima factura. Así pues, debe tenerse en cuanta que ambas ediciones tienen como claro hecho diferenciador la presencia o no de la enfermedad y la muerte de su esposa en ciertos poemas de la segunda edición.
En 1907, el poeta es nombrado profesor de francés del Instituto General y Técnico de Soria, tras haber ganado la plaza por oposición el año anterior. Soria contaba entonces con poco más de siete mil habitantes. Situada a algo más de mil metros de altitud, sobre dos colinas, a la orilla del Duero, rodeada de árboles —álamos, olmos…—, con sus casas de color rojizo, es una ciudad de aspecto austero y recogido. Una fortaleza en ruinas —hoy rehabilitada como Parador Nacional— sobre una de las colinas domina las pequeñas calles, bordeadas de casas de piedra labrada, muchas de ellas antiguas casas señoriales. Bellos monumentos dan a la ciudad gran valor artístico. Abajo, siguiendo la orilla del río, un camino umbroso va desde San Polo a la ermita de San Saturio, patrono de la ciudad. En la misma orilla, una corona de cipreses rodea la vieja iglesia de los Templarios, escenario de la leyenda de Bécquer titulada El monte de las ánimas. En un poema de la serie Campos de Soria, retrata así la ciudad:
Soria fría, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!
¡Muerta ciudad de señores
soldados o cazadores;
de portales con escudos
de cien linajes hidalgos,
y de famélicos galgos,
de galgos flacos y agudos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la media noche alulan,
cuando graznan las cornejas!
¡Soria fría! La campana
de la audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.
Campos de Soria [CXIII-VI]
Pero no será la ciudad lo que llame principalmente la atención a Machado, sino el paisaje de las tierras altas de Soria, cuya impresión quedó profundamente grabada para siempre en su alma.
Algunas composiciones del nuevo libro responden “al simple amor a la Naturaleza, que en mí supera infinitamente al del Arte”[1] —es lo que, a partir de ahora, consideraremos como “visión objetiva” del paisaje, dentro de la objetividad que pueda permitir la lírica—. En otras, el paisaje se convierte en símbolo del pasado histórico de Castilla. Por fin, en otros poemas, los elementos del paisaje castellano se convierten en símbolo de realidades íntimas. Estos tres modos de enfocar el paisaje castellano tendrán su exacto equivalente respecto al paisaje andaluz en los poemas escritos para la segunda edición, durante su estancia en Baeza, ciudad a la que —como veremos— “huirá” tras la muerte de su esposa.
En 1908, publica Antonio Machado un artículo en una publicación conjunta de la prensa soriana, del que entresacamos este fragmento:
Sabemos que la patria no es una finca heredada de nuestros abuelos, buena no más para ser defendida a la hora de la invasión extranjera. Sabemos que la patria es algo que se hace constantemente y se conserva sólo por la cultura y el trabajo. El pueblo que la descuida o abandona, la pierde, aunque sepa morir. Sabemos que no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra: que no basta vivir sobre él, sino para él: que allí donde no existe huella del esfuerzo humano no hay patria, ni siquiera región, sino una tierra estéril, que tanto puede ser nuestra como de los buitres o de las águilas que sobre ella se ciernen. ¿Llamaréis patria a los calcáreos montes, hoy desnudos y antaño cubiertos de espesos bosques, que rodean esta vieja y noble ciudad? Eso es un pedazo de planeta por donde los hombres han pasado, no para hacer patria, sino para deshacerla. No sois patriotas pensando que algunos días sabréis morir para defender esos pelados cascotes; lo seréis acudiendo con el árbol o con la semilla, con la reja del arado o con el pico del minero a esos parajes sombríos y desolados, donde la patria está por hacer.[2]
Además de ideas o sentimientos, se esbozan aquí las imágenes mismas de algunos poemas de Campos de Castilla[3]; y podemos también observar cuán profundamente penetraba ya en él el paisaje de Soria. En los poemas a que nos referimos en este apartado, predomina la mera descripción objetiva del paisaje. Así, la primera parte del titulado A orillas del Duero[4]:
Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
buscando los recodos de sombra, lentamente.
