APÉNDICE
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BREVE SELECCIÓN DE PROSAS MACHADIANAS
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NOTA: Al indicar el libro al que pertenece la cita, utilizamos las siguientes abreviaturas y siglas: Sol: Soledades (1903). SGOP: Soledades, galerías y otros poemas. CC: Campos de Castilla. NC: Nuevas canciones. S: Poesías sueltas, sea cual fuere su origen, salvo los casos citados en los párrafos siguientes: Seguimos la numeración de Manuel Alvar en su edición de Poesías completas en ed. Espasa-Calpe, col. Austral, nº 33. DCA: De un cancionero apócrifo [Abel Martín]. CA: Cancionero apócrifo [Juan de Mairena]. JM: Juan de Mairena. LC: Los complementarios. PG: Poesías de guerra. PrC: En el caso de textos sueltos en prosa, todas las referencias remiten, como dijimos a: Antonio Machado II, Prosas completas ; edición crítica a cargo de Oreste Macrí, Madrid, ed. Espasa-Calpe – Fundación Antonio Machado, 1989. |
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Cartel de Joan Miró, con motivo de la Exposición-Homenaje a Antonio Machado, celebrada en París en 1966. |
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Sed modestos: yo os aconsejo la modestia, o, por mejor decir: yo os aconsejo un orgullo modesto, que es lo español y lo cristiano. Recordad el proverbio de Castilla: “Nadie es más que nadie”. Esto quiere decir cuánto es difícil aventajarse a todos, porque, por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre.
Así hablaba Juan de Mairena a sus discípulos. Y añadía: ¿Comprendéis ahora por qué los grandes hombres solemos ser modestos?
JM – VI (1934-1936). PrC, pág. 1921.
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Lo anecdótico, lo documental humano, no es poético por sí mismo. Tal era exactamente mi parecer de hace veinte años. En mi composición Los cantos de los niños, escrita el año 98 (publicada en 1909 = Soledades), se proclamaba el derecho de la lírica a contar la pura emoción, borrando la totalidad de la historia humana. El libro Soledades fue el primer libro español del que estaba íntegramente proscrito lo anecdótico. Coincidía yo anticipadamente con la estética novísima. Pero la coincidencia de mi propósito de entonces no iba más allá de esta abolición de lo anecdótico.
Disto mucho de estos poetas que pretenden manejar las imágenes puras (¿limpias de concepto? y también de emoción), someterlas a un trajín mecánico y caprichoso, sin que intervenga para nada la emoción.
LC. (1920). PrC, pág 1207
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Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto del mundo. Y aun pensaba que el hombre puede sorprender algunas palabras de un íntimo monólogo, distinguiendo la voz viva de los ecos inertes; que puede también, mirando hacia dentro, vislumbrar las ideas cordiales, los universales del sentimiento.
Prólogo aSoledades... (1917). PrC, págs. 1592-3.
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Sobre Bécquer.
La poesía de Bécquer —sigue hablando Mairena a sus alumnos—, tan clara y transparente, donde todo parece escrito para ser entendido, tiene su encanto, sin embargo, al margen de la lógica. Es palabra en el tiempo, el tiempo psíquico irreversible, en el cual nada se infiere ni se deduce. En su discurso rige un principio de contradicción propiamente dicho: sí, pero no; volverán, pero no volverán. ¡Qué lejos estamos, en el alma de Bécquer, de esa terrible máquina de silogismos de aquellos ilustres barrocos de su tierra! ¿Un sevillano Bécquer? Sí; pero a la manera de Velázquez, enjaulador, encantador del tiempo. Ya hablaremos de eso otro día. Recordemos hoy a Gustavo Adolfo, el de las rimas pobres, la asonancia indefinida y los cuatro verbos por cada adjetivo definidor. Alguien ha dicho con indudable acierto: “Bécquer, un acordeón tocado por un ángel”. Conforme: el ángel de la verdadera poesía.
JM – XLIII (1934‑1936). PrC,pág. 2094.
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Las aliteraciones de que mis versos están llenos son inconscientes; no responden al trivial propósito de producir un efecto musical, que sería, por lo demás, en mi caso, siempre negativo. Pero no he querido nunca corregirlas, pues donde hay aliteraciones suele haber también riqueza de imágenes. Sólo recomiendo no leer nunca mis versos en alta voz. No están hechos para recitarlos, sino para que las palabras creen representaciones.
