La Obra Poética de Antonio Machado

© José Antonio Serrano Segura, Sevilla (España) 2000

Antonio Machado: Soledades, Galerías y Otros Poemas

I. ANTONIO MACHADO Y SU TIEMPO

1. VIDA Y TRAYECTORIA POÉTICA

1.1. INFANCIA Y JUVENTUD

1.2. SOLEDADES (1903)

1.3. SOLEDADES, GALERÍAS Y OTROS POEMAS (1907)

1.3.1. DESCRIPCIÓN DE LA OBRA

1.3.2. TEMAS Y SÍMBOLOS EN SOLEDADES...

1.3.2.1. El tiempo

1.3.2.2. El paisaje

1.3.2.3. El tema autobiográfico: la intimidad (galerías y espejos del alma)

 

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Antonio Machado

Antonio Machado

I. ANTONIO MACHADO Y SU TIEMPO

Antonio Machado

1.    VIDA Y TRAYECTORIA POÉTICA

1.1.         INFANCIA Y JUVENTUD

   Mi infancia son recuerdos[1] de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi infancia, algunos casos que recordar no quiero.     [XCVII][2]

Es ya un tópico acudir a estos versos de su poema Retrato para encabezar toda biografía machadiana. Pero no quiero dejar de caer en esa tentación, porque estos versos no son sólo un apunte biográfico, sino también un paradigma del que será el tema que vertebre toda su obra, y sobre el que volveremos más adelante: el tiempo; no como abstracción, sino como fluir interior, personal, vital, que se encarna en el hombre concreto (“de carne y hueso”, que diría Miguel de Unamuno) y se convierte en parte consustancial de él a través del recuerdo (“De toda la memoria sólo vale / el don preclaro dee vocar los sueños”). Así, en el momento de escribir aquellos versos, su historia no es algo objetivo, fuera del tiempo, sino su propio ser-en-el-tiempo, por emplear el conocido término de Martin Heidegger, el Dasein, el ser-ahí.

El mismo patio y el mismo limonero que en otro poema re-cordaría (volvería a traer al corazón), porque ya forma parte de él:

   El limonero lánguido suspende
una pálida rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente limpia,
y allá en el fondo sueñan
los frutos de oro…

                        Es una tarde clara,
casi de primavera,
tibia tarde de marzo
que el hálito de abril cercano lleva;
y estoy solo, en el patio silencioso,
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro,
algún recuerdo, en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.
   En el ambiente de la tarde flota
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón: espera.
   Ese aroma que evoca los fantasmas
de las fragancias vírgenes y muertas.
   Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,
casi de primavera,
tarde sin flores, cuando me traías
el buen perfume de la hierbabuena,
y de la buena albahaca,
que tenía mi madre en sus macetas.
   Que tú me viste hundir mis manos puras
en el agua serena,
para alcanzar los frutos encantados
que hoy en el fondo de la fuente sueñan…
   Si, te conozco, tarde alegre y clara,
casi de primavera.                             [VII]

El primer recuerdo, más bien sueño, que tiene el poeta tiene de la ciudad de su infancia es anterior a su nacimiento, según cuenta en boca de su apócrifo Juan de Mairena:

Otro acontecimiento, también importante, de mi vida es anterior a mi nacimiento. Y fue que unos delfines, equivocando su camino y a favor de la marea, se habían adentrado por el Guadalquivir, llegando hasta Sevilla. De toda la ciudad acudió mucha gente, atraída por el insólito espectáculo, a la orilla del río, damitas y galanes, entre ellos los que fueron mis padres, que allí se vieron por vez primera. Fue una tarde de sol que yo he creído o he soñado recordar alguna vez. [Juan de Mairena, XLVI]

En esas mismas páginas, relata una significativa anécdota de su infancia, que adquiere la categoría de acontecimiento por la influencia que le otorga el poeta como formadora de su carácter. En el cuaderno Los Complementarios, una nota datada en “Madrid, 12 de junio de 1914” ofrece una versión más depurada:

No recuerdo bien en qué época del año se acostumbra en Sevilla a comprar a los niños cañas de azúcar, cañas dulces, que dicen mis paisanos. Mas sí recuerdo que, siendo yo niño, a mis seis o siete años, estábame una mañana de sol sentado en compañía de mi abuela, en un banco de la plaza de la Magdalena, y que tenía una caña dulce en la mano. No lejos de nosotros, pasaba otro niño con su madre. Llevaba también una caña de azúcar. Yo pensaba: la mía es mucho mayor. Recuerdo bien cuán seguro estaba yo de esto. Sin embargo, pregunté a mi abuela: ¿no es verdad que mi caña es mayor que la de ese niño? Yo no dudaba de una contestación afirmativa. Pero mi abuela no tardó en responder, con un acento de verdad y de cariño, que no olvidaré nunca: al contrario, hijo mío, la de ese niño es mucho mayor que la tuya.

Parece imposible que este trivial suceso haya tenido tanta influencia en mi vida. Todo lo que soy —bueno y malo— cuanto hay en mí de reflexión y de fracaso, lo debo al recuerdo de la caña dulce. [Los Complementarios]

La crítica ha subrayado con acierto la lección de humildad que encierran estas palabras. Esto es cierto. Pero quisiera resaltar unas palabras que quizá delimiten un aspecto de la personalidad de don Antonio, que va íntimamente ligado a dicha humildad: ese sentimiento “de reflexión y fracaso”, que aflora continuamente en su obra. La melancolía y el dolor que le acompaña desde la infancia, “la vieja angustia que hace el corazón pesado” [XIII]:

[...] y es esta vieja angustia
que habita mi usual hipocondría.
La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente recordar siquiera;
pero recuerdo, y recordando digo:
—Sí, yo era niño, y tú mi compañera.   [LXVII]

Nació, pues, en Sevilla en 1875, dentro de una familia de intelectuales liberales y progresistas por la rama paterna. Habitaban en la planta baja del célebre Palacio de las Dueñas, propiedad de la casa de Alba, que compartían con otros inquilinos. Su hermano Manuel había nacido el año anterior.

Sus padres, sus abuelos, que influyeron tan profundamente en su sensibilidad, apenas son evocados en su obra: tan sólo algunas imágenes que recuerdan a la madre, Ana Ruiz y Hernández; su tío-abuelo, Agustín Durán, miembro de la Real Academia Española y autor de una gran compilación de romances[3]; o su padre, don Antonio Machado Álvarez, “Demófilo” (1846-1893), considerado uno de los primeros folcloristas españoles, autor de una obra importante y extensa que fue, ciertamente, uno de los primeros alimentos intelectuales del futuro poeta y fuente de gran parte de su inspiración. Años más tarde lo evocaría en los siguientes versos:

 

Antonio Machado Sevilla Giralda

 

Esta luz de Sevilla… Es el palacio

donde nací, con su rumor de fuente.
Mi padre, en su despacho. —La alta frente,
la breve mosca, y el bigote lacio—.
   Mi padre, aún joven. Lee, escribe, hojea
sus libros y medita. Se levanta;
va hacia la puerta del jardín. Pasea.
A veces habla solo, a veces canta.
   Sus grandes ojos de mirar inquieto
ahora vagar parecen, sin objeto
donde puedan posar, en el vacío.
   Ya escapan de su ayer a su mañana;
ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,
piadosamente mi cabeza cana.       [CLXV-IV]

A los cinco años, Antonio entró, junto con Manuel, en el colegio de don Antonio Sánchez, en Sevilla. La silueta del viejo maestro revive quizá en el célebre poema Recuerdo infantil:

   Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales. […]
   Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano. […]    [V]

En 1883, la familia se traslada a Madrid. Su abuelo, Antonio Machado y Núñez acaba de ser nombrado profesor de la Universidad Central en esa ciudad[4]. Su hermano José recordaría: “…tenía Antonio Machado ocho años. Pero, a pesar de sus pocos años, ya traía en su espíritu lo esencial que constituiría, con el tiempo, su originalidad personal. Ya brillará inextinguida esa luz de su tierra […], así como todas aquellas primeras impresiones de la infancia, que toda una vida no logrará borrar en él”[5].