A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante;
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia delante
y hacia la mano diestra vencido y apoyado
en un bastón, a guisa de pastoril cayado,
trepaba por los cerros que habitan las rapaces
aves de altura, hollando las hierbas montaraces
de fuerte olor —romero, tomillo, salvia, espliego—.
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.
Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo
cruzaba solitario el puro azul del cielo.
Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,
y una redonda loma cual recamado escudo,
y cárdenos alcores sobre la parda tierra
—harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra—,
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero
para formar la corva ballesta de un arquero
en torno a Soria. —Soria es una barbacana,
hacia Aragón, que tiene la torre castellana—.
Veía el horizonte cerrado por colinas
oscuras, coronadas de robles y de encinas;
desnudos peñascales, algún humilde prado
donde el merino pace y el toro, arrodillado
sobre la hierba, rumia; las márgenes del río
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,
y, silenciosamente, lejanos pasajeros,
¡tan diminutos! —carros, jinetes y arrieros—,
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas
del Duero.
El Duero cruza el corazón de roble
de Iberia y de Castilla.
¡Oh, tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
que aún van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar! […]
A orillas del Duero [XCVIII]
En este fragmento, el poeta ha seleccionado los elementos que dan al paisaje una configuración de dureza y aridez. Pero hay tres imágenes que llaman la atención: “una redonda loma cual recamado escudo”; “por donde tuerce el Duero / para formar la corva ballesta de un arquero” y “Soria es una barbacana, / que tiene hacia Aragón la torre castellana”.
El pasado histórico de Castilla, especialmente aquellos rasgos que ofrecen significaciones guerreras, se hace presente metafóricamente en los elementos del paisaje. Esta identificación del paisaje castellano con su pasado histórico vuelve a reflejarse en otras composiciones, donde se insiste en las mismas imágenes hasta quedar éstas convertidas en elementos esenciales que identifican y definen el paisaje:
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria,
[CXIII-VI]
…Soria mística y guerrera
[CXIII-VII]
…Soria —barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra—.
[CXIII-VIII]
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria,
[CXXI]
…Castilla, mística y guerrera,
[CXXV]
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Placa en recuerdo de la estancia de Antonio Machado en el Instituto de Soria, donde ejerció la docencia entre 1907 y 1912. |
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La dureza y aridez del paisaje a que antes aludíamos pueden ser también expresadas, además de con los adjetivos, mediante sustantivos precedidos de la preposición sin:
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
A orillas del Duero [XCVIII]
La segunda parte de A orillas del Duero es una transición lógica hacia el tema de la historia de Castilla. Tras apuntar las connotaciones guerreras en los versos anteriores, el poeta reflexiona sobre el contraste entre el ayer poderoso de Castilla y su mezquino presente:
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
A orillas del Duero [XCVIII]
Es el paso del tiempo (expresado mediante una sucesión de verbos de movimiento) el que ha producido el cambio. Pero el pasado se hace presente y pervive en el paisaje y sus gentes:
Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
¿Pasó? Sobre sus ampos aún el fantasma yerra
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.
A orillas del Duero [XCVIII]
El cambio no ha afectado a lo esencial del paisaje: la presencia en él de su propio pasado, personificado en el fantasma errante.
Pero la pobreza de la tierra castellana puede ser también vista con ojos tiernos, destacando lo humilde:
¡Primavera soriana, primavera,
humilde como el sueño de un bendito,
Orillas del Duero [CII]
Castilla la gentil, humilde y brava
[CXXV]
Cuando nuestro poeta marcha a Baeza, tras la muerte de Leonor, esta ciudad y sus campos también recordarán su pasado histórico, relacionado con la época de la dominación musulmana. Así, la curva de ballesta (arma cristiana) del Duero se transforma en el Guadalquivir en un alfanje roto / y disperso (arma árabe):
De la ciudad moruna
tras las murallas viejas, […]
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.
Caminos [CXVIII]
En mi rincón moruno
España en paz [CXLV]
En la primera edición del libro (1912), el paisaje descrito es el castellano, concretamente los alrededores de Soria. En la segunda edición (1917) aparece de nuevo el paisaje andaluz, generalmente en contraposición al recuerdo del anterior.
Se trata de una de las notas más características del hacer poético de Antonio Machado. No hablamos ya de la mera descripción del paisaje, ni de éste como reflejo de una historia pasada común. Nos referiremos ahora a los elementos que conforman el paisaje como reflejo del mundo interior del poeta. Esta nueva visión es consecuencia lógica e inmediata de su concepto del tiempo como fluir interior.