LC. (1916). PrC, pág 1188.
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Sed originales; yo os lo aconsejo; casi me atrevería a ordenároslo. Para ello —claro es— tenéis que renunciar al aplauso de los snobs y de los fanáticos de la novedad, porque ésos creerán siempre haber leído algo de lo que vosotros pensáis, y aun pensarán, además, que vosotros lo habéis leído también, aunque en ediciones profanadas ya por el vulgo, y que, en último término, no lo habéis comprendido tan bien como ellos. A vosotros no os importe pensar lo que habéis leído ochenta veces y oído quinientas, porque no es lo mismo pensar que haber leído.
Huid del preciosismo literario, que es el mayor enemigo de la originalidad. Pensad que escribís en una lengua madura, repleta de folklore, de saber popular, y que ése fue el barro santo de donde sacó Cervantes la creación literaria más original de todos los tiempos. No olvidéis, sin embargo, que el “preciosismo”, que persigue una originalidad frívola y de pura costra, pudiera tener razón contra vosotros cuando no cumplís el deber primordial de poner en la materia que labráis el doble cuño de vuestra inteligencia y de vuestro corazón. Y tendrá más razón todavía si os zambullís en la barbarie casticista, que pretende hacer algo por la mera renuncia a la cultura universal.
JM – XI (1934-1936). PrC, pág. 1949.
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En un tercer volumen publiqué mi segundo libro, Campos de Castilla (1912). Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba—, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano. Ya era, además, muy otra mi ideología. Somos víctimas—pensaba yo— de un doble espejismo. Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a creer, que no existe por sí, sino por nosotros. Pero si, convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece. ¿Qué hacer entonces? Tejer el hilo que nos dan, soñar nuestro sueño, vivir; sólo así podremos obrar el milagro de la generación. Un hombre atento a sí mismo y procurando auscultarse, ahoga la única voz que podría escuchar; la suya; pero le aturden los ruidos extraños. ¿Seremos, pues, meros espectadores del mundo? Pero nuestros ojos están cargados de razón, y la razón analiza y disuelve. Pronto veremos el teatro en ruinas, y, al cabo, nuestra sola sombra proyectada en la escena. Y pensé que la misión del poeta era inventar nuevos poemas de lo eterno humano, historias animadas que, siendo suyas, viviesen, no obstante, por sí mismas. Me pareció el romance la suprema expresión de la poesía, y quise escribir un nuevo Romancero. A este propósito responde La tierra de Alvargonzález. Muy lejos estaba yo de pretender resucitar el género en su sentido tradicional. La confección de nuevos romances viejos —caballerescos o moriscos— no fue nunca de mi agrado, y toda simulación de arcaísmos me parece ridícula. Cierto que yo aprendí a leer en el Romancero General que compiló mi buen tío don Agustín Durán; pero mis romances no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron; mis romances miran a lo elemental humano, al campo de Castilla y al Libro Primero de Moisés, llamado Génesis.
Muchas composiciones hallaréis ajenas a estos propósitos que os declaro. A una preocupación patriótica responden muchas de ellas; otras, al simple amor a la Naturaleza, que en mí supera infinitamente al del Arte. Por último, algunas rimas revelan las muchas horas de mi vida gastadas — alguien dirá: perdidas— en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo.
Prólogo aCampos de Castilla (1917). PrC, págs. 1593-4.
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[...] la poesía es la palabra esencial en el tiempo. La poesía moderna, que, a mi entender, arranca, en parte al menos, de Edgar Poe, viene siendo hasta nuestros días la historia del gran problema que al poeta plantean estos dos imperativos: esencialidad y temporalidad. El pensamiento lógico, que se adueña de las ideas y capta lo esencial, es una actividad destemporalizadora. Pensar lógicamente es abolir el tiempo, suponer que no existe, crear un movimiento ajeno al cambio, discurrir entre razones inmutables. El principio de identidad —nada hay que no sea igual a sí mismo— nos permite anclar en el río de Heráclito, de ningún modo atrapar su onda fugitiva. Pero al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo, porque piensa su propia vida, que no es, fuera del tiempo, absolutamente nada. [...]
Entretanto se habla de un nuevo clasicismo y hasta de una poesía del intelecto. El intelecto no ha cantado jamás, no es su misión. Sirve, no obstante, a la poesía, señalándole el imperativo de su esencialidad. Porque tampoco hay poesía sin ideas, sin visiones de lo esencial. Pero las ideas del poeta no son categorías formales, cápsulas lógicas, sino directas intuiciones del ser que deviene, de su propio existir; son, pues, temporales, nunca elementos ácronos, puramente lógicos. El poeta profesa, más o menos conscientemente, una metafísica existencialista, en la cual el tiempo alcanza un valor absoluto. Inquietud, angustia, temores, resignación, esperanza, impaciencia que el poeta canta, son signos del tiempo, y al par, revelaciones del ser en la conciencia humana.
