Mi infancia son recuerdos[1] de un patio de Sevilla,
y un huerto
claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de
Castilla;
mi infancia, algunos casos que recordar no
quiero. [XCVII][2]
Es ya un tópico acudir a estos versos de su poema Retrato para encabezar toda biografía machadiana. Pero no quiero dejar de caer en esa tentación, porque estos versos no son sólo un apunte biográfico, sino también un paradigma del que será el tema que vertebre toda su obra, y sobre el que volveremos más adelante: el tiempo; no como abstracción, sino como fluir interior, personal, vital, que se encarna en el hombre concreto (“de carne y hueso”, que diría Miguel de Unamuno) y se convierte en parte consustancial de él a través del recuerdo (“De toda la memoria sólo vale / el don preclaro dee vocar los sueños”). Así, en el momento de escribir aquellos versos, su historia no es algo objetivo, fuera del tiempo, sino su propio ser-en-el-tiempo, por emplear el conocido término de Martin Heidegger, el Dasein, el ser-ahí.
El mismo patio y el mismo limonero que en otro poema re-cordaría (volvería a traer al corazón), porque ya forma parte de él:
El limonero lánguido suspende
una pálida
rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente limpia,
y allá en el fondo
sueñan
los frutos de oro…
Es
una tarde clara, El primer recuerdo, más bien sueño, que tiene el poeta tiene de
la ciudad de su infancia es anterior a su nacimiento, según cuenta en boca de su
apócrifo Juan de Mairena: Otro acontecimiento, también importante, de mi vida es
anterior a mi nacimiento. Y fue que unos delfines, equivocando su camino y a
favor de la marea, se habían adentrado por el Guadalquivir, llegando hasta
Sevilla. De toda la ciudad acudió mucha gente, atraída por el insólito
espectáculo, a la orilla del río, damitas y galanes, entre ellos los que fueron
mis padres, que allí se vieron por vez primera. Fue una tarde de sol que yo he
creído o he soñado recordar alguna vez. [Juan de Mairena, XLVI] En esas mismas páginas, relata una significativa anécdota de su
infancia, que adquiere la categoría de acontecimiento por la influencia que le
otorga el poeta como formadora de su carácter. En el cuaderno Los
Complementarios, una nota datada en “Madrid, 12 de junio de 1914” ofrece una
versión más depurada: No recuerdo bien en qué época del año se acostumbra en
Sevilla a comprar a los niños cañas de azúcar, cañas dulces, que dicen mis
paisanos. Mas sí recuerdo que, siendo yo niño, a mis seis o siete años, estábame
una mañana de sol sentado en compañía de mi abuela, en un banco de la plaza de
la Magdalena, y que tenía una caña dulce en la mano. No lejos de nosotros,
pasaba otro niño con su madre. Llevaba también una caña de azúcar. Yo pensaba:
la mía es mucho mayor. Recuerdo bien cuán seguro estaba yo de esto. Sin embargo,
pregunté a mi abuela: ¿no es verdad que mi caña es mayor que la de ese niño? Yo
no dudaba de una contestación afirmativa. Pero mi abuela no tardó en responder,
con un acento de verdad y de cariño, que no olvidaré nunca: al contrario, hijo
mío, la de ese niño es mucho mayor que la tuya. Parece imposible que este trivial suceso haya tenido
tanta influencia en mi vida. Todo lo que soy —bueno y malo— cuanto hay en mí de
reflexión y de fracaso, lo debo al recuerdo de la caña dulce. [Los
Complementarios] La crítica ha subrayado con acierto la lección de humildad que
encierran estas palabras. Esto es cierto. Pero quisiera resaltar unas palabras
que quizá delimiten un aspecto de la personalidad de don Antonio, que va
íntimamente ligado a dicha humildad: ese sentimiento “de reflexión y fracaso”,
que aflora continuamente en su obra. La melancolía y el dolor que le acompaña
desde la infancia, “la vieja angustia que hace el corazón pesado” [XIII]: [...] y es esta vieja angustia Nació, pues, en Sevilla en 1875, dentro de una familia de
intelectuales liberales y progresistas por la rama paterna. Habitaban en la
planta baja del célebre Palacio de las Dueñas, propiedad de la casa de Alba, que
compartían con otros inquilinos. Su hermano Manuel había nacido el año
anterior. Sus padres, sus abuelos, que influyeron tan profundamente en su
sensibilidad, apenas son evocados en su obra: tan sólo algunas imágenes que
recuerdan a la madre, Ana Ruiz y Hernández; su tío-abuelo, Agustín Durán,
miembro de la Real Academia Española y autor de una gran compilación de
romances[3]; o su padre, don Antonio
Machado Álvarez, “Demófilo” (1846-1893), considerado uno de los primeros
folcloristas españoles, autor de una obra importante y extensa que fue,
ciertamente, uno de los primeros alimentos intelectuales del futuro poeta y
fuente de gran parte de su inspiración. Años más tarde lo evocaría en los
siguientes versos: Esta luz de Sevilla… Es el palacio donde nací, con su rumor de fuente. A los cinco años, Antonio entró, junto con
Manuel, en el colegio de don Antonio Sánchez, en Sevilla. La silueta del viejo
maestro revive quizá en el célebre poema Recuerdo infantil: Una tarde parda y fría En 1883, la familia se traslada a Madrid. Su abuelo, Antonio
Machado y Núñez acaba de ser nombrado profesor de la Universidad Central en esa
ciudad[4]. Su hermano José recordaría:
“…tenía Antonio Machado ocho años. Pero, a pesar de sus pocos años, ya traía en
su espíritu lo esencial que constituiría, con el tiempo, su originalidad
personal. Ya brillará inextinguida esa luz de su tierra […], así como todas
aquellas primeras impresiones de la infancia, que toda una vida no logrará
borrar en él”[5]. Es ahora cuando interviene la segunda gran influencia que iba a
marcar, también de modo indeleble, la personalidad del poeta: la de la
Institución Libre de Enseñanza, que había fundado don Francisco Giner
de los Ríos, desde tiempo atrás amigo personal de su padre. La Institución
desempeñará un papel fundamental en la vida del poeta. Podemos decir que su
formación ética y hasta ciertas modalidades de su inteligencia y
sensibilidad son típicamente institucionistas. Francisco Giner
de los Ríos Creada por Francisco
Giner de los Ríos, la Institución Libre de Enseñanza se fundó en 1876. La
familia de Antonio Machado tenía amistad con algunas de las principales
figuras de la Institución: Francisco Giner de los Ríos, Manuel
Bartolomé Cossío y Joaquín Costa. El jefe de estudios y
profesor de psicología y geografía era José de Caso, a quien
Antonio Machado recordará también con afecto. La enseñanza
impartida en esta célebre escuela, con un gran deseo de libertad y
renovación pedagógica, insistía sobre los puntos siguientes: diálogo e
intimidad familiar entre profesores y alumnos; apertura a las culturas
extranjeras, especialmente la francesa y la inglesa; práctica de la
educación física y los deportes —entonces inexistente en los colegios y
escuelas españoles—; despertar al amor a la naturaleza (más tarde
recordaría Antonio Machado que su amor al paisaje y a la naturaleza lo
había aprendido en la Institución), con frecuentes excursiones a la sierra
de Guadarrama, donde la Institución poseía un chalé para la práctica de
los deportes de invierno; la enseñanza era, en fin, mixta, contra la
costumbre absolutamente general en esa época en España. Existía también la
preocupación de conceder un lugar a las artes, especialmente a la música y
al dibujo; a las visitas a los museos, fábricas y centros artesanales o
científicos; Y, por último, pero lo más importante, una intención común
animaba a todos los miembros de aquella corporación: convertir a la
Institución en un centro de cultura social y política, a fin de renovar
las mentalidades para fomentar un nuevo porvenir en España. Se comprende
así, que la Institución fuera considerada en su tiempo el mejor centro
educativo de España, y, aún hoy, siga transmitiendo su
ejemplo. Además de los rudimentos de cultura intelectual y del profundo
amor a la Naturaleza que adquirió allí, la Institución inició a Antonio Machado
en el aprendizaje de valores morales muy característicos del espíritu
institucionista: tolerancia, respeto al trabajo, gusto por cierta austeridad en
el modo de vida, ideal reformista y patriótico, rechazo de todo dogmatismo,
sentido del diálogo y de la igualdad entre los hombres, amor a la verdad...