En su paso por el tiempo, en su vida, el poeta se relaciona con lo exterior, en este caso con la Naturaleza, y proyecta en diversos elementos —ríos, árboles, atardeceres…— su propia realidad íntima, de forma que dichos elementos se constituyen en reflejo del estado de su alma.
Pero necesitamos seguir conociendo las circunstancias vitales del poeta que condicionan esa realidad íntima a la que aludíamosy su relación con los elementos de la Naturaleza, su diálogo consigo mismo y con el mundo:
Habíamos dejado a Antonio Machado en Soria, tras tomar posesión de su cátedra de francés. El 30 de julio de 1909 —dos años después de su llegada—, contrajo matrimonio con una joven de apenas quince años: Leonor Izquierdo Cuevas, hija de los dueños de la pensión en donde se hospedaba el escritor desde diciembre de 1907. El matrimonio, dada la diferencia de edad de los contrayentes, dio lugar a toda clase de estúpidos comentarios e, incluso, de pesadas bromas el mismo día de la boda: “La ceremonia—escribiría años más tarde Antonio Machado a su segundo gran amor: Guiomar— fue entonces para mí un verdadero martirio”.
Ninguna confidencia de Machado nos dice lo que fue para él el descubrimiento del amor, a una edad ya algo tardía. Ni siquiera en sus versos hay referencia a ese descubrimiento[5]. Sólo podemos imaginarlo por lo que manifiesta más tarde, tras la muerte de su esposa: aquellos pocos años con Leonor fueron, quizá, los únicos momentos de dicha y de paz interior en toda su existencia.
En enero de 1911, Antonio Machado, a quien la Junta para la Ampliación de Estudios ha concedido una beca, se dirige a París acompañado de su esposa. Antes de emprender este viaje, escribe la serie Campos de Soria[CXIII], compuesta de nueve partes. En las cuatro primeras, se describe la ciudad y el campo que la rodea, con el tono “objetivo” e historicista que describíamos anteriormente. Sin embargo, las tres últimas partes están cargadas de intensidad emotiva: las tierras de Soria le han “llegado al alma” y, a partir de ese momento, le acompañarán siempre como parte esencial de su propia e íntima realidad personal:
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VII
IX
¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria, Campos de Soria [CXIII-VII-VIII-IX] |
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Dejando a un lado todo comentario sobre la visión del pasado histórico en el paisaje castellano, que es evidente en estos versos y que ya ha sido señalada con anterioridad, lo que ahora llama nuestra atención es comprobar cómo, desde el primer momento, el poeta entra en comunión íntima con el paisaje que describe y canta. La emoción grave y conmovedora, la sencillez del lenguaje, el tono de fervor y de éxtasis panteísta, la variedad sabia y matizada de los ritmos métricos, estremecen la imaginación del lector. Tanto amor verdadero, tanta delicadeza, unida a tal capacidad de simpatía con el entorno descrito impregnan estos versos, que las cosas y el alma —como él mismo sugiere— están aquí fundidas.
En París, además de seguir los cursos de Henri Bergson y otros pensadores, Antonio Machado y su mujer frecuentaron a Rubén Darío. El joven matrimonio quería pasar el verano en Bretaña, pero el 13 de julio de ese año de 1911, por la tarde, repentinamente, Leonor sufre un ataque de hemoptisis. La enfermedad es grave, pero no encuentran médico y al día siguiente es Fiesta Nacional en Francia. Por fin, es hospitalizada y se confirma su gravedad. En el mes de septiembre, los médicos autorizan el regreso a Soria, donde el clima seco y frío de la alta meseta le sentará mejor que el húmedo parisino. Pueden regresar gracias a un préstamo de Rubén Darío, pues los fondos de la beca aún no habían sido librados.