Es ahora cuando interviene la segunda gran influencia que iba a marcar, también de modo indeleble, la personalidad del poeta: la de la Institución Libre de Enseñanza, que había fundado don Francisco Giner de los Ríos, desde tiempo atrás amigo personal de su padre. La Institución desempeñará un papel fundamental en la vida del poeta. Podemos decir que su formación ética y hasta ciertas modalidades de su inteligencia y sensibilidad son típicamente institucionistas.

 

Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, donde estudió Antonio Machado

Francisco Giner de los Ríos

Creada por Francisco Giner de los Ríos, la Institución Libre de Enseñanza se fundó en 1876. La familia de Antonio Machado tenía amistad con algunas de las principales figuras de la Institución: Francisco Giner de los Ríos, Manuel Bartolomé Cossío y Joaquín Costa. El jefe de estudios y profesor de psicología y geografía era José de Caso, a quien Antonio Machado recordará también con afecto.

La enseñanza impartida en esta célebre escuela, con un gran deseo de libertad y renovación pedagógica, insistía sobre los puntos siguientes: diálogo e intimidad familiar entre profesores y alumnos; apertura a las culturas extranjeras, especialmente la francesa y la inglesa; práctica de la educación física y los deportes —entonces inexistente en los colegios y escuelas españoles—; despertar al amor a la naturaleza (más tarde recordaría Antonio Machado que su amor al paisaje y a la naturaleza lo había aprendido en la Institución), con frecuentes excursiones a la sierra de Guadarrama, donde la Institución poseía un chalé para la práctica de los deportes de invierno; la enseñanza era, en fin, mixta, contra la costumbre absolutamente general en esa época en España. Existía también la preocupación de conceder un lugar a las artes, especialmente a la música y al dibujo; a las visitas a los museos, fábricas y centros artesanales o científicos; Y, por último, pero lo más importante, una intención común animaba a todos los miembros de aquella corporación: convertir a la Institución en un centro de cultura social y política, a fin de renovar las mentalidades para fomentar un nuevo porvenir en España. Se comprende así, que la Institución fuera considerada en su tiempo el mejor centro educativo de España, y, aún hoy, siga transmitiendo su ejemplo.

Además de los rudimentos de cultura intelectual y del profundo amor a la Naturaleza que adquirió allí, la Institución inició a Antonio Machado en el aprendizaje de valores morales muy característicos del espíritu institucionista: tolerancia, respeto al trabajo, gusto por cierta austeridad en el modo de vida, ideal reformista y patriótico, rechazo de todo dogmatismo, sentido del diálogo y de la igualdad entre los hombres, amor a la verdad... valores que serán todos claves en la obra y en la vida del poeta.

En 1888 surge la afición al teatro en Antonio Machado. Desde ese año, los hermanos Antonio y Manuel acuden a las representaciones del Teatro Español, cuyo director y primer actor es Rafael Calvo, amigo del padre. Conocen allí a los hijos del actor, del mayor de los cuales, Ricardo, se hacen inseparables amigos. Al grupo se une Antonio Zayas. Antonio Machado llegará a intervenir, así como su hermano, en pequeños papeles. Frecuenta la vida bohemia, los salones, los museos, las tertulias, los cafés… Pronto comenzarían a escribir versos. Todos, excepto Antonio; o, al menos, no los mostraba. Solían reunirse en el Café Fornos a hablar de teatro, literatura, política, toros... Allí tenía su tertulia el poeta Enrique Paradas, editor de un semanario satírico, La Caricatura. En él, en 1893, publicará Antonio sus primeros escritos: artículos costumbristas, escritos en una prosa coloquial y ligera. Antonio firmaba con el seudónimo “Cabellera” y Manuel con “Polilla”; los escritos en colaboración los firmaban como “Tablante de Ricamonte”. También acuden a la tertulia, más “seria”, que don Eduardo Benot (lingüista, ministro de la Primera república, antiguo profesor de los hermanos en la Institución) tenía en su casa. En la Biblioteca Nacional, también con su hermano Manuel, realiza interminables sesiones de lectura. Los estudios... poco a poco.

Pero 1893 es también el año de la muerte del padre.  Muerte prematura, a los cuarenta y seis años. Antonio Machado Álvarez había seguido publicando sus estudios de folclore y artículos para el periódico La Justicia, que salía bajo la inspiración de don Nicolás Salmerón. Pero, aunque esa actividad le otorgaba prestigio, no era suficiente para el sustento familiar. Buscando mejor fortuna, consigue el puesto de registrador de la propiedad, que ha de ejercer en Puerto Rico. Espera ganar el suficiente dinero como para poder regresar pronto a España. Sin embargo, al poco de llegar a la isla enferma gravemente de tuberculosis. Uno de sus cuñados, marino, acude para traerlo con la familia; pero, al llegar a Sevilla, su estado se agrava. Su mujer, Ana Ruiz, acudirá a su lado, pero muere a los pocos días.

Dos años más tarde muere el abuelo, don Antonio Machado y Núñez. La abuela, doña Cipriana, y la madre, deciden trasladarse, del número 98 de la calle Fuencarral pasan al más modesto del 148 de la misma calle. La situación económica de la familia se ha hecho muy delicada. En 1895, Antonio Machado tiene veinte años. Sus estudios sufren muchas interrupciones: Antonio no terminará el Bachillerato hasta septiembre de 1900. Su hermano Manuel, sin embargo, viajará ese año de 1895 a Sevilla a estudiar la carrera de Filosofía y Letras, que culminará con brillantez. Allí se hace novio de su prima Eulalia Cáceres. Antonio trabaja en tareas lexicográficas para don Eduardo Benot. Ayuda así a la maltrecha economía familiar.

En 1897, Manuel Machado regresa a Madrid. Vuelve a unirse el grupo formado por los dos hermanos, Ricardo Calvo y Manuel Zayas. Se reanudan las tertulias, los paseos, las charlas sobre teatro... Pero a la antigua bohemia sucede ahora una inquietud más seria por la literatura y la necesidad de trabajar para ayudar a la familia. Antonio empezó a preparar unas oposiciones a empleado del Banco de España, pero lo deja pronto: ni le gusta la contabilidad, ni su caligrafía era la apropiada para lo que se esperaba entonces de un empleado de banca.

En la primavera de 1898 los hermanos Antonio y Manuel Machado viajan a Sevilla. La vuelta a los escenarios de la niñez —la ciudad y su luz, el palacio de las Dueñas, con su “huerto donde madura el limonero” y su “rumor de fuente”— inspirarán al poeta nuevos versos, como los que componen el poema VII, citado arriba, que no se publicaría hasta 1900.