Prosas sueltas (1932). De su “Poética” incluida en la Antología de poetas españoles
contemporáneos que preparaba Gerardo Diego en 1931. PrC, págs. 1802-3.
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Porque, ¿cantaría el poeta sin la angustia del tiempo, sin esa fatalidad de que las cosas no sean para nosotros, como para Dios, todas a la par, sino dispuestas en serie y encartuchadas como balas de rifle, para disparadas una tras otra? Que hayamos de esperar a que se fría un huevo, a que se abra una puerta o a que madure un pepino, es algo, señores, que merece nuestra reflexión. En cuanto nuestra vida coincide con nuestra conciencia,, es el tiempo la realidad última, rebelde al conjuro de la lógica, irreductible, inevitable, fatal. Vivir es devorar tiempo: esperar; y por muy trascendente que quiera ser nuestra espera, siempre será espera de seguir esperando. Porque aun la vida beata, en la gloria de los justos, ¿estará, si es vida, fuera del tiempo y más allá de la espera? Adrede evito la palabra “esperanza”, que es uno de esos grandes superlativos con que aludimos a un esperar los bienes supremos, tras de los cuales ya no habría nada que esperar. Es palabra que encierra un concepto teológico, impropio de una clase de Retórica y Poética. Tampoco quiero hablaros del Infierno, por no impresionar desagradablemente vuestra fantasía. Sólo he de advertiros que allí se renuncia a la esperanza, en el sentido teológico, pero no al tiempo y a la espera de una infinita serie de desdichas. Es el Infierno la espeluznante mansión del tiempo, en cuyo círculo más hondo está Satanás dando cuerda a un reloj gigantesco por su propia mano.
JM – VII (Sobre poesía. Fragmentos de lecciones) (1934-1936). PrC, pág. 1936-7.
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Sobre el tiempo poético.
La poesía es ‑decía Mairena‑ el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. Eso es lo que el poeta pretende eternizar, sacándolo fuera del tiempo, labor difícil y que requiere mucho tiempo, casi todo el tiempo de que el poeta dispone. El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos; entendámosnos: de peces que puedan vivir después de pescados.
JM – IX (1934-1936). PrC, pág. 1946.
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Y ahora podemos emplear la expresión poesía pura, conscientes al menos, de una marcada atención en el poeta: empleo de las imágenes como puro juego del intelecto. Bajo múltiple y enmarañada apariencia es esto lo que se descubre en la poesía actual. El poeta tiende a emanciparse del hic et nunc, del tiempo psíquico y el espacio concreto en que se produce; pretende que sus imágenes alcancen un valor algebraico como símbolos conceptuales de un arte combinatorio más o menos ingenioso y sutil. Esta lírica desubjetivizada, destemporalizada, deshumanizada, para emplear la certera expresión de nuestro Ortega y Gasset, es producto de una actividad más lógica que estética y sólo una crítica superficial no atinará a descubrir en ella la madeja de conceptos que encierra su laberinto de imágenes. A los poetas de hoy pudiéramos aplicar mutatis mutandis, los argumentos de Kant contra la metafísica de escuela y recordarles la parábola de aquella paloma que al sentir en sus alas la resistencia del aire, sueña que podría volar mejor en el vacío; porque también hay una paloma lírica que pretende eliminar el tiempo para mejor elevarse a lo eterno que, como la kantiana, ignora la ley de su propio vuelo...
Proyecto de discurso de ingreso en la Real Academia Española (1931). PrC, págs. 1791-2.
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Bajo la abigarrada imaginería de los poetas novísimos se adivina un juego arbitrario de conceptos, no de intuiciones. Todo eso será muy nuevo (si lo es) y muy ingenioso, pero no es lírica. El más absurdo fetichismo en que puede incurrir un poeta, es el culto de las metáforas.
LC. (1920). PrC, pág. 1207.
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Sobre las imágenes en la lírica. (Al margen de un libro de V. Huidobro.)