En Soria, Machado prodiga sus cuidados a Leonor durante varios meses, con un desvelo que los testigos recuerdan con emoción. El famoso poema Aun olmo seco, fechado el 4 de mayo de 1912, refleja con honda melancolía una esperanza “hacia la luz y hacia la vida”:
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A UN OLMO SECO Soria, 1912 [CXV] |
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No le hace falta al poema, en principio, nuestro conocimiento previo de las circunstancias personales del autor cuando lo escribió, para ser suficientemente valorado. Pero no cabe duda de que ese conocimiento ayuda a la comprensión e incrementa su intensidad emocional. Porque, de nuevo, el poeta nos ha ofrecido “el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo”[6]. Y, precisamente, es este mono-diálogo consigo mismo, esta expresión exteriorizada de los más profundos sentimientos, de la intimidad de un hombre, lo que da al poema su carácter universal. Otra vez, como en el poema VIII de su primer libro[7], ha quedado confusa la historia y clara la pena.
El poeta ya ha determinado la “esencia” del olmo: ya forma parte de su propia biografía íntima, ya es parte consustancial de él. Por eso, cuando vuelva a mencionarlo, tras la muerte de su esposa, será siempre su recuerdo, el recuerdo de una esperanza inútil:
Y pienso: Primavera, como un escalofrío
irá a cruzar el alto solar del romancero,
ya verdearán de chopos las márgenes del río.
¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?
Recuerdos [CXVI]
[…] En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
A José María Palacio [CXXVI]
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& COMENTARIO: A un olmo seco. El magnífico poema que acabamos de ver, escrito en una de las estrofas preferidas por el poeta, la silva consonante, selecciona un solo elemento: el olmo, contemplado en el presente. La descripción se inicia con el epíteto viejo, que califica al árbol y va preparando las connotaciones que permitirán más adelante identificar simbólicamente a éste con el poeta. Tras el repentino rayo, los rasgos que acompañan al epíteto viejo(podrido, musgo amarillento, corteza blanquecina, tronco carcomido y polvoriento) se ven acompañados por los que hacen referencia a la acción destructora de la enfermedad del árbol (Ejército de hormigas en hilera / va trepando por él, y en sus entrañas / urden sus telas grises las arañas). Estos elementos de la descripción que anuncian la muerte entran en antítesis con otros que simbolizan la vida (los álamos cantores / que guardan el camino y la ribera y que están habitados de pardos ruiseñores). Esta oposición intensificada vida / muerte será la que centre el tema del poema. Del presente descrito se pasa sin transición al futuro, con el uso del subjuntivo en verbos que expresan una violenta destrucción: derribe, ardas, descuaje, tronche, empuje. Verbos cuyos sujetos son armas o elementos meteóricos: hacha, torbellino, soplo de las sierras blancas, río […] por valles y barrancas, que lo empujará hasta la mar. De este futuro inmediato que se presiente, el poeta quiere alejarse con una perífrasis volitiva (quiero anotar), que pretende fijar en la memoria del poema (en mi cartera) el fugaz momento presente que simboliza la esperanza de tu rama verdecida. El poema termina, como es habitual en tantos poemas de Machado, con la expresión del tema central del texto: el que parecía ser el “término real” (el olmo) es de hecho el “término imaginario”. El verdadero “término real” al que hace referencia el autor es el alma, el corazón: Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera. Obsérvese también cómo, después de los primeros versos en que se describe el estado del olmo, los paralelismos sucesivos (antes que…) van incrementando la intensidad emotiva que anuncia la esperanza final. |
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Como hemos ido viendo, entre los elementos configuradores de los paisajes machadianos, a los que el poeta da una especial significación simbólica referente a su alma, destacan, por su variedad e importancia, los distintos árboles. El poema CIII (Las encinas) —escrito ya en Baeza y publicado en “El Porvenir Castellano” en julio de 1914, “después de una excursión a El Pardo”, según reza la dedicatoria— nos explica claramente las correspondencias(recuérdese lo que este término representa en la poesía simbolista) entre cada árbol y su significación:
LAS ENCINAS
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¡Encinares castellanos |
En su eterno escalofrío Las encinas [CIII] |
El siguiente esquema podría servirnos para simplificar algunos de los rasgos que acompañan las significaciones de los distintos árboles en Campos de Castilla y, en general, en toda la obra poética de Machado:
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ÁRBOL |
ADJETIVOS / SUSTANTIVOS que lo acompañan |
CONNOTACIONES |
OLMO |
viejo (en contraste con algunas hojas verdes) --polvoriento – bueno… |