Estamos en la época en que el Modernismo hace su deslumbrante aparición con Azul (1888) y Prosas profanas (1896), de Rubén Darío. Toda una estética nueva acaba de surgir. De 1895 es En torno al casticismo de Unamuno que, junto al Idearium español (1897) de Ángel Ganivet, inaugura una nueva manera de plantear el problema candente de España. Por aquellos años conoció a escritores como Salvador Rueda, Valle-Inclán, Francisco Villaespesa...

Los primeros poemas de Antonio Machado son de 1898, año del “Desastre”. Así, esta fecha es para él doblemente significativa: de una parte, señala su entrada en la poesía por la vía del simbolismo y del modernismo; de otra, y sin saberlo él, esta fecha de 1898 provocará la eclosión de nuevos valores morales y estéticos a los que más tarde Machado se adherirá de modo, aunque tardío, irresistible.

Patio del Palacio de las Dueñas, donde nació Antonio Machado

Patio del palacio de las Dueñas, en Sevilla, donde vivió el poeta en su niñez.

 

 

 

Manuel Tuñón de Lara, en Antonio Machado, poeta del pueblo, describe así la circunstancias:

«Son tiempos tormentosos, y los hermanos Machado lo saben; lo han oído en casa de Benot, de labios de éste o de Pí y Margall. Se lo han oído a don Francisco Giner o a don Rafael María de Labra. Hace tres años que dura ya la guerra en Cuba, esa guerra en que los gobernantes, ya conservadores o ya liberales, declaran estar dispuestos a gastar, según frase de Sagasta “hasta el último hombre y la última peseta “. Arrastra esa guerra, sin que los métodos de terror de Weyler hayan servido para gran cosa, y las impresiones confidenciales de su sustituto en el mando, general Blanco, transmitidas a Sagasta a primeros de año, son francamente pesimistas. Antonio y Manuel, que no son nada insensibles a los acontecimientos, han seguido con inquietud la extraña explosión del Maine en el puerto de La Habana y la agravación de la tensión entre España y Estados Unidos. Ahora, en plena Feria sevillana, estalla la noticia de que McKinley, en su mensaje al Congreso del 11 de abril, ha amenazado con la intervención inmediata en Cuba. El 21 de abril la guerra con los Estados Unidos era un hecho. Gran parte de la opinión, todavía adormecida, creía fácil gritar “iA Nueva York! “, cuando en verdad, esa guerra estaba perdida desde hacía tiempo. En mayo de 1897, cuando Sagasta era todavía jefe de la oposición y gobernaba Cánovas, aquél declaraba:

Después de haber enviado 200.000 hombres y de haberse derramado tanta sangre, no somos dueños en Cuba de más terreno que el que pisan nuestros soldados.

Antonio oye, primero en Sevilla, luego en Madrid, las charangas fáciles que entonan La marcha de Cádiz, las declaraciones jactanciosas de quienes amenazan ya con sentar sus reales en Washington, pero se quedan en casa mientras en los pantanos de Cuba mueren o enferman los jóvenes que no tuvieron dinero suficiente para redimirse del servicio militar.

El 11 de mayo de 1898, los buques de la Escuadra española en Filipinas se hacen acribillar y hundir por los cañones norteamericanos con estoicismo en el que se mezclan las tradiciones del Cid y de Don Quijote. Dos meses después, el 3 de julio, los marinos españoles van del mismo modo a la muerte en Santiago de Cuba.

Todo ha terminado. No hay barcos (¿los había, en realidad, después de Trafalgar?). No hay colonias. No hay Imperio. El sueño se acabará en París, el día 10 de diciembre, al firmar Montero Ríos, en nombre de España, la renuncia a Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Carolinas, Marianas y Palaos. A España entera le llegaba el cruel despertar de un obstinado sueño colonial.

A esto se ha llamado el noventa y ocho. Era el punto máximo de la crisis del Estado y de una manera de concebir la vida. Los viejos valores se habían hundido, al hundirse la flota en aguas del Pacífico y del Caribe. Hay, entonces, en España una auténtica situación de crisis. Sin colonias, sin dinero o casi, arrastrando el peso de viejas estructuras y de no menos viejos mitos, había que plantar cara al presente y al porvenir. Resultaba inevitable el acto de repensar España.

¿Qué crisis era aquella? En primer lugar, crisis del sistema, como totalidad; no había Imperio ni sus restos. En segundo lugar, crisis económica; no había esos mercados ni esas fuentes de fácil beneficio. En tercer lugar, crisis política; ambos partidos turnantes salían maltrechos por su pesada responsabilidad en el desastre. Yen cuarto lugar, crisis social; la industrialización aumentaba el peso específico de la clase obrera, y la organización de ésta alcanzaba la toma de conciencia. Pero también los industriales catalanes, los jefes de empresa del norte tomaban su conciencia “en sí”.

Alborea el último año del siglo a las pocas semanas de la derrota. Madrid parece, sin embargo, indiferente, cuando las gentes deambulan por la calle de Alcalá, van a la “tercera de Apolo“ o a los toros. Tres meses después de firmarse el Tratado de París, Silvela forma nuevo Gobierno, con Fernández Villaverde en Hacienda. El Tesoro está al borde de la quiebra. Quiebra hay, sin duda, de la España tradicional de nobles y caciques, de elecciones fabricadas por el “encasillado“ de la Puerta del Sol, de los falsos valores expresados en latiguillos de pasadas grandezas.

Se imponía una revisión y un baño de verdad, de autenticidad. Del seno de aquella sociedad española, que aún soñaba en las glorias del imperio, surge ya un Unamuno que quiere bañar España en el pueblo y en Europa, defensor de los hombres sencillos que hacen todos los días, sin saberlo, la “intrahistoria”. Un Joaquín Costa proclama que hay que cerrar con tres llaves el sepulcro del Cid y atender a las necesidades de la hora. Y también se proyectan sobre el panorama español las corrientes renovadoras de los Pí, Salmerón, Giner, de los escritores como Galdós y Clarín, de un mundo intelectual en cuyo seno había crecido Antonio Machado.

En fin, por aquel entonces van a surgir unos muchachos que se llaman Pío Baroja, Valle-Inclán, Martínez Ruiz (todavía no es Azorín), Antonio y Manuel Machado...

Sin embargo, en la existencia de Antonio tiene lugar, antes de su inserción verdadera en el medio intelectual de la época, lo que podría llamarse el intermedio de París. Cuando Martínez Ruiz escribe en El País, Baroja —de vuelta de la medicina— alterna el cuidado de la panadería de su tío con las críticas teatrales en El Globo, Valle-Inclán publica Epitalamio, y Ramiro de Maeztu empieza a colaborar en La Correspondencia de España, los hermanos Machado emprenden su primer viaje a París con ánimo de abrirse un camino que, en el orden de las necesidades perentorias, se presentaba muy cerrado en España[6]

En 1899 y en 1902 se producen dos acontecimientos capitales en su vida: sus viajes a París, donde ya se encontraba su hermano Manuel. Él mismo resume así su primera estancia en la capital francesa:

De Madrid a París a los veinticuatro años (1899). París era todavía la ciudad del ‘affaire Dreyfus’ en política, del simbolismo en poesía, del impresionismo en pintura, del escepticismo en crítica. Conocí personalmente a Oscar Wilde y a Jean Moréas. La gran figura literaria, el gran consagrado era Anatole France.[7]

En este primer viaje a París los hermanos trabajan para la editorial Garnier como traductores. Por aquella casa acuden escritores como Gómez Carrillo, Alejandro Sawa, Amado Nervo. Conocen a Pío Baroja. Fugazmente  a Oscar Wilde. No llegan a tratar personalmente en este primer viaje a París a Rubén Darío, pero el nicaragüense es ya el gran maestro.