valores que serán todos claves en la obra y en la vida del poeta. En 1888 surge la afición al teatro en Antonio Machado. Desde ese
año, los hermanos Antonio y Manuel acuden a las representaciones del Teatro
Español, cuyo director y primer actor es Rafael Calvo, amigo del padre. Conocen
allí a los hijos del actor, del mayor de los cuales, Ricardo, se hacen
inseparables amigos. Al grupo se une Antonio Zayas. Antonio Machado llegará a
intervenir, así como su hermano, en pequeños papeles. Frecuenta la vida bohemia,
los salones, los museos, las tertulias, los cafés… Pronto comenzarían a escribir
versos. Todos, excepto Antonio; o, al menos, no los mostraba. Solían reunirse en
el Café Fornos a hablar de teatro, literatura, política, toros... Allí tenía su
tertulia el poeta Enrique Paradas, editor de un semanario satírico, La
Caricatura. En él, en 1893, publicará Antonio sus primeros escritos:
artículos costumbristas, escritos en una prosa coloquial y ligera. Antonio
firmaba con el seudónimo “Cabellera” y Manuel con “Polilla”; los escritos en
colaboración los firmaban como “Tablante de Ricamonte”. También acuden a la
tertulia, más “seria”, que don Eduardo Benot (lingüista, ministro de la Primera
república, antiguo profesor de los hermanos en la Institución) tenía en su casa.
En la Biblioteca Nacional, también con su hermano Manuel, realiza interminables
sesiones de lectura. Los estudios... poco a poco. Pero 1893 es también el año de la muerte del padre. Muerte
prematura, a los cuarenta y seis años. Antonio Machado Álvarez había seguido
publicando sus estudios de folclore y artículos para el periódico La
Justicia, que salía bajo la inspiración de don Nicolás Salmerón. Pero,
aunque esa actividad le otorgaba prestigio, no era suficiente para el sustento
familiar. Buscando mejor fortuna, consigue el puesto de registrador de la
propiedad, que ha de ejercer en Puerto Rico. Espera ganar el suficiente dinero
como para poder regresar pronto a España. Sin embargo, al poco de llegar a la
isla enferma gravemente de tuberculosis. Uno de sus cuñados, marino, acude para
traerlo con la familia; pero, al llegar a Sevilla, su estado se agrava. Su
mujer, Ana Ruiz, acudirá a su lado, pero muere a los pocos días. Dos años más tarde muere el abuelo, don Antonio Machado y Núñez.
La abuela, doña Cipriana, y la madre, deciden trasladarse, del número 98 de la
calle Fuencarral pasan al más modesto del 148 de la misma calle. La situación
económica de la familia se ha hecho muy delicada. En 1895, Antonio Machado tiene
veinte años. Sus estudios sufren muchas interrupciones: Antonio no terminará el
Bachillerato hasta septiembre de 1900. Su hermano Manuel, sin embargo, viajará
ese año de 1895 a Sevilla a estudiar la carrera de Filosofía y Letras, que
culminará con brillantez. Allí se hace novio de su prima Eulalia Cáceres.
Antonio trabaja en tareas lexicográficas para don Eduardo Benot. Ayuda así a la
maltrecha economía familiar. En 1897, Manuel Machado
regresa a Madrid. Vuelve a unirse el grupo formado por los dos hermanos,
Ricardo Calvo y Manuel Zayas. Se reanudan las tertulias, los paseos, las
charlas sobre teatro... Pero a la antigua bohemia sucede ahora una
inquietud más seria por la literatura y la necesidad de trabajar para
ayudar a la familia. Antonio empezó a preparar unas oposiciones a empleado
del Banco de España, pero lo deja pronto: ni le gusta la contabilidad, ni
su caligrafía era la apropiada para lo que se esperaba entonces de un
empleado de banca. En la primavera de 1898 los
hermanos Antonio y Manuel Machado viajan a Sevilla. La vuelta a los
escenarios de la niñez —la ciudad y su luz, el palacio de las Dueñas, con
su “huerto donde madura el limonero” y su “rumor de fuente”— inspirarán al
poeta nuevos versos, como los que componen el poema VII, citado arriba,
que no se publicaría hasta 1900. Estamos en la época en que el
Modernismo hace su deslumbrante aparición con Azul (1888) y
Prosas profanas (1896), de Rubén Darío. Toda una estética
nueva acaba de surgir. De 1895 es En torno al casticismo de
Unamuno que, junto al Idearium español (1897) de Ángel
Ganivet, inaugura una nueva manera de plantear el problema candente de
España. Por aquellos años conoció a escritores como Salvador Rueda,
Valle-Inclán, Francisco Villaespesa... Los primeros poemas de
Antonio Machado son de 1898, año del “Desastre”. Así, esta fecha es para
él doblemente significativa: de una parte, señala su entrada en la poesía
por la vía del simbolismo y del modernismo; de otra, y sin
saberlo él, esta fecha de 1898 provocará la eclosión de nuevos valores
morales y estéticos a los que más tarde Machado se adherirá de modo,
aunque tardío, irresistible. Patio del palacio
de las Dueñas, en Sevilla, donde vivió el poeta en su niñez. Manuel Tuñón de Lara, en Antonio
Machado, poeta del pueblo, describe así la circunstancias: «Son tiempos tormentosos, y los hermanos Machado lo
saben; lo han oído en casa de Benot, de labios de éste o de Pí y Margall. Se lo
han oído a don Francisco Giner o a don Rafael María de Labra. Hace tres años que
dura ya la guerra en Cuba, esa guerra en que los gobernantes, ya conservadores o
ya liberales, declaran estar dispuestos a gastar, según frase de Sagasta “hasta
el último hombre y la última peseta “. Arrastra esa guerra, sin que los métodos
de terror de Weyler hayan servido para gran cosa, y las impresiones
confidenciales de su sustituto en el mando, general Blanco, transmitidas a
Sagasta a primeros de año, son francamente pesimistas. Antonio y Manuel, que no
son nada insensibles a los acontecimientos, han seguido con inquietud la extraña
explosión del Maine en el puerto de La Habana y la agravación de la
tensión entre España y Estados Unidos. Ahora, en plena Feria sevillana, estalla
la noticia de que McKinley, en su mensaje al Congreso del 11 de abril, ha
amenazado con la intervención inmediata en Cuba. El 21 de abril la guerra con
los Estados Unidos era un hecho. Gran parte de la opinión, todavía adormecida,
creía fácil gritar “iA Nueva York! “, cuando en verdad, esa guerra estaba
perdida desde hacía tiempo. En mayo de 1897, cuando Sagasta era todavía jefe de
la oposición y gobernaba Cánovas, aquél declaraba: Después de haber enviado
200.000 hombres y de haberse derramado tanta sangre, no somos dueños en Cuba de
más terreno que el que pisan nuestros soldados. Antonio oye, primero en Sevilla, luego en Madrid, las
charangas fáciles que entonan La marcha de Cádiz, las declaraciones