Identificación con el alma: árbol de los juegos en la infancia y de la meditación en la madurez. |
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ENCINA |
negra, polvorienta, humilde, vieja, raída… |
Pobreza,humildad,fortaleza interior, dignidad, el pueblo. |
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ROBLE |
robusto, guerrero, fuerte, coraje, altivez, valor… |
El pasado noble y guerrero de Castilla, en contraste con la mezquindad del presente [“corazón de roble de Iberia y de Castilla”] |
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ÁLAMO |
cantores, liras de la primavera, del amor… |
Juventud, amor… [“cerca del agua / que corre y pasa y sueña”] |
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HAYA |
leyenda, misterio… |
Misterio, lo sobrenatural, el miedo… |
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LIMONERO / NARANJO |
dorado, de oro… (color pálido o brillante) |
Infancia, luminosidad, felicidad… |
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PALMERA |
lejanía, desierto, fuente… |
Infancia |
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PINO |
mar y cielo… |
La totalidad [“el planeta”]: pinares al lado del mar en Santander y en la Baja Andalucía; pinares en las altas sierras castellanas. |
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OLIVO |
grises, plateados, floridos, polvorientos… |
El trabajo. Junto con los trigales y viñedos, la riqueza del campo andaluz. |
Pero volvamos a su biografía:
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Efectivamente, a pesar de los cuidados de su esposo, Leonor no mejora. Durante la primavera, Antonio Machado la saca a pasear recuentemente en una silla de ruedas hasta la placeta del Mirón, con la esperanza de que el aire libre y el sol le sienten bien. De mayo es el poema dedicado al olmo que acabamos de comentar. En junio, sale la primera edición de Campos de Castilla, y el poeta le dedica el primer ejemplar; luego contaría que, sin esperanza ya en la curación de su esposa-niña, a la que habían desahuciado todos los médicos, trataba de contagiarse para morir con ella. El 1 de agosto muere Leonor, siendo sepultada en el cementerio soriano del Espino[8]. Machado, huyendo de los recuerdos, pide el traslado (que se le concede a Baeza) y abandona enseguida Soria. Al acusar recibo en verso al libro Castilla de Azorín, se retrata a sí mismo esperando en una venta la diligencia-correo en la que se marchará: Al maestro “Azorín” por su libro Castilla: […] El enlutado tiene clavados en el fuego [CXVII][9] |
El paisaje de su Andalucía natal había estado presente en Soledades… como elemento evocador de su infancia. Con él vuelve a encontrarse en Baeza, a donde es destinado en 1912. Por contraste con la aridez o la humildad del paisaje castellano, se destacan “en estos campos de la tierra mía” los tonos luminosos, verdes, fértiles. En el siguiente poema, fechado “en el tren, abril, 1913”, el poeta habla desde la lejanía a Soria, cuyo paisaje evocado contrasta con el andaluz que él está viendo:
RECUERDOS
Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales
cargados de perfume, y el campo enverdecido,
abiertos los jazmines, maduros los trigales,
azules las montañas y el olivar florido;
Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;
y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,
y los enjambres de oro, para libar sus mieles
dispersos en los campos, huir de las colmenas;
yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,
barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;
y en sierras agrias sueño —¡Urbión, sobre pinares!
¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!—
Y pienso: Primavera, como un escalofrío
irá a cruzar el alto solar del romancero,
ya verdearán de chopos las márgenes del río.
¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?
Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,
y la roqueda parda más de un zarzal en flor;
ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,
hacia los altos prados conducirá el pastor.
¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas
que vais al joven Duero, rebaños de merinos,
con rumbo hacia las altas praderas numantinas,
por las cañadas hondas y al sol de los caminos,
hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,
montañas, serrijones, lomazos, parameras,
en donde reina el águila, por donde busca el cuervo
su infecto expoliario; menudas sementeras
cual sayos cenicientos, casetas y majadas
entre desnuda roca, arroyos y hontanares
donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,
dispersos huertecillos, humildes abejares!…
¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano
cercado de colinas y crestas militares,
alcores y roquedas del yermo castellano,
fantasmas de robledos y sombras de encinares!
En la desesperanza y en la melancolía
de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.
Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,
por los floridos valles, mi corazón te lleva[10].