Vuelve a Madrid al término del verano de 1899. De nuevo, los amigos Ricardo Calvo y Antonio de Zayas. También Valle-Inclán, Unamuno, Azorín, Benavente... El 30 de enero de 1901 se estrena Electra, de Benito Pérez Galdós. El escándalo que el drama galdosiano provoca en la derecha “bienpensante” y la reacción de los jóvenes escritores da lugar a la aparición de la revista Electra, cuyo primer número sale a la calle el 16 de marzo, en la que todos colaboran.

En 1902 Manuel y Antonio Machado vuelven a París. Es entonces cuando Antonio conocerá a Rubén Darío. Antonio le muestra los poemas que escribía para su primer libro., quien los elogia con su adjetivo favorito. ¡admirable! Desde entonces, les unirá una sincera amistad y mutua admiración.

A la vuelta de París, conoce personalmente a Juan Ramón Jiménez (el primer viaje a Madrid del poeta de Moguer había coincidido con el primer viaje de Machado a París), de quien ha leído y admirado su primer libro, Ninfeas. La admiración en este caso era también recíproca y se consolidó (con algún altibajo no muy aclarado) en el tiempo. Estos contactos personales y la lectura de los simbolistas, junto con Rubén Darío y los románticos Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro, son las principales influencias que se aprecian en los poemas que publicó en diversas revistas literarias durante estos años y que recopiló en su primer libro: Soledades (1903).

1.2.         SOLEDADES (1903)

A primeros de agosto de 1902, Antonio Machado regresa a Madrid; y, a finales de enero de 1903, aparece la primera edición de Soledades. Se trata tan sólo de una breve recopilación, pero inaugura, sin saberlo su autor, una gran carrera literaria.

Colabora por entonces en la gran revista modernista “Helios”, dirigida por Juan Ramón Jiménez, así como en “Alma Española”, “La Revista Ibérica”, “El País” y “La República de las Letras”.

Antonio Machado: Soledades

    Es en “La Revista Ibérica” donde publica sus Soledades. Sobre este su primer libro escribiría en 1917:

Las composiciones de este primer libro, publicado en enero de 1903, fueron escritas entre 1899 y 1902. Por aquellos años, Rubén Darío, combatido hasta el escarnio por la crítica al uso, era el ídolo de una selecta minoría. Yo también admiraba […] al maestro de la forma y de la sensación, que más tarde nos reveló la hondura de su alma. […] Pero yo pretendí […] seguir camino bien distinto. Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto del mundo. Y aun pensaba que el hombre puede sorprender algunas palabras de un íntimo diálogo, distinguiendo la voz viva de los ecos inertes; que puede también, mirando hacia dentro, vislumbrar las ideas cordiales, los universales del sentimiento.[8]

Buscaba, pues, Machado una poesía centrada en el análisis del yo, no en su anécdota, sino en cuanto poseedor de sentimientos; porque creía, como los simbolistas, que el sentimiento es lo más personal y, al mismo tiempo, universal que el hombre posee, pues con él pueden comulgar otros hombres. La realidad sólo interesaba en cuanto podía producir esos sentimientos o, sobre todo, ofrecer material para construir símbolos. Aurora de Albornoz ha explicado con precisión los rasgos más característicos de este libro, destacando el intimismo y negando al tiempo que Soledades pueda incluirse en la tendencia evasiva del modernismo:

A pesar de los lugares comunes producto de la influencia modernista, hay ya ciertas notas de “intimismo” que lo sitúan dentro de la realidad. De la realidad soñada, naturalmente. No se trata de un libro que se cree un “mundo fantástico”, alejado del real intencionadamente, sino de un mundo íntimo, tan profundamente íntimo, tan profundamente temporal que alcanza por ello la universalidad y la eternidad.[9]

Todo en Soledades es una búsqueda de sí mismo en el tiempo (recordamos: su tiempo), en el amor o en la muerte, en el sueño o en un Dios soñado “entre la niebla”. Se aleja así Machado, insistimos, de la evasión de la realidad hacia mundos artificialmente embellecidos que había caracterizado a parte del modernismo. Es cierto que en algunos poemas se encuentran lugares comunes producto de la influencia modernista, pero predomina un intimismo que sitúan al poeta dentro de la realidad, de una realidad frecuentemente soñada o evocada, de marcado acento temporal. Es, sin embargo, éste un camino destinado en parte al fracaso: de ahí el dolor, la tristeza, la angustia o la resignada melancolía que impregnan sentimentalmente la obra. Porque el poeta nunca llega a deslindar una nítida imagen de sí mismo; nunca encuentra su razón de ser, ni aun a través del diálogo consigo mismo (“Converso con el hombre que siempre va conmigo” dirá en el conocido Retrato que encabeza Campos de Castilla, aunque escrito en la época de Soledades) o del diálogo —monólogo desdoblado, más bien— con elementos de la naturaleza: la noche o una mañana de primavera, con la fuente, con una tarde a veces clara, a veces melancólica, incluso “horrible”... Incluso, la preferencia de ciertas imágenes modernistas y simbolistas (los jardines sombríos, el ocaso, el otoño...) no es sino un camino hacia la fusión íntima con el paisaje, hacia la creación de un paisaje emocional. La personificación del paisaje es una constante de la poesía simbolista y lo será siempre en Machado.

La tantas veces subrayada temporalidad de la poesía machadiana explica la temprana aparición de los símbolos preferidos del poeta en relación con el tiempo: el agua que corre, el camino... los momentos del día o las estaciones del año... los espejos, criptas, galerías del sueño... Todos los elementos poéticos en analogía con el tema del tiempo y la consecuente introspección se unen difusamente en el espíritu del poeta como un acorde que define temáticamente toda su obra. Acorde cuya nota más característica es la conciencia del tiempo e, inevitablemente, de la muerte.

Sobre la tierra amarga,
caminos tiene el sueño
laberínticos, sendas tortuosas,
parques en flor y en sombra y en silencio;

Criptas hondas, escalas sobre estrellas;
retablos de esperanzas y recuerdos.
Figurillas que pasan y sonríen
—juguetes melancólicos de viejo—;

imágenes amigas,
a la vuelta florida del sendero,
y quimeras rosadas
que hacen camino... lejos...         [XXII]

Todos estos temas los veremos desarrollados en el siguiente apartado, en el que el libro, modificado su título, depurado de algunos poemas que el poeta consideraba imperfectos, adquiere una mejor coherencia.