jactanciosas de quienes amenazan ya con sentar sus reales en Washington, pero se
quedan en casa mientras en los pantanos de Cuba mueren o enferman los jóvenes
que no tuvieron dinero suficiente para redimirse del servicio militar. El 11 de mayo de 1898, los buques de la Escuadra
española en Filipinas se hacen acribillar y hundir por los cañones
norteamericanos con estoicismo en el que se mezclan las tradiciones del Cid y de
Don Quijote. Dos meses después, el 3 de julio, los marinos españoles van del
mismo modo a la muerte en Santiago de Cuba. Todo ha terminado. No hay barcos (¿los había, en
realidad, después de Trafalgar?). No hay colonias. No hay Imperio. El sueño se
acabará en París, el día 10 de diciembre, al firmar Montero Ríos, en nombre de
España, la renuncia a Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Carolinas, Marianas y
Palaos. A España entera le llegaba el cruel despertar de un obstinado sueño
colonial. A esto se ha llamado el noventa y ocho. Era el
punto máximo de la crisis del Estado y de una manera de concebir la vida. Los
viejos valores se habían hundido, al hundirse la flota en aguas del Pacífico y
del Caribe. Hay, entonces, en España una auténtica situación de crisis. Sin
colonias, sin dinero o casi, arrastrando el peso de viejas estructuras y de no
menos viejos mitos, había que plantar cara al presente y al porvenir. Resultaba
inevitable el acto de repensar España. ¿Qué crisis era aquella? En primer lugar, crisis del
sistema, como totalidad; no había Imperio ni sus restos. En segundo lugar,
crisis económica; no había esos mercados ni esas fuentes de fácil beneficio. En
tercer lugar, crisis política; ambos partidos turnantes salían maltrechos por su
pesada responsabilidad en el desastre. Yen cuarto lugar, crisis social; la
industrialización aumentaba el peso específico de la clase obrera, y la
organización de ésta alcanzaba la toma de conciencia. Pero también los
industriales catalanes, los jefes de empresa del norte tomaban su conciencia “en
sí”. Alborea el último año del siglo a las pocas semanas de
la derrota. Madrid parece, sin embargo, indiferente, cuando las gentes deambulan
por la calle de Alcalá, van a la “tercera de Apolo“ o a los toros. Tres meses
después de firmarse el Tratado de París, Silvela forma nuevo Gobierno, con
Fernández Villaverde en Hacienda. El Tesoro está al borde de la quiebra. Quiebra
hay, sin duda, de la España tradicional de nobles y caciques, de elecciones
fabricadas por el “encasillado“ de la Puerta del Sol, de los falsos valores
expresados en latiguillos de pasadas grandezas. Se imponía una revisión y un baño de verdad, de
autenticidad. Del seno de aquella sociedad española, que aún soñaba en las
glorias del imperio, surge ya un Unamuno que quiere bañar España en el pueblo y
en Europa, defensor de los hombres sencillos que hacen todos los días, sin
saberlo, la “intrahistoria”. Un Joaquín Costa proclama que hay que cerrar con
tres llaves el sepulcro del Cid y atender a las necesidades de la hora. Y
también se proyectan sobre el panorama español las corrientes renovadoras de los
Pí, Salmerón, Giner, de los escritores como Galdós y Clarín, de un mundo
intelectual en cuyo seno había crecido Antonio Machado. En fin, por aquel entonces van a surgir unos muchachos
que se llaman Pío Baroja, Valle-Inclán, Martínez Ruiz (todavía no es
Azorín), Antonio y Manuel Machado... Sin embargo, en la existencia de Antonio tiene lugar,
antes de su inserción verdadera en el medio intelectual de la época, lo que
podría llamarse el intermedio de París. Cuando Martínez Ruiz escribe en El
País, Baroja —de vuelta de la medicina— alterna el cuidado de la panadería
de su tío con las críticas teatrales en El Globo, Valle-Inclán publica
Epitalamio, y Ramiro de Maeztu empieza a colaborar en La
Correspondencia de España, los hermanos Machado emprenden su primer viaje a
París con ánimo de abrirse un camino que, en el orden de las necesidades
perentorias, se presentaba muy cerrado en España[6].» En 1899 y en 1902 se producen dos acontecimientos capitales en
su vida: sus viajes a París, donde ya se encontraba su hermano Manuel. Él mismo
resume así su primera estancia en la capital francesa: De Madrid a París a los veinticuatro años (1899). París
era todavía la ciudad del ‘affaire Dreyfus’ en política, del simbolismo en
poesía, del impresionismo en pintura, del escepticismo en crítica. Conocí
personalmente a Oscar Wilde y a Jean Moréas. La gran figura literaria, el gran
consagrado era Anatole France.[7] En este primer viaje a París los hermanos trabajan para la
editorial Garnier como traductores. Por aquella casa acuden escritores como
Gómez Carrillo, Alejandro Sawa, Amado Nervo. Conocen a Pío Baroja.
Fugazmente a Oscar Wilde. No llegan a tratar personalmente en este primer
viaje a París a Rubén Darío, pero el nicaragüense es ya el gran
maestro. Vuelve a Madrid al término del verano de 1899. De nuevo, los
amigos Ricardo Calvo y Antonio de Zayas. También Valle-Inclán,
Unamuno, Azorín, Benavente... El 30 de enero de 1901 se
estrena Electra, de Benito Pérez Galdós. El escándalo que el drama
galdosiano provoca en la derecha “bienpensante” y la reacción de los jóvenes
escritores da lugar a la aparición de la revista Electra, cuyo primer
número sale a la calle el 16 de marzo, en la que todos colaboran. En 1902 Manuel y Antonio Machado vuelven a París. Es entonces
cuando Antonio conocerá a Rubén Darío. Antonio le muestra los poemas que
escribía para su primer libro., quien los elogia con su adjetivo favorito.
¡admirable! Desde entonces, les unirá una sincera amistad y mutua
admiración. A la vuelta de París, conoce personalmente a Juan Ramón
Jiménez (el primer viaje a Madrid del poeta de Moguer había coincidido con
el primer viaje de Machado a París), de quien ha leído y admirado su primer
libro, Ninfeas. La admiración en este caso era también recíproca y se
consolidó (con algún altibajo no muy aclarado) en el tiempo. Estos contactos
personales y la lectura de los simbolistas, junto con Rubén Darío y los
románticos Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro, son las
principales influencias que se aprecian en los poemas que publicó en diversas
revistas literarias durante estos años y que recopiló en su primer libro:
Soledades (1903). A primeros de agosto de 1902, Antonio Machado regresa a Madrid;
y, a finales de enero de 1903, aparece la primera edición de Soledades.