En el tren, abril, 1913. [CXVI]
El contraste no afecta solamente a la visión subjetiva del paisaje. En un poema fechado el 4 de abril de 1913, en Lora del Río, durante uno de sus múltiples viajes y excursiones, el poeta se queja de que el paisaje de su tierra, el mismo paisaje de la infancia, no haya penetrado todavía, a pesar de su belleza, hondamente en su alma, hasta hacerse parte de ella. Estos “campos de la tierra mía” son sólo “despojos del recuerdo”: o “falta el hilo que el recuerdo anuda / al corazón” o “estas memorias no son alma”. Sin embargo, como tantas veces al final del poema, surge la esperanza de que “un día tornarán […] a la orilla vieja” del alma, donde la barca del recuerdo podrá amarrar para quedarse:
En estos campos de la tierra mía,
y extranjero en los campos de mi tierra
—yo tuve patria donde corre el Duero
por entre grises peñas,
y fantasmas de viejos encinares,
allá en Castilla, mística y guerrera,
Castilla la gentil, humilde y brava,
Castilla del desdén y de la fuerza—,
en estos campos de mi Andalucía,
¡oh tierra en que nací!, cantar quisiera.
Tengo recuerdos de mi infancia, tengo
imágenes de luz y de palmeras,
y en una gloria de oro,
de lueñes campanarios con cigüeñas,
de ciudades con calles sin mujeres
bajo un cielo de añil, plazas desiertas
donde crecen naranjos encendidos
con sus frutas redondas y bermejas;
y en un huerto sombrío, el limonero
de ramas polvorientas
y pálidos limones amarillos,
que el agua clara de la fuente espeja[11],
un aroma de nardos y claveles
y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena,
imágenes de grises olivares
bajo un tórrido sol que aturde y ciega,
y azules y dispersas serranías
con arreboles de una tarde inmensa;
mas falta el hilo que el recuerdo anuda
al corazón, el ancla en su ribera,
o estas memorias no son alma. Tienen,
en sus abigarradas vestimentas,
señal de ser despojos del recuerdo,
la carga bruta que el recuerdo lleva.
Un día tornarán, con luz del fondo ungidos,
los cuerpos virginales a la orilla vieja.
Lora del Río, 4 de abril de 1913.[CXXV]
En octubre de 1912, Antonio Machado —que deseaba, como hemos visto, regresar a Andalucía para intentar olvidar, lejos de lugares que le traían tantos recuerdos— obtiene el traslado que había pedido. Es nombrado profesor de Lengua Francesa en el Instituto General y Técnico de Baeza, donde toma posesión de su plaza el 1 de noviembre de ese año. Un mes después de su llegada, su madre se reúne con él.
A poco más de cuarenta kilómetros de Jaén, Baeza es un gran pueblo en medio de olivares. La antigua Universidad, convertida en Instituto, donde daría sus clases, la catedral, el palacio gótico isabelino de Jabalquinto, el Ayuntamiento plateresco… recuerdos del florecimiento de esa antigua ciudad, apartada en aquellos años de casi toda actividad intelectual o artística, forman el agradable y bello marco de una vida provinciana, aplastante por su monotonía y su tedio. En un célebre poema, nos ofrece un repaso por un día (una tarde, más bien) cualquiera de su acontecer cotidiano:
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POEMA DE UN DÍA MEDITACIONES RURALES |
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Heme aquí ya, profesor |
Pero ¿tu hora es la mía? |
de Salamanca!, leal |
—Yo no sé, Baeza, 1913. [CXXVIII]
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Del mismo año que el poema nterior es esta descripción de Baeza en una carta dirigida a Unamuno, en la que también comenta su estado personal tras la muerte de su esposa:
Esta Baeza, que llaman Salamanca andaluza, tiene un Instituto, un Seminario, una Escuela de Artes, varios colegios de segunda enseñanza, y apenas sabe leer un treinta por ciento de la población. No hay más que una librería donde se venden tarjetas postales, devocionarios y periódicos clericales y pornográficos. Es la comarca más rica de Jaén y la ciudad está poblada de mendigos y de señoritos arruinados en la ruleta[13]. La profesión de jugador de monte se considera muy honrosa. Es infinitamente más levítica y no hay un átomo de religiosidad. Hasta los mendigos son hermanos de alguna cofradía. Se habla de política —todo el mundo es conservador— y se discute con pasión cuando la Audiencia de Jaén viene a celebrar algún juicio por jurados[14]. Una población rural, encanallada por la Iglesia y completamente huera. Por lo demás, el hombre del campo trabaja y sufre resignado o emigra en condiciones tan lamentables que equivalen al suicidio.