1.3.         SOLEDADES, GALERÍAS Y OTROS POEMAS.(1907)

1.3.1. DESCRIPCIÓN DE LA OBRA

Tras el éxito de Soledades, Antonio Machado sigue publicando en las revistas de la época artículos y nuevos poemas. Pero ni la buena acogida del libro ni las colaboraciones son suficientes para vivir de la literatura. La situación económica familiar no era, como sabemos, muy boyante. Es hora de buscar un medio de sustento. Los años de 1904 a 1906 son los del abandono paulatino de la vida bohemia, la reelaboración de Soledades, y la consolidación de su amistad con Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío y Valle-Inclán. También de estos años arranca su amistad y relación epistolar con Unamuno, que se hará cada vez más intensa con el paso de los años. En 1905, se une al manifiesto en que los jóvenes escritores expresan su rechazo al Premio Nobel de Literatura concedido el año anterior a don José Echegaray: «Parte de la prensa inicia la idea de un homenaje a don José Echegaray y abriga la representación de toda la intelectualidad española. Nosotros, con derecho a ser incluidos en ella —sin discutir ahora la personalidad literaria de don José Echegaray— hacemos constar que nuestros ideales artísticos son otros, y nuestras admiraciones muy distintas».

Antonio Machado: Soledades. Galerías. Otros Poemas

Aconsejado por su maestro Giner de los Ríos, Antonio Machado comienza en 1906 a preparar las oposiciones a cátedra de lengua Francesa de institutos de segunda enseñanza. Comenzaron en ese año las oposiciones, pero el tribunal decide interrumpirlas con la llegada del verano y no se reanudarán hasta enero de 1907. Finalmente, el tribunal concede una de las plazas a Antonio Machado, que elige Soria como destino.

En 1907 las novedades destacables de su biografía son la obtención por oposición de la cátedra de Lengua Francesa y su traslado a Soria, adonde llega a, ya bien avanzado el curso, el 4 de mayo. Soria es una capital pequeña, de apenas siete mil habitantes. Se instaló en la pensión que don Isidro Martínez y doña Regina Cuevas tenían en la calle del Collado. Apenas permanece tres días, los necesarios para tomar posesión de la cátedra y para un primer conocimiento de la ciudad. Situada a más de dos mil metros de altitud, sobre dos colinas, a la orilla del Duero, rodeada de árboles —álamos, olmos…—, con sus casas de color rojizo, es una ciudad de aspecto austero y recogido. Una fortaleza en ruinas —hoy rehabilitada como Parador Nacional— sobre una de las colinas domina las pequeñas calles, bordeadas de casas de piedra labrada, muchas de ellas antiguas casas señoriales. Bellos monumentos dan a la ciudad gran valor artístico. Abajo, siguiendo la orilla del río, un camino umbroso va desde San Polo a la ermita de San Saturio, patrono de la ciudad. En la misma orilla, una corona de cipreses rodea la vieja iglesia de los Templarios.

Esta primera visita motivará el primer poema de tema soriano, Orillas del Duero. Se trata, como veremos más adelante, de una descripción en la que no falta la emotividad ante la contemplación del paisaje

Tras tomar posesión de la cátedra, vuelve a Madrid, donde, durante el verano, puede revisar de cerca la edición de sus Soledades, Galerías, Otros Poemas por la revista “Renacimiento”, que dirige el matrimonio Martínez Sierra.

Vuelve a Soria en octubre y se instala en la misma pensión. De las amistades hechas en aquellos años, cabe destacar la de José María Palacio, redactor del periódico local “Tierra Soriana”, en cuyas páginas colaboró el poeta, tanto con artículos como con poemas. A Palacio dedicaría, años más tarde, desde Baeza, uno de sus más bellos poemas[10]. En diciembre, los dueños de la pensión deciden cerrarla y el poeta se traslada a la que regentan don Ceferino Izquierdo y doña Isabel Cuevas, hermana de doña Regina. Con el matrimonio viven sus tres hijos. La mayor, Leonor, apenas tiene por entonces trece años. Según algunos testimonios, no tardó en enamorarse de ella, aunque no se decidió hasta que estuvo seguro o adivinó que podía corresponderle. Después de muchas dudas y vacilaciones, comunicó a su madre, doña Ana, el amor que sentía por Leonor, y su deseo de casarse con ella. Con el visto bueno de los padres comenzaría el noviazgo a fines de 1908 o comienzos de 1909. El 30 de julio de 1909 se celebró la boda en la iglesia de Nuestra Señora la mayor, de Soria. La ceremonia, con el paseo hasta la iglesia, la curiosidad de los vecinos e, incluso, algún incidente (quizá una “típica” cencerrada), fueron un suplicio para el poeta, de natural poco amigo de exhibicionismos.

Los años que transcurrieron hasta la muerte de Leonor (el 1 de agosto de 1912) fueron, seguramente, los únicos verdaderamente dichosos en la vida del poeta. En una carta dirigida muchos años después desde Segovia a don Pedro Chico, que habitó en la misma casa soriana, escribe: «Si la felicidad es algo posible y real —lo que a veces pienso— yo la identificaría mentalmente con los años de mi vida en Soria y con el amor de mi mujer, cuyo recuerdo constituye el fondo más sólido de mi espíritu».

Pero volvamos a su obra.

De los cuarenta y dos poemas que componían Soledades, veintinueve (algunos corregidos) pasan al nuevo libro, y se añaden sesenta y seis nuevos, hasta un total de noventa y cinco, divididos en tres secciones: Soledades (subsecciones: ”Del camino”, ”Canciones” y “Humorismos, Fantasías, Apuntes”), Galerías y Varia.

El libro de 1907 representa el perfeccionamiento de la estética cuidadosamente forjada en el de 1903. Esta plenitud se alcanza, especialmente, en la sección Galerías, mientras que en “Humorismos…” y Varia los poemas, de inferior calidad, van abriendo el camino del “realismo” u “objetivismo”, de mirada a lo exterior, que se desarrollaría tan magníficamente en libros posteriores.

Los nuevos poemas insisten en los temas anteriormente citados (dolor, angustia, soledad, recuerdo…). El poeta se interna por las galerías del alma en busca de su íntima realidad, de la razón de su ser y de su angustia. Una “vieja angustia”, constante en toda su obra, que ya aparecía en los poemas de la anterior edición:

   Es una tarde cenicienta y mustia,

destartalada como el alma mía;
y es esta vieja angustia
que habita mi usual hipocondría.
   La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente recordar siquiera;
pero recuerdo, y recordando digo:
—Sí, yo era niño, y tú mi compañera.

                        *
   Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
  Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos, sin camino, como
niño que en la noche de una fiesta
   se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de pena,
  así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla.      [LXXVII]

Es llamativo, y muy significativo, que el poema que abre el libro centre su atención en el tiempo personal, interno, en la reflexión sobre el propio vivir, en contraposición al tiempo mecánico —no humano— del tic-tac del reloj[11]

            EL VIAJERO
  Está en la sala familiar, sombría,
y entre nosotros, el querido hermano
que en el sueño infantil de un claro día
vimos partir hacia un país lejano.
  Hoy tiene ya las sienes plateadas,
un gris mechón sobre la angosta frente;
y la fría inquietud de sus miradas
revela un alma casi toda ausente.
  Deshójanse las copas otoñales 
del parque mustio y viejo.
La tarde, tras los húmedos cristales,
se pinta, y en el fondo del espejo,
  el rostro del hermano se ilumina
suavemente. ¿Floridos desengaños
dorados por la tarde que declina?
¿Ansias de nueva vida en nuevos años?
  ¿Lamentará la juventud perdida?
Lejos quedó —la pobre loba— muerta.
¿La blanca juventud nunca vivida
teme, que ha de cantar ante su puerta?
  ¿Sonríe el sol de oro
de la tierra de un sueño no encontrada;
y ve su nave hender el mar sonoro,
de viento y luz la blanca vela hinchada?
  Él ha visto las hojas otoñales,
amarillas, rodar, las olorosas
ramas del eucalipto, los rosales
que enseñan otra vez sus blancas rosas…
  Y este dolor que añora o desconfía
el temblor de una lágrima reprime,
y un resto de viril hipocresía
en el semblante pálido se imprime.
  Serio retrato en la pared clarea
todavía. Nosotros divagamos.
En la tristeza del hogar golpea
el tic-tac del reloj. Todos callamos.                 [I]

Esta revisión del libro inicial permite considerarlo ya obra cerrada, pues las modificaciones que todavía haría en 1917 (fundamentalmente de puntuación, sustitución de algunas palabras por otras y el rescate de un poema de la edición de 1903, que había desaparecido en 1907, hasta sumar un total de noventa y seis) no son sustanciales.