Se trata tan sólo de una breve recopilación, pero inaugura, sin saberlo su
autor, una gran carrera literaria. Colabora por entonces en la gran revista modernista “Helios”,
dirigida por Juan Ramón Jiménez, así como en “Alma Española”, “La Revista
Ibérica”, “El País” y “La República de las Letras”. Es en “La Revista Ibérica” donde publica
sus Soledades. Sobre este su primer libro escribiría en 1917: Las composiciones
de este primer libro, publicado en enero de 1903, fueron escritas entre
1899 y 1902. Por aquellos años, Rubén Darío, combatido hasta el escarnio
por la crítica al uso, era el ídolo de una selecta minoría. Yo también
admiraba […] al maestro de la forma y de la sensación, que más tarde nos
reveló la hondura de su alma. […] Pero yo pretendí […] seguir camino bien
distinto. Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su
valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones,
sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es
que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz
propia, en respuesta animada al contacto del mundo. Y aun pensaba que
el hombre puede sorprender algunas palabras de un íntimo diálogo,
distinguiendo la voz viva de los ecos inertes; que puede también, mirando
hacia dentro, vislumbrar las ideas cordiales, los universales del
sentimiento.[8] Buscaba, pues, Machado una poesía
centrada en el análisis del yo, no en su anécdota, sino en cuanto
poseedor de sentimientos; porque creía, como los simbolistas, que el sentimiento
es lo más personal y, al mismo tiempo, universal que el hombre posee, pues con
él pueden comulgar otros hombres. La realidad sólo interesaba en cuanto podía
producir esos sentimientos o, sobre todo, ofrecer material para construir
símbolos. Aurora de Albornoz ha explicado con precisión los rasgos más
característicos de este libro, destacando el intimismo y negando al tiempo que
Soledades pueda incluirse en la tendencia evasiva del modernismo: A pesar de los
lugares comunes producto de la influencia modernista, hay ya ciertas notas de
“intimismo” que lo sitúan dentro de la realidad. De la realidad soñada,
naturalmente. No se trata de un libro que se cree un “mundo fantástico”, alejado
del real intencionadamente, sino de un mundo íntimo, tan profundamente íntimo,
tan profundamente temporal que alcanza por ello la universalidad y la
eternidad.[9] Todo en Soledades es una búsqueda de sí
mismo en el tiempo (recordamos: su tiempo), en el amor o en
la muerte, en el sueño o en un Dios soñado “entre la
niebla”. Se aleja así Machado, insistimos, de la evasión de la realidad
hacia mundos artificialmente embellecidos que había caracterizado a parte del
modernismo. Es cierto que en algunos poemas se encuentran lugares comunes
producto de la influencia modernista, pero predomina un intimismo que sitúan
al poeta dentro de la realidad, de una realidad frecuentemente soñada o evocada,
de marcado acento temporal. Es, sin embargo, éste un camino destinado en parte
al fracaso: de ahí el dolor, la tristeza, la angustia o la resignada melancolía
que impregnan sentimentalmente la obra. Porque el poeta nunca llega a deslindar
una nítida imagen de sí mismo; nunca encuentra su razón de ser, ni aun a través
del diálogo consigo mismo (“Converso con el hombre que siempre va conmigo” dirá
en el conocido Retrato que encabeza Campos de Castilla, aunque
escrito en la época de Soledades) o del diálogo —monólogo desdoblado, más
bien— con elementos de la naturaleza: la noche o una mañana de primavera, con la
fuente, con una tarde a veces clara, a veces melancólica, incluso “horrible”...
Incluso, la preferencia de ciertas imágenes modernistas y simbolistas (los
jardines sombríos, el ocaso, el otoño...) no es sino un camino hacia la fusión
íntima con el paisaje, hacia la creación de un paisaje emocional. La
personificación del paisaje es una constante de la poesía simbolista y lo será
siempre en Machado. La tantas veces subrayada temporalidad de la poesía machadiana
explica la temprana aparición de los símbolos preferidos del poeta en relación
con el tiempo: el agua que corre, el camino... los momentos del día o las
estaciones del año... los espejos, criptas, galerías del sueño... Todos los
elementos poéticos en analogía con el tema del tiempo y la consecuente
introspección se unen difusamente en el espíritu del poeta como un acorde que
define temáticamente toda su obra. Acorde cuya nota más característica es la
conciencia del tiempo e, inevitablemente, de la muerte. Sobre la tierra amarga, Criptas hondas, escalas sobre
estrellas; imágenes amigas, Todos estos temas los veremos desarrollados en el siguiente
apartado, en el que el libro, modificado su título, depurado de algunos poemas
que el poeta consideraba imperfectos, adquiere una mejor coherencia. Tras el éxito de Soledades, Antonio Machado sigue
publicando en las revistas de la época artículos y nuevos poemas. Pero ni la
buena acogida del libro ni las colaboraciones son suficientes para vivir de la
literatura. La situación económica familiar no era, como sabemos, muy boyante.
Es hora de buscar un medio de sustento. Los años de 1904 a 1906 son los del
abandono paulatino de la vida bohemia, la reelaboración de Soledades, y
la consolidación de su amistad con Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío y
Valle-Inclán. También de estos años arranca su amistad y relación epistolar con
Unamuno, que se hará cada vez más intensa con el paso de los años. En 1905, se
une al manifiesto en que los jóvenes escritores expresan su rechazo al Premio
Nobel de Literatura concedido el año anterior a don José Echegaray: «Parte de la
prensa inicia la idea de un homenaje a don José Echegaray y abriga la
representación de toda la intelectualidad española. Nosotros, con derecho a ser
incluidos en ella —sin discutir ahora la personalidad literaria de don José
Echegaray— hacemos constar que nuestros ideales artísticos son otros, y nuestras
admiraciones muy distintas». Aconsejado por su maestro
Giner de los Ríos, Antonio Machado comienza en 1906 a preparar las
oposiciones a cátedra de lengua Francesa de institutos de segunda
enseñanza. Comenzaron en ese año las oposiciones, pero el tribunal decide
interrumpirlas con la llegada del verano y no se reanudarán hasta enero de
1907. Finalmente, el tribunal concede una de las plazas a Antonio Machado,
que elige Soria como destino. En 1907 las novedades
destacables de su biografía son la obtención por oposición de la cátedra
de Lengua Francesa y su traslado a Soria, adonde llega a, ya bien avanzado
el curso, el 4 de mayo. Soria es una capital pequeña, de apenas siete mil
habitantes. Se instaló en la pensión que don Isidro Martínez y doña Regina
Cuevas tenían en la calle del Collado. Apenas permanece tres días, los
necesarios para tomar posesión de la cátedra y para un primer conocimiento
de la ciudad. Situada a más de dos mil metros de altitud, sobre dos
colinas, a la orilla del Duero, rodeada de árboles —álamos, olmos…—, con
sus casas de color rojizo, es una ciudad de aspecto austero y recogido.
Una fortaleza en ruinas —hoy rehabilitada como Parador Nacional— sobre una
de las colinas domina las pequeñas calles, bordeadas de casas de piedra
labrada, muchas de ellas antiguas casas señoriales. Bellos monumentos dan
a la ciudad gran valor artístico. Abajo, siguiendo la orilla del río, un
camino umbroso va desde San Polo a la ermita de San Saturio, patrono de la
ciudad. En la misma orilla, una corona de cipreses rodea la vieja iglesia
de los Templarios. Esta primera visita motivará
el primer poema de tema soriano, Orillas del Duero. Se trata, como
veremos más adelante, de una descripción en la que no falta la emotividad
ante la contemplación del paisaje Tras tomar posesión de la cátedra,
vuelve a Madrid, donde, durante el verano, puede revisar de cerca la edición de
sus Soledades, Galerías, Otros Poemas por la revista “Renacimiento”, que
dirige el matrimonio Martínez Sierra. Vuelve a Soria en octubre y se instala en la misma pensión. De
las amistades hechas en aquellos años, cabe destacar la de José María Palacio,
redactor del periódico local “Tierra Soriana”, en cuyas páginas colaboró el
poeta, tanto con artículos como con poemas. A Palacio dedicaría, años más tarde,
desde Baeza, uno de sus más bellos poemas[10]. En diciembre, los dueños de la pensión deciden
cerrarla y el poeta se traslada a la que regentan don Ceferino Izquierdo y doña
Isabel Cuevas, hermana de doña Regina. Con el matrimonio viven sus tres hijos.