A primera vista parece esta ciudad mucho más culta que Soria, porque la gente acomodada es infinitamente discreta, amante del orden, de la moralidad administrativa y no faltan gentes leídas y coleccionistas de monedas antiguas. En el fondo no hay nada. Cuando se vive en estos páramos intelectuales, no se puede escribir nada suave, porque necesita uno la indignación para no helarse también. […]
Envío a V. lo que tengo publicado. Planeo varios poemitas y tengo muchas cosas empezadas. Nada definitivo. Mi obra esbozada en Campos de Castilla continuará si Dios quiere. La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado. Mi mujer era una criatura angelical segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya. No creo que haya nada extraordinario en este sentimiento mío. Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere. Tal vez por eso viniera Dios al mundo. Pensando en esto, me consuelo algo. Tengo a veces esperanza. Una fe negativa es también absurda. Sin embargo, el golpe fue terrible y no creo haberme repuesto. Mientras luché a su lado contra lo irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa. En fin, hoy vive en mí más que nunca y algunas veces creo que la he de recobrar. Paciencia y humildad.[15]
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Detalle de la fachada del Instituto de Baeza —antigua Universidad— a donde se traslada Antonio Machado tras la muerte de su esposa, Leonor. |
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En Baeza, Machado emprende estudios de filosofía. Cada verano irá a examinarse a Madrid, hasta licenciarse en Filosofía y Letras: “Mis estudios de filosofía en Madrid —escribiría años más tarde— han sido muy tardíos (1915-17). Cursé como alumno libre la sección de Filosofía, siendo ya profesor, en la Universidad Central. La necesidad de un título académico fue, en verdad, el pretexto para consagrar unos cuantos años a una afición de toda mi vida[16]”. El giro filosófico de su pensamiento se profundiza sin duda a lo largo de estos años de soledad y duelo. Estudia también griego para leer en el original a los autores antiguos. Pero ese retiro orienta su meditación en una trayectoria decisiva. En Baeza, como hemos visto, tiene Machado ocasión de observar la mediocridad de la vida y de las preocupaciones de los que lo rodean. Sus lecturas filosóficas lo empujan a interrogarse con más aspereza, a la luz de su propio destino, sobre las grandes cuestiones que se le plantean al hombre: el sentido de la vida y de su propia existencia, la muerte, el Dios deseado, pero en el que no se cree —como ocurría con el “maestro Unamuno”—. Un tono más grave marcará en adelante sus escritos. Es en esta época cuando empieza a escribir sus reflexiones en el cuaderno Los complementarios, del que nos ocuparemos al tratar de su prosa.
Los recuerdos de un antiguo alumno de Machado en Baeza lo evocan como una figura solitaria:
[…] avanzando como a pasos renqueantes, apoyado en fuerte cayada rústica, grandes los zapatos, largo el abrigo con cuello de astracán, vestido de negro, camisa blanca de cuello de pajarita y grueso nudo de corbata negra; negro el sombrero blando, mal colocado casi siempre; a veces llevaba destocada la noble cabeza de revuelta cabellera; iba rasurado con pulcritud, pero el traje manchado por las manchas de ceniza del inevitable cigarrillo.[17]
Si exceptuamos A un olmo seco, todos los poemas referidos a Leonor pertenecientes a Campos de Castilla los escribió Machado durante su estancia en Baeza, donde el recuerdo de su mujer, según acabamos de ver en la carta a Unamuno y los testimonios de quienes lo trataron en aquellos años, fue constante y obsesivo. En muchos de estos poemas, al recuerdo de su esposa se une el recuerdo del paisaje soriano, por lo que es difícil a veces separar ambos temas.
La serie de poemas dedicados a este tema es corta, pero intensísima. En el poema Caminos, el paisaje andaluz, normalmente alegre en otros poemas, se carga de connotaciones de tristeza. También las personificaciones (“los montes
duermen / envueltos en la niebla”, “tarde piadosa”, “La luna está subiendo / amoratada, jadeante y llena”…) indican el cansancio espiritual y la profunda melancolía del poeta:
CAMINOS
De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.