Crear enigmas artificialmente es algo tan imposible como alcanzar las verdades absolutas. Pueden, sí, fabricarse misteriosas baratijas, figurillas de bazar que lleven en el hueco vientre algo que, al agitarse, suene; pero los enigmas no son de confección humana: la realidad los pone y, allí donde están, los buscará la mente reflexiva con el ánimo de penetrarlos, no de recrearse en ellos. Sólo un espíritu trivial, una inteligencia limitada al radio de la sensación, puede recrearse enturbiando conceptos con metáforas, creando obscuridades por la supresión de los nexos lógicos, trasegando el pensamiento vulgar para cambiarle los odres sin mejorarle de contenido. Silenciar los nombres directos de las cosas, cuando las cosas tienen nombres directos, ¡qué estupidez! [...]. Pero Mallarmé sabía también, y este es su fuerte, que hay hondas realidades que carecen de nombre, y que el lenguaje, que empleamos para entendernos unos hombres con otros, sólo expresa lo convencional, lo objetivo, entendiendo aquí por objetivo lo vacío de subjetividad, es decir, los términos abstractos en que los hombres pueden convenir, por eliminación de todo contenido psíquico individual. En la lírica, imágenes y metáforas serán, pues, de buena ley cuando se emplean para suplir la falta de nombres propios y de conceptos únicos, que requiere la expresión de lo intuitivo, pero nunca para revestir lo genérico y convencional. Los buenos poetas son parcos en el empleo de metáforas; pero sus metáforas, a veces, son verdaderas creaciones.
En San Juan de [la] Cruz, acaso el más hondo lírico español, la metáfora nunca aparece sino cuando el sentir rebosa el cauce lógico, en momentos profundamente emotivos.
Ej. En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía
sino la que en el corazón ardía.
La imagen aparece por un súbito incremento del caudal del sentir apasionado, y una vez creada, es ella a su vez creadora, y engendra, por su contenido emotivo, la estrofa siguiente:
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía, etc., etc.
¡Cuán lejos estamos aquí de la abigarrada imaginería de los poetas conceptuales y barrocos, que aparecerán más tarde, cuando, en realidad, la lírica ha muerto ya!
LC. (1920). PrC, pág. 1209-11.
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El Cristo —decía mi maestro— predicó la humildad a los poderosos. Cuando vuelva, predicará el orgullo a los humildes. De sabios es mudar de consejo. No os estrepitéis. Si el Cristo vuelve, sus palabras serán aproximadamente las mismas que ya conocéis: “Acordaos de que sois hijos de Dios; que por parte de padre sois alguien, niños”. Mas si dudáis de una divinidad que cambia de propósito y de conducta, os diré que estáis envenenados por la lógica y que carecéis de sentido teológico. Porque no hay nada más propio de la divinidad que el arrepentimiento. Cuando estudiemos la Historia Sagrada, hemos de definirla como la historia de los grandes arrepentimientos, para distinguirla, no ya de la Historia profana, sino de la misma Naturaleza, que no tiene historia, porque no acostumbra a arrepentirse de nada.
JM – XXXIX (1934-1936). PrC,págs. 2073-4.
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Del Cristo
Acaso tenga alguna razón el Gran Inquisidor de Dostoïevsky. Creo sin embargo que, contra el hábito de curar con lo semejante propio de nuestra ética pagana, ha de darnos el Cristo todavía algunas lecciones alopáticas. Y el Cristo volverá —creo yo— cuando le hayamos perdido totalmente el respeto; porque su humor y su estilo vital se avienen mal con la solemnidad del culto. Creo que el Cristo se dejaba adorar, pero en el fondo le hacía poca gracia. Le estorbaba la divinidad —por eso quiso nacer y vivir entre los hombres— y, si vuelve, no debemos recordársela. Tampoco hemos de recordarle la Cruz... Aquello debió ser algo horrible, en efecto. Pero, ¡tantos siglos de crucifixión!... Él quiso morir, sin duda, de una manera impresionante, pero, ¡no tanto! Volverá el Cristo a nacer entre nosotros, los escépticos, que guardamos todavía un rescoldo de buena fe. Todo lo demás es ceniza: no sirve ya para la nueva hoguera.
Miscelánea Apócrifa (Apuntes y recuerdos de Juan de Mairena).
En “Hora de España” (0‑11‑1937). PrC, págs. 2350-1)
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Habla Mairena en 1909.
Algún día se pondrá de moda el pensar en la muerte, tema que se viene soslayando en filosofía —la filosofía, en verdad, lo ha soslayado casi siempre‑ y, con una nueva metafísica de la humildad, comenzaréis a comprender por qué los grandes hombres solemos ser modestos.