La mayor, Leonor, apenas tiene por entonces trece años. Según
algunos testimonios, no tardó en enamorarse de ella, aunque no se decidió hasta
que estuvo seguro o adivinó que podía corresponderle. Después de muchas dudas y
vacilaciones, comunicó a su madre, doña Ana, el amor que sentía por Leonor, y su
deseo de casarse con ella. Con el visto bueno de los padres comenzaría el
noviazgo a fines de 1908 o comienzos de 1909. El 30 de julio de 1909 se celebró
la boda en la iglesia de Nuestra Señora la mayor, de Soria. La ceremonia, con el
paseo hasta la iglesia, la curiosidad de los vecinos e, incluso, algún incidente
(quizá una “típica” cencerrada), fueron un suplicio para el poeta, de natural
poco amigo de exhibicionismos. Los años que transcurrieron hasta la muerte de Leonor (el 1 de
agosto de 1912) fueron, seguramente, los únicos verdaderamente dichosos en la
vida del poeta. En una carta dirigida muchos años después desde Segovia a don
Pedro Chico, que habitó en la misma casa soriana, escribe: «Si la felicidad es
algo posible y real —lo que a veces pienso— yo la identificaría mentalmente con
los años de mi vida en Soria y con el amor de mi mujer, cuyo recuerdo constituye
el fondo más sólido de mi espíritu». Pero volvamos a su obra. De los cuarenta y dos poemas que componían Soledades,
veintinueve (algunos corregidos) pasan al nuevo libro, y se añaden sesenta y
seis nuevos, hasta un total de noventa y cinco, divididos en tres secciones:
Soledades (subsecciones: ”Del camino”, ”Canciones” y “Humorismos,
Fantasías, Apuntes”), Galerías y Varia. El libro de 1907 representa el perfeccionamiento de la estética
cuidadosamente forjada en el de 1903. Esta plenitud se alcanza, especialmente,
en la sección Galerías, mientras que en “Humorismos…” y Varia los
poemas, de inferior calidad, van abriendo el camino del “realismo” u
“objetivismo”, de mirada a lo exterior, que se desarrollaría tan magníficamente
en libros posteriores. Los nuevos poemas insisten en los temas anteriormente citados
(dolor, angustia, soledad, recuerdo…). El poeta se interna por las
galerías del alma en busca de su íntima realidad, de la razón de
su ser y de su angustia. Una “vieja angustia”, constante en toda su
obra, que ya aparecía en los poemas de la anterior edición: Es una tarde cenicienta
y mustia, destartalada como el alma mía; * Es llamativo, y muy significativo, que el poema que abre el
libro centre su atención en el tiempo personal, interno, en la
reflexión sobre el propio vivir, en contraposición al tiempo mecánico —no
humano— del tic-tac del reloj[11] EL
VIAJERO Esta revisión del libro inicial permite considerarlo ya obra
cerrada, pues las modificaciones que todavía haría en 1917 (fundamentalmente de
puntuación, sustitución de algunas palabras por otras y el rescate de un poema
de la edición de 1903, que había desaparecido en 1907, hasta sumar un total de
noventa y seis) no son sustanciales. Es el tema por excelencia, no sólo de
este libro, sino de toda su obra, ya que todos los demás están subordinados a
él. Si todo conocimiento es inseguro, lo que sí sabe el hombre de sí mismo es su
existencia, su ser en el tiempo, entre los límites del nacer y el morir: Pienso, como en los años de modernismo literario (los
de mi juventud) que la poesía es la palabra esencial en el tiempo. La
poesía moderna […] viene siendo hasta nuestros días la historia del gran
problema que al poeta plantean estos dos imperativos, en cierto modo
contradictorios: esencialidad y temporalidad. El pensamiento lógico, que se adueña de las ideas y
capta lo esencial, es una actividad destemporalizadora. Pensar lógicamente
es abolir el tiempo […] Pero al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo,
porque piensa su propia vida que no es, fuera del tiempo, absolutamente
nada.[12] Antonio Machado entiende el tiempo como algo vivo, personal; no
como concepto o abstracción. Es la duración ilimitada, la historia individual de
cada ser; que se hace, que pasa, pero que permanece en la memoria. Por eso, la
esencia de las cosas, lo que las cosas son, no radica fuera del hombre que las
contempla. El hombre recorre el camino de la vida y en él se encuentra con las
cosas del mundo, con las que identifica sus sentimientos. Desde este momento,
las asume, las hace suyas, ya forman parte indisoluble de él. De ahí, esa lucha, esa agonía resultante de la
contradicción entre no poder ser sino en el tiempo y de ser devorado por éste.
De ahí también, esa nostalgia al evocar el pasado. Y, por encima de todo esto,
la esperanza de que el poeta pueda, con su intuición creadora, intemporalizar,
eternizar en la memoria del poema, esos instantes fugaces de la propia
historia. Ahora bien, ¿cómo es posible unir estos conceptos
tradicionalmente incompatibles: esencialidad y
temporalidad? Un primer paso en la respuesta lo puede ofrecer el
poema VIII. En él se describe el canto de los niños alrededor de la
fuente; el sonido del agua acompaña una vieja canción de la
que el paso del tiempo ha ido borrando lo anecdótico de su argumento, lo
particular, dejando lo común a toda historia: el sentimiento (en este
caso, la pena), que puede ser compartido porque éste sí es universal: Yo escucho los cantos como clara el agua Es precisamente el paso del tiempo, como decíamos, lo que ha ido
borrando “la historia” (lo narrativo, lo particular humano), para dejar depurada
“la pena” (lo lírico, lo universal). Además de la fuente, otros elementos se convierten en
símbolos del tiempo: el río o la noria (el presente
fugitivo en ambos casos) o el mar (la muerte). El hombre puede ser una
simple gota en el viento que, desde que nace, ya es muerte en potencia:
“Y me detuve un momento, / en la tarde a meditar… / ¿Qué es esta gota
en el viento / que grita al mar: soy el mar?”: Hacia un ocaso radiante Bajo las ramas oscuras caer el agua se oía.