1.3.2. TEMAS Y SÍMBOLOS EN SOLEDADES…

1.3.2.1. El tiempo:

Es el tema por excelencia, no sólo de este libro, sino de toda su obra, ya que todos los demás están subordinados a él. Si todo conocimiento es inseguro, lo que sí sabe el hombre de sí mismo es su existencia, su ser en el tiempo, entre los límites del nacer y el morir:

Pienso, como en los años de modernismo literario (los de mi juventud) que la poesía es la palabra esencial en el tiempo. La poesía moderna […] viene siendo hasta nuestros días la historia del gran problema que al poeta plantean estos dos imperativos, en cierto modo contradictorios: esencialidad y temporalidad.

El pensamiento lógico, que se adueña de las ideas y capta lo esencial, es una actividad destemporalizadora. Pensar lógicamente  es abolir el tiempo […] Pero al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo, porque piensa su propia vida que no es, fuera del tiempo, absolutamente nada.[12]

Antonio Machado entiende el tiempo como algo vivo, personal; no como concepto o abstracción. Es la duración ilimitada, la historia individual de cada ser; que se hace, que pasa, pero que permanece en la memoria. Por eso, la esencia de las cosas, lo que las cosas son, no radica fuera del hombre que las contempla. El hombre recorre el camino de la vida y en él se encuentra con las cosas del mundo, con las que identifica sus sentimientos. Desde este momento, las asume, las hace suyas, ya forman parte indisoluble de él.

De ahí, esa lucha, esa agonía resultante de la contradicción entre no poder ser sino en el tiempo y de ser devorado por éste. De ahí también, esa nostalgia al evocar el pasado. Y, por encima de todo esto, la esperanza de que el poeta pueda, con su intuición creadora, intemporalizar, eternizar en la memoria del poema, esos instantes fugaces de la propia historia.

Ahora bien, ¿cómo es posible unir estos conceptos tradicionalmente incompatibles: esencialidad y temporalidad? Un primer paso en la respuesta lo puede ofrecer el poema VIII. En él se describe el canto de los niños alrededor de la fuente; el sonido del agua acompaña una vieja canción de la que el paso del tiempo ha ido borrando lo anecdótico de su argumento, lo particular, dejando lo común a toda historia: el sentimiento (en este caso, la pena), que puede ser compartido porque éste sí es universal:

 

Antonio Machado

 

Yo escucho los cantos
de viejas cadencias
que los niños cantan
cuando en corro juegan,
y vierten en coro
sus almas que sueñan,
cual vierten sus aguas
las fuentes de piedra:
con monotonías
de risas eternas
que no son alegres,
con lágrimas viejas
que no son amargas
y dicen tristezas,
tristezas de amores
de antiguas leyendas.
   En los labios niños,
las canciones llevan
confusa la historia
y clara la pena;
 

como clara el agua
lleva su conseja
de viejos amores
que nunca se cuentan.
Jugando, a la sombra
de una plaza vieja,
los niños cantaban…
   La fuente de piedra
vertía su eterno
cristal de leyenda.
   Cantaban los niños
canciones ingenuas
de un algo que pasa
y que nunca llega:
la historia confusa
y clara la pena.
   Seguía su cuento
la fuente serena;
borrada la historia,
contaba la pena.             [VIII]

Es precisamente el paso del tiempo, como decíamos, lo que ha ido borrando “la historia” (lo narrativo, lo particular humano), para dejar depurada “la pena” (lo lírico, lo universal).

Además de la fuente, otros elementos se convierten en símbolos del tiempo: el río o la noria (el presente fugitivo en ambos casos) o el mar (la muerte). El hombre puede ser una simple gota en el viento que, desde que nace, ya es muerte en potencia: “Y me detuve un momento, / en la tarde a meditar… / ¿Qué es esta gota en el viento / que grita al mar: soy el mar?”:

Hacia un ocaso radiante
caminaba el sol de estío,
y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,
tras de los álamos verdea de las márgenes del río.
   Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera
de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,
entre metal y madera,
que es la canción estival.
   En una huerta sombría
giraban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas oscuras el son del agua se oía.
Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta.
   Yo iba haciendo mi camino,
absorto en el solitario crepúsculo campesino.
   Y pensaba: “¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa
toda desdén y armonía;
hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía
de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa!”
   Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.
Lejos la ciudad dormía
como cubierta de mago fanal de oro transparente.
Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.
   Los últimos arreboles coronaban las colinas
manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.
Yo caminaba cansado,
sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.
   El agua en sombra pasaba tan melancólicamente,
bajo los arcos del puente,
como si al pasar dijera:
   “Apenas desamarrada
la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,
se canta: no somos nada.
Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera.”
   Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría.
(Yo pensaba: ¡el alma mía!)
   Y me detuve un momento,
en la tarde a meditar…
¿Qué es esta gota en el viento
que grita al mar: soy el mar?
   Vibraba el aire asordado
por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,
cual si estuviera sembrado
de campanitas de oro.
   En el azul fulguraba
un lucero diamantino.
Cálido viento soplaba
alborotando el camino.
   Yo, en la tarde polvorienta,
hacia la ciudad volvía.
Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.

Bajo las ramas oscuras caer el agua se oía.                 [XIII]

Un nuevo elemento, que simbólicamente adquiere un significado ajeno al habitual: la tarde, el crepúsculo, el ocaso… Es la melancolía, la “vejez” espiritual, la tristeza, la soledad, los recuerdos. Los adjetivos que acompañan a la tarde pueden ser objetivamente descriptivos (clara, somnolienta…), subjetivos (hermosa…) o claramente personificaciones que reflejan el estado de ánimo del poeta[13].

Aunque lo habitual en la tarde es ese tono melancólico y apesadumbrado, no falta alguna “tarde alegre y clara”, como en el poema VII, que vimos con anterioridad al hablar de su infancia>. El poema se escribió en marzo de 1898, con motivo del viaje a Andalucía —junto con su hermano Manuel— en el que visitaría la casa en que transcurrió su niñez, el palacio de las Dueñas, en cuyo patio un limonero refleja su “­pálida rama polvorienta / sobre el encanto de la fuente limpia”, mientras que en el fondo “sueñan / los frutos de oro”.

Pero dejemos el tema del sueño para más adelante…

Mencionábamos anteriormente la noria al citar los elementos que simbólicamente reflejan el paso del tiempo. El poema XLVI (titulado precisamente así: La noria) trata este tema con cierta ironía burlona. El comienzo es, en una lectura superficial, una descripción realista:

LA NORIA

  La tarde caía
triste y polvorienta.
  El agua cantaba
su copla plebeya
en los cangilones
de la noria lenta.