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En verdad que el Memento mori —añadía Mairena— no suena siempre a tiempo entre los filósofos; merced a lo cual, la existencia humana, cuya totalidad no puede ser pensada sin pensar en la muerte, su indefectible acabamiento, se va distanciando con exceso de la filosofía, para convertirse en tema de reflexiones demasiado triviales. Al mismo tiempo, una filosofía que pretende saltarse el gran barranco, o construir a su borde, tiene algo de artificial y pedante, de insincero, de inhumano y, me atreveré a decirlo: de antifilosófico. Por miedo a la muerte, huye el pensamiento metafísico de su punto de mira: el existir humano, lejos del cual toda revelación del ser es imposible. Y surgen las baratas filosofías de la vida, del vivir acéfalo, que son todas ellas filosofías del crimen y de la muerte.
Miscelánea Apócrifa. Palabras de Juan de Mairena. En “Hora de España” (0‑12‑1937). PrC, págs. 2359-60.
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Yo siempre os aconsejaré que procuréis ser mejores de lo que sois; de ningún modo que dejéis de ser españoles. Porque nadie más amante que yo ni más convencido de las virtudes de nuestra raza. Entre ellas debemos contar la de ser muy severos para juzgarnos a nosotros mismos, y bastante indulgentes para juzgar a nuestros vecinos. Hay que ser español, en efecto, para decir las cosas que se dicen contra España. Pero nada advertiréis en esto que no sea natural y explicable. Porque nadie sabe de vicios que no tiene, ni de dolores que no le aquejan. La posición es honrada, sincera y profundamente humana. Yo os invito a perseverar en ella hasta la muerte.
Los que os hablan de España como de una razón social, que es preciso a toda costa acreditar y defender en el mercado mundial, ésos para quienes el reclamo, el jaleo y la ocultación de vicios son deberes patrióticos, podrán merecer, yo lo concedo, el título de buenos patriotas; de ningún modo el de buenos españoles.
JM – XIII (1934-1936). PrC,pág. 1960.
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(Sobre la política y la juventud.)
La política, señores —sigue hablando Mairena—, es una actividad importantísima... Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala, que hacen trepadores o cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y, naturalmente, contra vosotros. Sólo me atrevo a aconsejaros que la hagáis a cara descubierta; en el peor caso con máscara política, sin disfraz de otra cosa; por ejemplo: de literatura, de filosofía, de religión. Porque de otro modo contribuiréis a degradar actividades tan excelentes, por lo menos, como la política, y a enturbiar la política de tal suerte que ya no podamos nunca entendernos.
Y a quien os eche en cara vuestros pocos años bien podéis responderle que la política no ha de ser, necesariamente, cosa de viejos. Hay movimientos políticos que tienen su punto de arranque en una justificada rebelión de menores contra la inepcia de los sedicentes padres de la patria. Esta política, vista desde el barullo juvenil, puede parecer demasiado revolucionaría, siendo, en el fondo, perfectamente conservadora. Hasta las madres —¿hay algo más conservador que una madre?— pudieran aconsejarla con estas o parecidas palabras: “Toma el volante, niño, porque estoy viendo que tu papá nos va a estrellar a todos ‑de una vez‑ en la cuneta del camino”.
JM – XVI (1934-1936). PrC, págs. 1971-2.
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(De política.)
A los tradicionalistas habría que recordarles lo que tantas veces se ha dicho contra ellos:
Primero. Que si la historia es, como el tiempo, irreversible, no hay manera de restaurar lo pasado.
Segundo. Que si hay algo en la historia fuera del tiempo, valores eternos, eso, que no ha pasado, tampoco puede restaurarse.
Tercero. Que si aquellos polvos trajeron estos lodos, no se puede condenar el presente y absolver el pasado.
Cuarto. Que si tornásemos a aquellos polvos volveríamos a estos lodos.
Quinto. Que todo reaccionarismo consecuente termina en la caverna o en una edad de oro, en la cual sólo, y a medias, creía Juan Jacobo Rousseau.
JM – III (1934-1936). PrC, págs. 1921.
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El oyente de la clase de Retórica, en quien Mairena sospechaba un futuro taquígrafo del Congreso, era, en verdad, un oyente, todo un oyente, que no siempre tomaba notas, pero que siempre escuchaba con atención, ceñuda unas veces, otras sonriente. Mairena lo miraba con simpatía no exenta de respeto, y nunca se atrevía a preguntarle. Sólo una vez, después de interrogar a varios alumnos, sin obtener respuesta satisfactoria, señaló hacia él con el dedo índice, mientras pretendía en vano recordar un nombre.
‑Usted...
‑Joaquín García, oyente.