[XIII] Un nuevo elemento, que simbólicamente adquiere un
significado ajeno al habitual: la tarde, el crepúsculo, el
ocaso… Es la melancolía, la “vejez” espiritual, la tristeza, la
soledad, los recuerdos. Los adjetivos que acompañan a la tarde pueden ser
objetivamente descriptivos (clara, somnolienta…),
subjetivos (hermosa…) o claramente personificaciones que
reflejan el estado de ánimo del poeta[13]. Aunque lo habitual en la tarde es ese tono melancólico y
apesadumbrado, no falta alguna “tarde alegre y clara”, como en el
poema VII, que vimos con anterioridad al hablar de su infancia>. El poema se
escribió en marzo de 1898, con motivo del viaje a Andalucía —junto con su
hermano Manuel— en el que visitaría la casa en que transcurrió su niñez, el
palacio de las Dueñas, en cuyo patio un limonero refleja su “pálida rama
polvorienta / sobre el encanto de la fuente limpia”, mientras que en
el fondo “sueñan / los frutos de oro”. Pero dejemos el tema del sueño para más adelante… Mencionábamos anteriormente la noria al citar los
elementos que simbólicamente reflejan el paso del tiempo. El poema XLVI
(titulado precisamente así: La noria) trata este tema con cierta ironía
burlona. El comienzo es, en una lectura superficial, una descripción
realista:
La tarde caía Soñaba la mula ¿Descripción realista? La apariencia es engañosa: se trata de
una descripción profundamente impresionista. Un mismo ensueño parece envolver a
la vez el agua, la mula y al poeta. Lo inanimado parece vivo y dotado de un
ritmo propio: el día está triste, el agua canta, lo animal se personifica… La segunda parte, más reflexiva, prolonga así, sin choque, la
visión simbólica que había surgido “espontáneamente”: Yo no sé qué noble, y vendó tus
ojos, Símbolo del destino; símbolo del hombre en general, clavado a la
rueda del eterno comienzo; símbolo del artista que arranca sin tregua, de las
profundidades del inconsciente, el agua clara de sus intuiciones… esa noria
intemporal puede significar esto y, sin duda, muchas cosas más. Cartel de Pablo
Ruiz PICASSO con motivo de la Exposición-Homenaje de los artistas
españoles a Antonio MACHADO. París, 1955. Orillas del Duero [IX] lo escribió sin duda el poeta
durante su primera estancia en Soria, a principios de mayo de 1907. El comienzo
de este poema representa la más objetiva modalidad del tratamiento del
tema del paisaje, prefigurando claramente la evolución ulterior que observaremos
en Campos de Castilla. Así, se evoca un paisaje de primavera dibujado con
algunos trazos precisos: una torre, un caserón, la silueta de una cigüeña, el
vuelo chillón de las golondrinas con fondo de montañas; junto al río, se desliza
mansamente el agua; las manchas verdes y azules de los pinos se confunden con la
línea de los álamos; alguna flor añade discretamente una nota de color. Paisaje
sobrio y delicado: Se ha asomado una cigüeña a lo alto del
campanario. Sin embargo, la belleza del paisaje hace brotar un sentimiento
de fervor que se adueña del poeta, como un agradecimiento extasiado ante la
belleza del mundo, que carga el poema de emotividad: […] ¡Belleza del campo apenas florido, ¡Hermosa tierra de
España! [IX] Este tono de exclamación ferviente traduce con frecuencia en
este libro la pura emoción ante la naturaleza ofrecida a la
contemplación: ¡El jardín y la tarde tranquila!…
[XXIV] ¡Hierve y ríe el mar!…
[XLIV] …¡El limonar florido, ¡Oh tarde
luminosa! [LXXVI] “¡El sol, esta hermosura Junto al paisaje, los hombres suelen poner la nota
amarga. En un romance en el que evoca al pueblo de España [II], las hipérboles
de los cuatro primeros versos sugieren viajes que sólo fueron imaginarios: He andado muchos caminos, El resto del poema enfrenta, en una visión antitética, la
mala gente a las buenas gentes. En los primeros se reconocen a los
burgueses pretenciosos y satisfechos de sí mismos que desprecian al pueblo: En todas partes he visto A ellos opone las gentes del pueblo, alegres y modestas,
trabajadoras y humildes, cuya existencia entera está impregnada de esa paciencia
que llamamos “conformidad”: Y en todas partes he visto Soledades, galerías y otros poemas es, esencialmente, el
libro de las emociones íntimas, del dolor, de los
recuerdos, de la melancolía y de la exploración de los caminos
interiores del alma. En versos tantas veces repetidos, evoca su infancia, su
juventud… Pero no sólo aparece su biografía externa —es lo de menos— sino, sobre
todo, la espiritual. En este sentido, su poesía es ante todo un diario de su
propia alma, una vida hecha verso, que así, escrita, puede eternizarse. De esto
trata el primer poema de la serie Galerías: INTRODUCCIÓN Leyendo un claro día que una verdad divina El alma del poeta En esas galerías, el traje de una fiesta mirar de
las doradas Poetas, con el alma la nueva miel labramos y bajo el sol bruñimos El alma que no sueña, Sentimos una ola [LXI] Antonio Machado en
1913 El papel del poeta es, pues, descifrar el “misterio” que subyace
en el fondo de su alma. En este sentido, Machado es un discípulo aventajado de
Bécquer: “La poesía de Bécquer […], tan clara y transparente, donde
todo parece escrito para ser entendido, tiene su encanto, sin embargo, al margen
de la lógica. Es palabra en el tiempo, el tiempo psíquico irreversible, en el
cual nada se infiere ni se deduce[14]”, escribe en su Juan de Mairena
(1934-1936). Las galerías del alma son símbolos privilegiados de
Machado para representar y hacer ver esa parte de sí mismo en que, a sus propios
ojos, se convierte en un extraño. El diálogo que entabla con la noche en el
poema XXXVII (ya publicado en 1903) trata de descifrar otro aspecto del mismo
“misterio”: el de su propia personalidad y, especialmente, el de su
angustia. Es un debate que comienza con un tono apasionado y afectuoso,
dando por supuesta una vieja complicidad entre los interlocutores: ¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja, El poeta aparece aquí como en muchos otros poemas de este libro:
solo, desolado, errante… Pero la pregunta que hace a la noche con tanta
insistencia es equívoca, a la vez inquietud en cuanto a un posible
desdoblamiento de la personalidad e inquietud en cuanto a la autenticidad y
sinceridad de su inspiración. La noche, en su respuesta, menciona ese posible desdoblamiento:
el “tú” auténtico o el falso histrión grotesco: Me respondió la noche: Así, los dos interlocutores se escamotean mutuamente el
conocimiento del secreto que el poeta quiere en vano descifrar y que sería la
clave de su identidad. El fantasma de los sueños o el bufón grotesco encarnan
aspectos de la personalidad de Machado, del mismo modo que la noche que habla es
otro desdoblamiento de él. Aunque el secreto sigue sepultado en las tinieblas
del inconsciente, el diálogo se reanuda: Dije a la noche: Amada mentirosa, La palabra cristal podría designar la misma obra poética
o el sentimiento puro, que pretende ser inocente, sin disfraz, sin artificio:
espejo sin azogue que no puede reflejar con nitidez las imágenes del
sentimiento; recuerdos que se han ido diluyendo en el fluir del tiempo y que no
pueden ser reflejados por el espejo de la memoria. Ese secreto es, por esencia, indefinible, pero está unido al
dolor incesante (“mi dolor viejo”), a la sorda angustia cuya causa ignora
el poeta. La introspección prosigue aún en una especie de ronda vana que gira
continuamente en torno al secreto: ¡Oh! Yo no sé, dijo la noche, amado, Voz o eco: esa es la alternativa que en Machado
resume una inquietud doble, inquietud en cuanto a la autenticidad de su lirismo
y a su propia identidad[15]. Entre esas voces y ecos, la noche verá al alma
del poeta vagar en un laberinto de espejos, donde se confunde lo
auténtico con las apariencias: Para escuchar tu queja de tus labios Estos dos motivos, sueños y espejos, como los
anteriores relacionados con el tiempo, no desaparecerán jamás de la
posterior poesía machadiana. Naturalmente, estas
interrogaciones abren paso a la gran interrogación final: la
muerte: ¿Y ha de morir contigo el mundo mago Pregunta que queda sin
respuesta y que, curiosamente, sólo parecerá tenerla más adelante, en la
segunda edición de Campos de Castilla, tras la muerte de su esposa,
Leonor. Leonor Izquierdo
casi de primavera,
tibia tarde de marzo
que el hálito
de abril cercano lleva;
y estoy solo, en el patio silencioso,
buscando una
ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro,
algún
recuerdo, en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el
aire,
algún vagar de túnica ligera.