El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza.
Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.
Lejos los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.
El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.
Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos…
¡Ay, ya no puedo caminar con ella!
[CXVIII]
El poeta dialoga con la muerte:
Una noche de verano
—estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa—
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a mi lecho
—ni siquiera me miró—,
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón.
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!
[CXXIII]
La muerte no responde. Dios tampoco. Y el poeta sólo puede clamar en el vacío su soledad con la muerte:
Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.
[CXIX]
Sin embargo, el recuerdo y el sueño hacen “re-vivir” lo que estaba muerto, y esta vida en el recuerdo abre el camino a la esperanza:
Dice la esperanza: un día
la verás, si bien esperas.
Dice la desesperanza:
sólo tu amargura es ella.
Late, corazón… No todo
se lo ha tragado la tierra.
[CXX]
* * *
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!…
Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!
[CXXII]
Pero el despertar del sueño es la vuelta a la soledad, la tristeza y esa tan suya vejez espiritual:
Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria[18], entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños…
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.
[CXXI]
El poema definitivo de esta serie es el que dirige, en forma epistolar, el 29 de abril de 1913 A José María Palacio, pariente de Leonor y gran amigo de Antonio Machado en los años sorianos:
A JOSÉ MARÍA PALACIO
Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!…
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.
¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de Aragón, tan bella!
¿Hay zarzas florecidas
entre las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?
Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.
Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran los tardíos
con las lluvias de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y el romero.
¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?
Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,
¿tienen ya ruiseñores las riberas?
Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra…
Baeza, 29 de abril de 1913 [CXXVI]
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& COMENTARIO: A José María Palacio. A diferencia de otros poemas (véase lo dicho sobre Caminos en la pág. 30), en éste el paisaje soriano en el recuerdo se carga de connotaciones alegres. Todos los elementos de la lengua están utilizados en el poema con la intención de cargar de emotiva añoranza el recuerdo del paisaje que tantas veces contemplara solo, con los amigos en larguísimas excursiones, o con su mujer. En este sentido, deben tenerse en cuenta:
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Las tierras de Castilla descritas por Machado están frecuentemente pobladas de presencias humanas. Desde sus primeros escritos, se ha mostrado atento a los seres humanos. Sabe verlos y observarlos. Hay en él, hacia su prójimo, una actitud vigilante. El poeta que cantó sus soledades no es insolidario con la gente que le rodea. En su “mono-diálogo” (“Converso con el hombre que siempre va conmigo”) ha aprendido “el secreto de la filantropía”[19].
Esta expresión de la otredad del ser —en términos del propio Machado— revela un ideal de humanismo laico, una inclinación de su alma: un amor fraternal a los seres humanos, aunque este amor no tenga que eludir una crítica profunda a los vicios, especialmente a lo que la generación del ’98 llamó el cainismo. Veamos un ejemplo:
Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.
Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.
Por tierras de España [XCIX]
A veces, el modelo se reduce a un detalle que refleja el espíritu del retratado. Así, estos dos ejemplos opuestos:
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos.
El hospicio [C]
¡Frente a mí va una monjita
tan bonita!
Tiene esa expresión serena
que a la pena
da una esperanza infinita.
En el tren [CX]
Pero es a los ojos a los que presta especial atención:
Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto
—bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto—,
contempla silencioso la lumbre del hogar.
Al maestro “Azorín” por su libro Castilla [CXVII]
Y ahora, en la misma venta, un extraño desconocido, un viajero misterioso, al que hemos identificado como el propio Antonio Machado[20]:
Sentado, ante una mesa de pino, un caballero
escribe. Cuando moja la tinta en el tintero,
dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.
Al maestro “Azorín” por su libro Castilla [CXVII]
También le gusta trazar con rasgo más acentuado lo que constituye una marca indeleble (que unas veces representa la marca de Caín y otras, simplemente, la huella de las preocupaciones), casi siempre descrita como un golpe de hacha en el entrecejo:
En torno al fuego hay un lugar vacío
y en la frente del viejo, de hosco ceño,
como un tachón sombrío
—tal el golpe de un hacha sobre un leño—
Campos de Soria [CXIII]-