‑Ah, usted perdone.
‑De nada.
Mairena tuvo que atajar severamente la algazara burlona que este breve diálogo promovió entre los alumnos de la clase.
‑No hay motivo de risa, amigos míos; de burla, mucho menos. Es cierto que yo no distingo entre alumnos oficiales y libres, matriculados y no matriculados; cierto es también que en esta clase, sin tarima para el profesor ni cátedra propiamente dicha —Mairena no solía sentarse o lo hacía sobre la mesa—, todos dialogamos a la manera socrática; que muchas veces charlamos como buenos amigos, y hasta alguna vez discutimos acaloradamente. Todo esto está muy bien. Conviene, sin embargo, que alguien escuche. Continúe usted, señor García, cultivando esa especialidad.
JM – XXVI (1934-1936). PrC, pág. 2010.
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Siempre he sido —habla Mairena a sus alumnos de Retórica— enemigo de lo que hoy llamamos, con expresión tan ambiciosa como absurda, educación física. Dejemos a un lado a los antiguos griegos, de cuyos gimnasios hablaremos otro día. Vengamos a lo de hoy. No hay que educar físicamente a nadie. Os lo dice un profesor de Gimnasia.
Sabido es que Juan de Mairena era, oficialmente, profesor de Gimnasia, y que sus clases de Retórica, gratuitas y voluntarias, se daban al margen del programa oficial del Instituto en que prestaba sus servicios.
Para crear hábitos saludables —añadía-, que nos acompañen toda la vida, no hay peor camino que el de la gimnasia y los deportes, que son ejercicios mecanizados, en cierto sentido, abstractos, desintegrados, tanto de la vida animal como de la ciudadana. Aun suponiendo que estos ejercicios sean saludables —y es mucho suponer—, nunca han de sernos de gran provecho, porque no es fácil que nos acompañen sino durante algunos años de nuestra efímera existencia. Si lográsemos, en cambio, despertar en el niño el amor a la naturaleza, que se deleite en contemplarla, o la curiosidad por ella, que se empeñe en observarla y conocerla, tendríamos más tarde hombres maduros y ancianos venerables, capaces de atravesar la sierra de Guadarrama en los días más crudos del invierno, ya por deseo de recrearse en el espectáculo de los pinos y de los montes, ya movidos por el afán científico de estudiar la estructura y composición de las piedras o de encontrar una nueva especie de lagartija.
Todo deporte, en cambio, es trabajo estéril, cuando no juego estúpido. Y esto se verá más claramente cuando una ola de ñoñez y americanismo invada a nuestra vieja Europa.
JM – XIII (1934-1936). PrC, págs.1960-1.
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Mientras los hombres —decía Juan de Mairena— no sean capaces de querer la paz, es decir, el imperio de la justicia (la que supone una orientación metafísica y un clima moral que todavía no existen y que, acaso, no existan nunca en Occidente), una liga entre naciones para defender la paz a todo trance, es una entidad perfectamente hueca y que carece de todo sentido. Es algo peor. Es el equívoco criminal que mantienen los poderosos, armados hasta los dientes, para conservar la injusticia y acelerar la ruina de los inermes o insuficientemente armados. Cuando alguno de ellos grite: “¡Justicia!”, se le contestará con un encogimiento de hombros, y si añade: “Pedimos armas para defendernos de la iniquidad”, se le dirá cariñosamente: “Paz, hermano. Nuestra misión es asegurar la paz que tú perturbas, reducir la guerra a un mínimum en el mundo. Nosotros no daremos nunca armas a los débiles; procuraremos que los exterminen cuanto antes”.
Notas inactuales a la manera de Juan de Mairena - VII. En “La Vanguardia” (27-3-1938). PrC, pág. 2437.
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Nuestra posición el 14 de abril de 1938 es la que teníamos en el sexto aniversario de la proclamación de la República, celebrado en Valencia en 1937. Desde un punto de vista ético, y en lo esencial nada se ha movido, como no sea para afirmarse, para reforzarse con todas las reservas espirituales que conservábamos, acercando a su máxima tensión nuestros resortes polémicos, para luchar contra la injusticia y la iniquidad. España, la España auténtica (de ningún modo podemos considerar como españoles a quienes decidieron vender a España, no sabemos por cuantos denarios), afirma hoy en Barcelona, la egregia Barcelona, en torno al glorioso Gobierno de la República, con serenidad espartana, su voluntad de resistir y de triunfar.