En el ambiente de la
tarde flota
y
al corazón: espera.
Ese aroma que evoca los fantasmas
de las
fragancias vírgenes y muertas.
Sí, te recuerdo, tarde alegre y
clara,
casi de primavera,
tarde sin flores, cuando me traías
el buen
perfume de la hierbabuena,
y de la buena albahaca,
que tenía mi madre en
sus macetas.
Que tú me viste hundir mis manos puras
en el
agua serena,
para alcanzar los frutos encantados
que hoy en el fondo de la
fuente sueñan…
Si, te conozco, tarde alegre y clara,
casi de
primavera.
[VII]
que habita mi usual
hipocondría.
La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente recordar
siquiera;
pero recuerdo, y recordando digo:
—Sí, yo era niño, y tú mi
compañera. [LXVII]

Mi
padre, en su despacho. —La alta frente,
la breve mosca, y el bigote
lacio—.
Mi padre, aún joven. Lee, escribe, hojea
sus
libros y medita. Se levanta;
va hacia la puerta del jardín. Pasea.
A
veces habla solo, a veces canta.
Sus grandes ojos de mirar
inquieto
ahora vagar parecen, sin objeto
donde puedan posar, en el
vacío.
Ya escapan de su ayer a su mañana;
ya miran en
el tiempo, ¡padre mío!,
piadosamente mi cabeza
cana. [CLXV-IV]
de invierno. Los
colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
[…]
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un
anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
[…] [V]


1.2.
SOLEDADES
(1903)

caminos tiene el
sueño
laberínticos, sendas tortuosas,
parques en flor y en sombra y en
silencio;
retablos de esperanzas y recuerdos.
Figurillas que pasan y
sonríen
—juguetes melancólicos de viejo—;
a la vuelta
florida del sendero,
y quimeras rosadas
que hacen camino...
lejos... [XXII]1.3.
SOLEDADES,
GALERÍAS Y OTROS POEMAS.(1907)
1.3.1. DESCRIPCIÓN DE LA OBRA

y es esta vieja
angustia
que habita mi usual hipocondría.
La causa de esta
angustia no consigo
ni vagamente recordar siquiera;
pero recuerdo, y
recordando digo:
—Sí, yo era niño, y tú mi compañera.
Y
no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y
soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin
estrella.
Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y
yerra
por los caminos, sin camino, como
niño que en la noche de una
fiesta
se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las
candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de
pena,
así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático,
poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la
niebla. [LXXVII]
Está en la sala familiar, sombría,
y entre nosotros,
el querido hermano
que en el sueño infantil de un claro día
vimos partir
hacia un país lejano.
Hoy tiene ya las sienes plateadas,
un
gris mechón sobre la angosta frente;
y la fría inquietud de sus
miradas
revela un alma casi toda ausente.
Deshójanse las copas
otoñales
del parque mustio y viejo.
La tarde, tras los húmedos
cristales,
se pinta, y en el fondo del espejo,
el rostro del
hermano se ilumina
suavemente. ¿Floridos desengaños
dorados por la tarde
que declina?
¿Ansias de nueva vida en nuevos años?
¿Lamentará
la juventud perdida?
Lejos quedó —la pobre loba— muerta.
¿La blanca
juventud nunca vivida
teme, que ha de cantar ante su
puerta?
¿Sonríe el sol de oro
de la tierra de un sueño no
encontrada;
y ve su nave hender el mar sonoro,
de viento y luz la blanca
vela hinchada?
Él ha visto las hojas otoñales,
amarillas,
rodar, las olorosas
ramas del eucalipto, los rosales
que enseñan otra vez
sus blancas rosas…
Y este dolor que añora o desconfía
el
temblor de una lágrima reprime,
y un resto de viril hipocresía
en el
semblante pálido se imprime.
Serio retrato en la pared
clarea
todavía. Nosotros divagamos.
En la tristeza del hogar golpea
el
tic-tac del reloj. Todos callamos.
[I]
1.3.2. TEMAS Y SÍMBOLOS EN
SOLEDADES…
1.3.2.1. El tiempo:

de viejas
cadencias
que los niños cantan
cuando en corro juegan,
y vierten
en coro
sus almas que sueñan,
cual vierten sus aguas
las fuentes
de piedra:
con monotonías
de risas eternas
que no son
alegres,
con lágrimas viejas
que no son amargas
y dicen
tristezas,
tristezas de amores
de antiguas leyendas.
En los labios niños,
las canciones llevan
confusa la historia
y
clara la pena;
lleva su conseja
de
viejos amores
que nunca se cuentan.
Jugando, a la sombra
de una
plaza vieja,
los niños cantaban…
La fuente de
piedra
vertía su eterno
cristal de leyenda.
Cantaban
los niños
canciones ingenuas
de un algo que pasa
y que nunca
llega:
la historia confusa
y clara la pena.
Seguía
su cuento
la fuente serena;
borrada la historia,
contaba la
pena. [VIII]
caminaba el sol de estío,
y era,
entre nubes de fuego, una trompeta gigante,
tras de los álamos verdea de las
márgenes del río.
Dentro de un olmo sonaba la sempiterna
tijera
de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,
entre metal y
madera,
que es la canción estival.
En una huerta
sombría
giraban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas
oscuras el son del agua se oía.
Era una tarde de julio, luminosa y
polvorienta.
Yo iba haciendo mi camino,
absorto en el
solitario crepúsculo campesino.
Y pensaba: “¡Hermosa tarde, nota
de la lira inmensa
toda desdén y armonía;
hermosa tarde, tú curas la pobre
melancolía
de este rincón vanidoso, oscuro rincón que
piensa!”
Pasaba el agua rizada bajo los ojos del
puente.
Lejos la ciudad dormía
como cubierta de mago fanal de oro
transparente.
Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.
Los últimos arreboles coronaban las colinas
manchadas de olivos grises y de
negruzcas encinas.
Yo caminaba cansado,
sintiendo la vieja angustia que
hace el corazón pesado.
El agua en sombra pasaba tan
melancólicamente,
bajo los arcos del puente,
como si al pasar
dijera:
“Apenas desamarrada
la pobre barca, viajero, del
árbol de la ribera,
se canta: no somos nada.
Donde acaba el pobre río la
inmensa mar nos espera.”
Bajo los ojos del puente pasaba el agua
sombría.
(Yo pensaba: ¡el alma mía!)
Y me detuve un
momento,
en la tarde a meditar…
¿Qué es esta gota en el viento
que
grita al mar: soy el mar?
Vibraba el aire asordado
por los
élitros cantores que hacen el campo sonoro,
cual si estuviera sembrado
de
campanitas de oro.
En el azul fulguraba
un lucero
diamantino.
Cálido viento soplaba
alborotando el camino.
Yo, en la tarde polvorienta,
hacia la ciudad volvía.
Sonaban los
cangilones de la noria soñolienta.
triste y
polvorienta.
El agua cantaba
su copla plebeya
en los
cangilones
de la noria lenta.
¡pobre mula vieja!,
al
compás de sombra
que en el agua suena.
La tarde
caía
triste y polvorienta. [...]
divino poeta,
unió
a la amargura
de la eterna rueda
la dulce
armonía
del agua que sueña,
¡pobre mula vieja!...
Mas sé que fue un
noble,
divino poeta,
corazón maduro
de sombra y de ciencia.