        

  Soñaba la mula
¡pobre mula vieja!,
al compás de sombra
que en el agua suena.
  La tarde caía
triste y polvorienta. [...]

¿Descripción realista? La apariencia es engañosa: se trata de una descripción profundamente impresionista. Un mismo ensueño parece envolver a la vez el agua, la mula y al poeta. Lo inanimado parece vivo y dotado de un ritmo propio: el día está triste, el agua canta, lo animal se personifica…

La segunda parte, más reflexiva, prolonga así, sin choque, la visión simbólica que había surgido “espontáneamente”:

  Yo no sé qué noble,
divino poeta,
unió a la amargura
de la eterna rueda
   la dulce armonía
del agua que sueña,

        

y vendó tus ojos,
¡pobre mula vieja!...
   Mas sé que fue un noble,
divino poeta,
corazón maduro
de sombra y de ciencia. [XLVI]

Símbolo del destino; símbolo del hombre en general, clavado a la rueda del eterno comienzo; símbolo del artista que arranca sin tregua, de las profundidades del inconsciente, el agua clara de sus intuiciones… esa noria intemporal puede significar esto y, sin duda, muchas cosas más.

 

Antonio Machado: Cartel de Pablo R. Picasso para el Homenaje realizado en París en 1955

Cartel de Pablo Ruiz PICASSO con motivo de la Exposición-Homenaje de los artistas españoles a Antonio MACHADO. París, 1955.

 

1.3.2.2. El paisaje

Orillas del Duero [IX] lo escribió sin duda el poeta durante su primera estancia en Soria, a principios de mayo de 1907. El comienzo de este poema representa la más objetiva modalidad del tratamiento del tema del paisaje, prefigurando claramente la evolución ulterior que observaremos en Campos de Castilla. Así, se evoca un paisaje de primavera dibujado con algunos trazos precisos: una torre, un caserón, la silueta de una cigüeña, el vuelo chillón de las golondrinas con fondo de montañas; junto al río, se desliza mansamente el agua; las manchas verdes y azules de los pinos se confunden con la línea de los álamos; alguna flor añade discretamente una nota de color. Paisaje sobrio y delicado:

Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.
Girando en torno a la torre y al caserón solitario,
ya las golondrinas chillan. Pasaron del banco invierno,
de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.
                      Es una tibia mañana.
El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.
   Pasados los verdes pinos,
casi azules, primavera
se ve brotar en los finos
chopos de la carretera
y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece, más que joven, adolescente.
  Entre las hierbas alguna flor ha nacido,
azul o blanca. [...]

Sin embargo, la belleza del paisaje hace brotar un sentimiento de fervor que se adueña del poeta, como un agradecimiento extasiado ante la belleza del mundo, que carga el poema de emotividad:

[…] ¡Belleza del campo apenas florido,
y mística primavera!
¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante la azul lejanía,
sol del día, claro día!

¡Hermosa tierra de España!        [IX]

Este tono de exclamación ferviente traduce con frecuencia en este libro la pura emoción ante la naturaleza ofrecida a la contemplación:

¡El jardín y la tarde tranquila!…     [XXIV]

 

¡Hierve y ríe el mar!…                 [XLIV]

 

…¡El limonar florido,
el cipresal del huerto,
el prado verde, el sol, el agua, el iris!…
¡El agua en tus cabellos!…                  [LXII]

 

¡Oh tarde luminosa!        [LXXVI]

 

“¡El sol, esta hermosura
de sol…![…]                    [XCVI]

Junto al paisaje, los hombres suelen poner la nota amarga. En un romance en el que evoca al pueblo de España [II], las hipérboles de los cuatro primeros versos sugieren viajes que sólo fueron imaginarios:

He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas. […]

El resto del poema enfrenta, en una visión antitética, la mala gente a las buenas gentes. En los primeros se reconocen a los burgueses pretenciosos y satisfechos de sí mismos que desprecian al pueblo:

En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
   y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
   Mala gente que camina
y va apestando la tierra…   […]

A ellos opone las gentes del pueblo, alegres y modestas, trabajadoras y humildes, cuya existencia entera está impregnada de esa paciencia que llamamos “conformidad”:

Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
   Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
   y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
   Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.          [II]

1.3.2.3. El tema autobiográfico: la intimidad (galerías y espejos del alma)

Soledades, galerías y otros poemas es, esencialmente, el libro de las emociones íntimas, del dolor, de los recuerdos, de la melancolía y de la exploración de los caminos interiores del alma.

En versos tantas veces repetidos, evoca su infancia, su juventud… Pero no sólo aparece su biografía externa —es lo de menos— sino, sobre todo, la espiritual. En este sentido, su poesía es ante todo un diario de su propia alma, una vida hecha verso, que así, escrita, puede eternizarse. De esto trata el primer poema de la serie Galerías:

INTRODUCCIÓN

 

  Leyendo un claro día
mis bien amados versos,
he visto en el profundo
espejo de mis sueños

  que una verdad divina
temblando está de miedo,
y es una flor que quiere
echar su aroma al viento.

  El alma del poeta
se orienta hacia el misterio.
Sólo el poeta puede
mirar lo que está lejos
dentro del alma, en turbio
y mago sol envuelto.

  En esas galerías,
sin fondo, del recuerdo,
donde las pobres gentes
colgaron cual trofeo

  el traje de una fiesta
apolillado y viejo,
allí el poeta sabe
el laborar eterno

mirar de las doradas
abejas de los sueños.

  Poetas, con el alma
atenta al hondo cielo,
en la cruel batalla
o en el tranquilo huerto,

  la nueva miel labramos
con los dolores viejos,
la veste blanca y pura
pacientemente hacemos,

  y bajo el sol bruñimos
el fuerte arnés de hierro.

  El alma que no sueña,
el enemigo espejo,
proyecta nuestra imagen
con un perfil grotesco.

  Sentimos una ola
de sangre, en nuestro pecho,
que pasa... y sonreímos,
y a laborar volvemos.

[LXI]

 

Antonio Machado en 1913

 

 

 

El papel del poeta es, pues, descifrar el “misterio” que subyace en el fondo de su alma. En este sentido, Machado es un discípulo aventajado de Bécquer: “La poesía de Bécquer […], tan clara y transparente, donde todo parece escrito para ser entendido, tiene su encanto, sin embargo, al margen de la lógica. Es palabra en el tiempo, el tiempo psíquico irreversible, en el cual nada se infiere ni se deduce[14]”, escribe en su Juan de Mairena (1934-1936).

Las galerías del alma son símbolos privilegiados de Machado para representar y hacer ver esa parte de sí mismo en que, a sus propios ojos, se convierte en un extraño. El diálogo que entabla con la noche en el poema XXXVII (ya publicado en 1903) trata de descifrar otro aspecto del mismo “misterio”: el de su propia personalidad y, especialmente, el de su angustia. Es un debate que comienza con un tono apasionado y afectuoso, dando por supuesta una vieja complicidad entre los interlocutores:

¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja,
que me traes el retablo de mis sueños
siempre desierto y desolado, y sólo
con mi fantasma dentro,
mi pobre sombra triste
sobre la estepa y bajo el sol de fuego,
o soñando amarguras
en las voces de todos los misterios,
dime, si sabes, vieja amada, dime
si son mías las lágrimas que vierto!   […]

El poeta aparece aquí como en muchos otros poemas de este libro: solo, desolado, errante… Pero la pregunta que hace a la noche con tanta insistencia es equívoca, a la vez inquietud en cuanto a un posible desdoblamiento de la personalidad e inquietud en cuanto a la autenticidad y sinceridad de su inspiración.