En el campo enemigo nada sustancial ha cambiado; porque hay maldades absolutas que no pueden empeorar. Son los mismos traidores con las mismas libreas, las mismas dos grandes potencias (no tan poderosas como abyectas), con las mismas repugnantes caretas de no-intervencionistas en los rostros, que siguen perpetrando, fría y sistemáticamente, sus crímenes alevosos a mansalva, el cobarde exterminio de los inermes y los inofensivos. Su capacidad militar, desde el punto de vista estratégico, es la misma: perfectamente nula; su cobardía y su perversidad las mismas también, porque no pueden aumentarse. [...] Sólo, acaso, las dos grandes democracias de Occidente acusan un cambio más de fondo que de superficie. Inglaterra y Francia —me refiero a los pueblos, no a sus gobiernos— han empezado a ver claramente tres cosas: primera, que el pacto de no‑intervención en España es, sin duda, la iniquidad más grande que registra la historia. Segunda: que la guerra de España va también contra ellos, y que la España republicana vencida, supone una Francia cercada por sus enemigos más enconados, y una Inglaterra que habría perdido, acaso para siempre, el control del Mediterráneo, la llave más importante de su imperio. Tercero, que la guerra grande, la guerra contra las democracias de occidente, por razones más de estrategia que de política, ha comenzado con la guerra de España, y que las plutocracias todavía imperantes en esas dos naciones, han cedido múltiples ventajas a sus adversarios, y que tienden a pactar con ellos, no en favor de los pueblos que dicen regir, sino en defensa de intereses de clase, no todos confesables. La palabra traición ha sonado ya más allá de nuestras fronteras. Pronto será un clamor que anuncie el despertar de muchas conciencias dormidas todavía.
En el 14 de abril de 1938 celebra España el séptimo aniversario de su gloriosa República, en guerra con enemigos poderosos —no tan poderosos como viles— y en la paz consigo misma. Sin pedir auxilio, reclamando justicia, lucha, resiste y espera.
Prosas sueltas de la guerra (15‑4‑1938). PrC, págs. 2248-9.
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Sobre la guerra
Si vis pacem para bellum, dice un consejo latino algo superfluo, porque el hombre es por naturaleza y para guerrear siempre está más o menos paratus. De todos modos, el latín proverbial sólo conduce, como tantos otros latines, a un callejón de difícil salida: en este caso, a la carrera de los armamentos, cuya meta es la guerra.
Más discreto sería inducir a los pueblos a preparar la paz, a apercibirse para ella y, antes que nada, a quererla, usando de sentencias menos paradójicas. Por ejemplo: si quieres la paz, procura que tus enemigos no quieran la guerra; dicho de otro modo: procura no tener enemigos, o lo que es igual: procura tratar a tus vecinos con amor y justicia. Bien comprendo que esto nos llevaría, en última instancia, a sacar el Cristo a relucir, lo cual, después de Nietzsche, es cosa de mal gusto, propia de sacristanes y de filisteos, en opinión de muchos sabihondos que no han advertido todavía cómo los filisteos y los sacristanes no suelen sacar el Cristo en función amorosa, sino para bendecir los cañones, las bombas incendiarías y hasta los gases homicidas. Comprendo también que las sentencias más discretas y mejor intencionadas pudieran no llevarnos inevitablemente a la paz. Pero, ¿qué sabemos de una sociedad cristiana con menos latín —el latín es uno de los grandes enemigos del Cristo— y más sentido común que la nuestra?
Miscelánea Apócrifa (Apuntes y recuerdos de Juan de Mairena).
En “Hora de España” (0‑11‑1937). PrC, págs. 2350-1.
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Pascual Plá y Beltrán
MI ENTREVISTA CON ANTONIO MACHADO
Rocafort, asentado sobre el declive de un cerro enano, tiende largamente sus pies al cercano mar donde las espumas marinas se confunden con las jaspeadas barcas pescadoras. La tierra fulge verdes rabiosos, amarillos tonantes y acalorados sienas, cruzado de continuo —de día y de noche— por ese rumor fresco que tiene el agua de las acequias. Estos son los pies de Rocafort. Su frente está coronada por un pinar menguado; de su hombro diestro baja en las noches del estío el azahar de los naranjales, cuyos huertos han ganado los hombres horadando en la piedra, a fuerza de sudorosos sacrificios: sangre, trabajo y tiempo.
En este Rocafort levantino moró Machado algunos meses. Ocupaba un bello chalet en la parte baja del pueblo, con un huerto de jazmines, de rosales y de limoneros. Este paisaje, en el crepúsculo de su edad, le recordaba su niñez en Sevilla. El edificio tenía —o tiene— un mirador abierto desde donde podía adivinarse el mar. En aquella pequeña terraza solía recibir Machado a sus visitas. [...]