[XLVI]

1.3.2.2. El
paisaje
Girando en torno a la torre y al caserón solitario,
ya las
golondrinas chillan. Pasaron del banco invierno,
de nevascas y ventiscas los
crudos soplos de
infierno.
Es una tibia mañana.
El sol calienta un poquito la pobre tierra
soriana.
Pasados los verdes pinos,
casi azules,
primavera
se ve brotar en los finos
chopos de la carretera
y del río.
El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece, más que joven,
adolescente.
Entre las hierbas alguna flor ha nacido,
azul o
blanca. [...]
y mística
primavera!
¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la
montaña
ante la azul lejanía,
sol del día, claro día!
el cipresal del huerto,
el prado
verde, el sol, el agua, el iris!…
¡El agua en tus cabellos!…
[LXII]
de sol…![…]
[XCVI]
he abierto muchas
veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas. […]
caravanas de
tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra
negra,
y pedantones al paño
que miran, callan, y
piensan
que saben, porque no beben
el vino de las
tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la
tierra… […]
gentes que danzan o
juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de
tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde
llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y
no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben
vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que
viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo
la tierra. [II]1.3.2.3. El tema
autobiográfico: la intimidad (galerías y espejos del alma)
mis bien amados
versos,
he visto en el profundo
espejo de mis sueños
temblando está de
miedo,
y es una flor que quiere
echar su aroma al viento.
se orienta hacia el
misterio.
Sólo el poeta puede
mirar lo que está lejos
dentro del
alma, en turbio
y mago sol envuelto.
sin fondo, del
recuerdo,
donde las pobres gentes
colgaron cual trofeo
apolillado y
viejo,
allí el poeta sabe
el laborar eterno
abejas de los sueños.
atenta al hondo
cielo,
en la cruel batalla
o en el tranquilo huerto,
con los dolores
viejos,
la veste blanca y pura
pacientemente hacemos,
el fuerte arnés de
hierro.
el enemigo
espejo,
proyecta nuestra imagen
con un perfil grotesco.
de sangre, en nuestro
pecho,
que pasa... y sonreímos,
y a laborar volvemos.

que me traes el
retablo de mis sueños
siempre desierto y desolado, y sólo
con mi fantasma
dentro,
mi pobre sombra triste
sobre la estepa y bajo el sol de
fuego,
o soñando amarguras
en las voces de todos los misterios,
dime,
si sabes, vieja amada, dime
si son mías las lágrimas que vierto!
[…]
Jamás me revelaste tu
secreto.
Yo nunca supe, amado,
si eras tú ese fantasma de tu sueño,
ni
averigüé si era su voz la tuya,
o era la voz de un histrión
grotesco. […]
tú sabes mi
secreto;
tú has visto la honda gruta
donde fabrica su cristal mi
sueño,
y sabes que mis lágrimas son mías,
y sabes mi dolor, mi dolor
viejo. […]
yo no sé tu
secreto,
aunque he visto vagar ese que dices
desolado fantasma, por tu
sueño.
Yo me asomo a las almas cuando lloran
y escucho su hondo
rezo,
humilde y solitario,
ese que llamas salmo verdadero;
pero en las
hondas bóvedas del alma
no sé si el llanto es una voz o un eco.
[…]
yo te busqué en tu
sueño,
y allí te vi vagando en un borroso
laberinto de espejos.
[XXXVII]

donde guarda el
recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor
primero,
la voz que fue a tu corazón, la mano
que tú querías retener
en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo
cielo?
¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la
vieja vida en orden tuyo y nuevo?
¿Los yunques y
crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el
viento? [LXXVIII]
[1] A partir de ahora, debe tenerse en cuenta que las palabras destacadas en negrita en los textos, no lo están, evidentemente, en los originales, sino que dicha negrita sólo sirve para apoyar la explicación en que estos textos se insertan.
[2] En la numeración de los poemas, seguimos la de Manuel Alvar en su edición de las Poesías completas de Antonio Machado, en la ed. Espasa-Calpe, col. “Austral”, nº 33. Para los textos en prosa remitimos, naturalmente, al libro al que pertenecen. Para el caso de textos sueltos en prosa, todas las referencias remiten a: Antonio Machado II, Prosas completas; edición crítica a cargo de Oreste Macri, Madrid, ed. Espasa-Calpe – Fundación Antonio Machado, 1989.
Sobre la posible fecha de composición del poema Retrato, publicado por vez primera el 1 de febrero de 1908 en “El Liberal”, se ha oscilado entre los años 1906 y 1908. Más probable es la primera, si nos atenemos (como hace Manuel ALVAR en su edición de las Poesías Completas) al estudio de Heliodoro CARPINTERO publicado en “Ínsula”, 344-345, 1975.
[3] “Yo aprendí a leer en el Romancero general [se refiere a la Colección de romances antiguos] que compiló mi buen tío don Agustín Durán”, escribiría en 1917 al referirse a la decisiva influencia que en él ejerció el romancero español [v. § 1.4.4.]. Prólogo a Campos de Castilla; en Prosas completas, págs. 1593-4.
[4] Don Antonio Machado Núñez (1812-1895) fue dos veces Rector de la Universidad de Sevilla y gobernador de esta ciudad. Contribuyó a la difusión de las teorías de Darwin. Fue separado de su cátedra, junto con otros catedráticos españoles, por protestar por la destitución y detención de don Francisco Giner de los Ríos, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Central, que se había negado a acatar el decreto [26 de febrero de 1875] del gobierno de Salmerón por el que se limitaba considerablemente la libertad de cátedra. En 1876, con el gobierno liberal de Sagasta, don Antonio Machado y Núñez fue restituido en su cátedra.
[5] José Machado: Últimas soledades del poeta Antonio Machado, Ediciones de la Torre, Madrid, 1999.
[6] Manuel Tuñón de Lara: Antonio Machado, poeta del pueblo. Madrid, Taurus-Santillana, 1997.
[7] En la edición de Oreste Macri de Prosas Completas (p. 1802), se data esta nota en 1932. En otros lugares se da la fecha 1931.
[8] Prólogo a Soledades, Galerías y Otros Poemas [1917]. Prosas Completas, págs. 1952-3.
[9] Aurora de ALBORNOZ: “Miguel de Unamuno y Antonio Machado”, en “La Torre” (Revista de la Universidad de Puerto Rico), IX, 1961, pp. 157-188.
[10] V. El apartado 1.4.2. El tema de la muerte, en nuestro estudio sobre Campos de Castilla.
[11] Sobre el tema del tiempo psíquico en contraposición con el tiempo mecánico representado por el reloj véase el Poema de un día... (Campos de Castilla, CXXVIII) y nuestro apartado 2.1.6 [en II: Los temas y el lenguaje poético].
[12] De su “Poética” incluida en la Antología de poetas españoles contemporáneos que preparaba Gerardo Diego en 1931. Prosas completas, págs. 1802-3.
[13] Este último caso (el adjetivo como personificación) no se da en el poema que comentamos, pero sí en otros: “En una tarde clara y limpia como el hastío…” [XVII]; “Es una tarde cenicienta y mustia, / destartalada como el alma mía; / y es esta vieja angustia…” [LXXVII].
[14] Juan de Mairena [XLIII]; en Prosas Completas, pág 2094. V. § 1.6.2. UN NUEVO..., pág. 74.
[15] Recuérdese de nuevo el poema Retrato [XCVII], donde declara: “A distinguir me paro las voces de los ecos, / y escucho solamente, entre las voces, una”.