La noche, en su respuesta, menciona ese posible desdoblamiento: el “tú” auténtico o el falso histrión grotesco:

Me respondió la noche:
Jamás me revelaste tu secreto.
Yo nunca supe, amado,
si eras tú ese fantasma de tu sueño,
ni averigüé si era su voz la tuya,
o era la voz de un histrión grotesco.   […]

Así, los dos interlocutores se escamotean mutuamente el conocimiento del secreto que el poeta quiere en vano descifrar y que sería la clave de su identidad. El fantasma de los sueños o el bufón grotesco encarnan aspectos de la personalidad de Machado, del mismo modo que la noche que habla es otro desdoblamiento de él. Aunque el secreto sigue sepultado en las tinieblas del inconsciente, el diálogo se reanuda:

Dije a la noche: Amada mentirosa,
tú sabes mi secreto;
tú has visto la honda gruta
donde fabrica su cristal mi sueño,
y sabes que mis lágrimas son mías,
y sabes mi dolor, mi dolor viejo.  […]

La palabra cristal podría designar la misma obra poética o el sentimiento puro, que pretende ser inocente, sin disfraz, sin artificio: espejo sin azogue que no puede reflejar con nitidez las imágenes del sentimiento; recuerdos que se han ido diluyendo en el fluir del tiempo y que no pueden ser reflejados por el espejo de la memoria.

Ese secreto es, por esencia, indefinible, pero está unido al dolor incesante (“mi dolor viejo”), a la sorda angustia cuya causa ignora el poeta. La introspección prosigue aún en una especie de ronda vana que gira continuamente en torno al secreto:

¡Oh! Yo no sé, dijo la noche, amado,
yo no sé tu secreto,
aunque he visto vagar ese que dices
desolado fantasma, por tu sueño.
Yo me asomo a las almas cuando lloran
y escucho su hondo rezo,
humilde y solitario,
ese que llamas salmo verdadero;
pero en las hondas bóvedas del alma
no sé si el llanto es una voz o un eco.   […]

Voz o eco: esa es la alternativa que en Machado resume una inquietud doble, inquietud en cuanto a la autenticidad de su lirismo y a su propia identidad[15]. Entre esas voces y ecos, la noche verá al alma del poeta vagar en un laberinto de espejos, donde se confunde lo auténtico con las apariencias:

Para escuchar tu queja de tus labios
yo te busqué en tu sueño,
y allí te vi vagando en un borroso
laberinto de espejos.                           [XXXVII]

Estos dos motivos, sueños y espejos, como los anteriores relacionados con el tiempo, no desaparecerán jamás de la posterior poesía machadiana.

 

Leonor Izquierdo Cuevas, esposa de Antonio Machado

 

Naturalmente, estas interrogaciones abren paso a la gran interrogación final: la muerte:

¿Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor primero,
la voz que fue a tu corazón, la mano
que tú querías retener en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo?
   ¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la vieja vida en orden tuyo y nuevo?
   ¿Los yunques y crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el viento?       [LXXVIII]

Pregunta que queda sin respuesta y que, curiosamente, sólo parecerá tenerla más adelante, en la segunda edición de Campos de Castilla, tras la muerte de su esposa, Leonor.

 

Leonor Izquierdo

 

 

 

 

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Antonio 
  Machado




[1] A partir de ahora, debe tenerse en cuenta que las palabras destacadas en negrita en los textos, no lo están, evidentemente, en los originales, sino que dicha negrita sólo sirve para apoyar la explicación en que estos textos se insertan.


[2] En la numeración de los poemas, seguimos la de Manuel Alvar en su edición de las Poesías completas de Antonio Machado, en la ed. Espasa-Calpe, col. “Austral”, nº 33. Para los textos en prosa remitimos, naturalmente, al libro al que pertenecen. Para el caso de textos sueltos en prosa, todas las referencias remiten a: Antonio Machado II, Prosas completas; edición crítica a cargo de Oreste Macri, Madrid, ed. Espasa-Calpe – Fundación Antonio Machado, 1989.

Sobre la posible fecha de composición del poema Retrato, publicado por vez primera el 1 de febrero de 1908 en “El Liberal”, se ha oscilado entre los años 1906 y 1908. Más probable es la primera, si nos atenemos (como hace Manuel ALVAR en su edición de las Poesías Completas) al estudio de Heliodoro CARPINTERO publicado en “Ínsula”, 344-345, 1975.


[3] “Yo aprendí a leer en el Romancero general [se refiere a la Colección de romances antiguos] que compiló mi buen tío don Agustín Durán”, escribiría en 1917 al referirse a la decisiva influencia que en él ejerció el romancero español [v. § 1.4.4.]. Prólogo a Campos de Castilla; en Prosas completas, págs. 1593-4.


[4] Don Antonio Machado Núñez (1812-1895) fue dos veces Rector de la Universidad de Sevilla y gobernador de esta ciudad. Contribuyó a la difusión de las teorías de Darwin. Fue separado de su cátedra, junto con otros catedráticos españoles, por protestar por la destitución y detención de don Francisco Giner de los Ríos, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Central, que se había negado a acatar el decreto [26 de febrero de 1875] del gobierno de Salmerón por el que se limitaba considerablemente la libertad de cátedra. En 1876, con el gobierno liberal de Sagasta, don Antonio Machado y Núñez fue restituido en su cátedra.


[5] José Machado: Últimas soledades del poeta Antonio Machado, Ediciones de la Torre, Madrid, 1999.


[6] Manuel Tuñón de Lara: Antonio Machado, poeta del pueblo. Madrid, Taurus-Santillana, 1997.


[7] En la edición de Oreste Macri de Prosas Completas (p. 1802), se data esta nota en 1932. En otros lugares se da la fecha 1931.


[8] Prólogo a Soledades, Galerías y Otros Poemas [1917]. Prosas Completas, págs. 1952-3.


[9] Aurora de ALBORNOZ: “Miguel de Unamuno y Antonio Machado”, en “La Torre (Revista de la Universidad de Puerto Rico), IX, 1961, pp. 157-188.


[10] V. El apartado 1.4.2. El tema de la muerte, en nuestro estudio sobre Campos de Castilla.


[11] Sobre el tema del tiempo psíquico en contraposición con el tiempo mecánico representado por el reloj véase el Poema de un día... (Campos de Castilla, CXXVIII) y nuestro apartado 2.1.6 [en II: Los temas y el lenguaje poético].


[12] De su “Poética” incluida en la Antología de poetas españoles contemporáneos que preparaba Gerardo Diego en 1931. Prosas completas, págs. 1802-3.


[13] Este último caso (el adjetivo como personificación) no se da en el poema que comentamos, pero sí en otros: “En una tarde clara y limpia como el hastío…” [XVII]; “Es una tarde cenicienta y mustia, / destartalada como el alma mía; / y es esta vieja angustia…” [LXXVII].


[14] Juan de Mairena [XLIII]; en Prosas Completas, pág 2094. V. § 1.6.2. UN NUEVO..., pág. 74.


[15] Recuérdese de nuevo el poema Retrato [XCVII], donde declara: “A distinguir me paro las voces de los ecos, / y escucho solamente, entre las voces, una”.