Yo habla decidido aquella tarde ver al poeta. Era en agosto de 1937. [...]
Me abrió la puerta una muchacha delicada, muy joven, sobrina del poeta. Me hizo aguardar en el jardín mientras ella subía a comunicar mi llegada. Los limoneros desgarraban sus ramas con la acongojada acidez de sus frutos. Reapareció la muchacha en lo alto de la escalera y con un gesto de su mano me invitó a subir. Detrás de ella divisé a don Antonio; le acompañaba su hermano José. Me acogieron con tanta cordialidad que mi nerviosismo cesó.
Fuimos a la terraza o mirador de que antes he hablado. Allí había una mesa, a cuyo alrededor tomamos asiento. Antonio Machado ‑con su perpetuo traje marrón‑ se sentó al frente; su hermano se colocó a mi diestra. “He frente a mí —pensé— al hombre sobre cuyos hombros reposa la más entrañable poesía española.”
Era conmovedor ver el cariño con que se trataban ambos hermanos. Es difícil ser artista y no poseer un rencor, una envidia, un veneno. “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, había escrito el poeta. Ahora hablaba con su ligero acento andaluz, con su dura timbrada voz agradable. De vez en vez requería el asentimiento de su hermano; éste corroboraba sus aseveraciones con una palabra, con una sonrisa, con un gesto, con una mirada. [...]
—La llevada y traída y calumniada generación del 98, en la cual se me incluye [...], ha amado a España como nadie, nos dueleEspaña —como dijo, y dijo bien, ese donquijotesto don Miguel de Unamuno— como a nadie ha podido dolerle jamás patria alguna. Pero los españoles habíamos soñado con exceso, habíamos vivido demasiado de nuestros antepasados, demasiado como milagro. Nuestro sueño cayó con la bancarrota de las últimas empresas ultramarinas. La razón contundente de nuestros fracasos nos demostró que podía lucharse, pero no vencerse con lanzas de papel. Recogimos velas, las pocas y desgarradas velas que aún nos quedaban, y nos volvimos patria adentro. Había que poner un poco de ordenaquí. Nuestra universalidad, la universalidad de España, no puede ser ya una universalidad física, sino espiritual, No nos engañemos.
Del cielo encapotado, fosco, desprendióse una fulminante llamarada; seguidamente se escuchó un imponente trueno. Comenzó a llover.
Yo dije, tal vez tontamente:
El pesado balón de la tormenta
de monte en monte rebotar se oía.
Antonio Machado sonrió.
—No sé —dijo de nuevo— si han sido mis palabras o mis versos, que fluían en la mente de usted, los que han convocado la tormenta, pues no creí que fuera a llover esta tarde. Veo, también, que usted lee mis versos; yo no los leo nunca. No los leo, porque creo que los versos son intuiciones cuajadas, experiencias latentes, cuando son y significan algo; precisamente por lo que tienen de testimonios de momentos que fueron, de sombras del pasado, nos llevan fatalmente a la elegía. Yo dejo caer mis poemas como hojas frescas, como esas hojas de limonero tan relucientes bajo el agua, sin volver sobre ellos; así tengo la impresión de que permanecen tan juveniles como cuando losconcebí y creé.
‑Lo siento por usted, don Antonio —le interrumpí—. Debería leer al mejor poeta de España.
‑Me basta —y su palabra cobró una entonación especial— con leer a Jorge Manrique y a Federico García Lorca. [...]
Yo cometí otra pequeña indiscreción —¿Qué sabe de su hermano Manuel? —dije.
El rostro de Machado se iluminó.
—Es para mí una tremenda desgracia estar separado de Manuel —me contestó— Él es un gran poeta. Él, además de mi hermano, ha sido mi colaborador fiel en una serie de obras teatrales; sin su ánimo nunca esas obras hubieran sido escritas —hizo una breve pausa—. La vida es cruel a veces; a veces, es excesivamente dura. Pero este dolor nuestro, por profundo que sea, no es nada comparado con tanta catástrofe como va cayendo sobre el pecho de los hombres. Sin embargo, cuando pienso en un posible destierro, en una tierra que no sea esta atormentada tierra española, mi coraz6n se llena de pesadumbre. Tengo la certeza de que el extranjero significaría para mí la muerte.
Prosas sueltas de la guerra (0‑8‑1937). PrC, pág.2205-2212.
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