Biografía de Miguel Hernández

Firma de Miguel Hernández

   © José Antonio Serrano Segura

Miguel Hernández, por Gregorio Prieto

Infancia: 1910-1925

Casa natal de Miguel Hernández

en la calle San Juan

Fotografía familiar

Placa en la casa natal

Miguel Hernández

a los cuatro años

Miguel Hernández Gilabert nació de Orihuela el domingo 30 de octubre de 1910. Era hijo de Miguel Hernández Sánchez y de Concepción Gilabert Giner (Concheta). El padre era guarda jurado y, sobre todo, se dedicaba a la crianza y pastoreo de ganado. También era tratante de ganado, a través de su hermano Francisco, el tío «Corro», que residía en Barcelona. La madre se ocupaba de la casa. A la familia la apodaban «Visenterre». El matrimonio tuvo siete hijos, de los que sólo sobrevivieron cuatro: Vicente (1906), Elvira (1908), Miguel (1910) y Encarnación (1917). Miguel fue bautizado en la parroquia de El Salvador con los nombres de Miguel Domingo, posiblemente por dos razones, una que nació en domingo y otra es que el cura Domingo Aparicio tenía la costumbre de ponerle su nombre a cuantos bautizaba. En el Registro civil consta en la Sección 1º, Tomo 60, folio 188. Había nacido en calle San Juan, nº 80, otros autores dicen que en el nº 82, y otros en el nº 72.

A los cuatro años se trasladó con la familia a la calle Arriba, (hoy Miguel Hernández), 73. Allí se encuentra ahora su Casa Museo.

Alumno de preescolar, a los cuatro años y medio comienza sus estudios en el colegio privado de “Nuestra Señora de de Monsarrete”,luego su padre consigue que le admitan a los ocho años en las Escuelas del “Ave María”, anexas al Colegio Santo Domingo, antigua Universidad Literaria, de la Compañía de Jesús, bajo la tutela del seglar granadino don Ignacio Gutiérrez Tienda, porque dependía también de los jesuitas para niños pobres. Iba al colegio y también trabajaba en cuidar el ganado junto a su hermano Vicente, aprende a ordeñar y las particularidades de este oficio. A la edad de nueve años se inicia el aprendizaje escolar de Miguel.

El joven Miguel destacó en los estudios por su despierta inteligencia, llamó la atención de los jesuitas, y, como era de su costumbre seleccionar a los niños que creían idóneos para pertenecer a la Orden de Jesús, con trece años le acogieron en el Colegio de Santo Domingo, donde también estudiaba Ramón Sijé, junto a los hijos de las clases acomodadas con una beca para que siguiera la carrera eclesiástica, donde según la tesis doctoral de Odón Betanzos, estudió: Gramática, Aritmética, Geografía y Religión, aunque destacó en Gramática y Religión. Tuvo también un profesor particular y luego en el mismo colegio asistía a las clases gratuitas para obtener el bachiller. En marzo de 1925, a los dos años de haber ingresado en el Colegio, y próximo a cumplir los quince años de edad,su padre lo necesitaba como cabrero y lo puso a trabajar como repartidor de leche. Los jesuitas propusieron al padre ingresar a Miguel en dicha Orden, pero éste no quiso desprenderse de su hijo, quizá para seguir en sus negocios ganaderos, puesto que solamente tenía dos varones para proseguir el negocio, algo que la mentalidad de la época no se consideraba oficio para las mujeres.

A la muerte del tío Francisco, el tío «Corro», hermano del padre, en Barcelona, comenzó Miguel como repartidor de leche. A partir de los catorce años y medio es cuando se dedica activamente al pastoreo. Es por esto que el padre le sacó de Santo Domingo con catorce años y medio, pues lo necesitaba para repartir la leche y para ayudar al pastor del rebaño familiar, que era su hermano mayor Vicente. Pese a todo, él aprovecha sus horas de pastoreo en la sierra para seguir estudiando.

Miguel se convierte en un asiduo visitante de la biblioteca de Luis Almarcha, sacerdote y canónigo de la catedral oriolana, que pone a disposición del joven poeta libros de San Juan de la Cruz, Gabriel Miró, Gabriel y Galán, Zorrilla, Rubén Darío, Paul Verlaine y Virgilio entre otros. A partir de este momento, los libros serán su principal fuente de educación, convirtiéndose en una persona totalmente autodidacta. Los grandes autores del Siglo de Oro: Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega y, sobre todo, Luis de Góngora, se convertirán en sus principales maestros. Luis Almarcha no sólo es capital en su formación sino también, pero en sentido opuesto, como veremos, en las circunstancias de su muerte.

Es preciso detenernos aquí, para dar cuenta de que en esa época el analfabetismo era del 70 % en la población española, por ello los hijos de los jornaleros no iban a la escuela. Esto lo cambió la II República que consideró la cultura como un bien necesario, y culpó a la Iglesia del retraso de la enseñanza en España. De esta “culpa” ya habían nacido la Institución Libre de Enseñanza, creada en 1876 por un grupo de catedráticos (Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Teodoro Sainz Rueda y Nicolás Salmerón, entre otros), la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia, a los que consideraban anarquistas, las Misiones Pedagógicas, las Milicias Culturales en los frentes guerra… Si tenemos en cuanta la situación de los demás niños jornaleros de su entorno social y rural, Miguel fue un niño privilegiado, porque fue a la escuela hasta los quince años, lo que supuso para él, además de su inteligencia innata, unos conocimientos que no estaban al alcance de cualquiera.

En esta etapa también se siente atraído por el teatro. Lee con avidez la colección teatral “La Farsa” y junto con otros amigos forman un grupo teatral. Miguel representa diversos papeles en actuaciones realizadas en la Casa del Pueblo y en el Círculo Católico.

Se ha dudado de su pobreza. Su padre no era un pastor sino un ganadero, que enviaba ganado de casi toda la zona de Orihuela a Barcelona en ferrocarril a su hermano Francisco «Corro». La escolarización de Miguel era algo, sin embargo, a la que no todos los niños de su época podían aspirar. Su padre era un modesto contratante de ganado al que no le iban mal los negocios. El mito del poeta cabrero le vino muy bien en sus viajes a la Corte. El primero en alentar este mito fue José María Ballesteros en un artículo titulado «Pastores poetas». Este aspecto de campesino y de niño maltratado, humilde pastor con su morena tez de hombre de campo, puro y verdadero, conferían más mérito a su labor, si cabe, a sus inicios poéticos, no exentos de calidad y elaboración, bajo la dirección de Ramón Sijé y sus amigos de Orihuela, católicos practicantes y con la fructífera lectura de los clásicos españoles y otros libros religiosos. No obstante, pretendió mostrarse bajo el halo de «la bendición de los dioses, homéridas y musas». Se le conocía como una persona risueña y sencilla, de ojos saltones y vivos, su amigo Efrén Fenoll le llamó: «el ángel de la poesía».

Llegados a este punto, debemos aclarar algunos aspectos de la relación de Miguel Hernández con su familia. Quizá las circunstancias de su muerte y el silencio a que se vieron sometidas su vida y gran parte de su obra durante los nefastos años del régimen totalitaro franquista han creado una figura casi mítica que no siempre se corresponde con la verdad histórica. Esto es natural, puesto que sirvió de contrapeso a ese duro silencio. Pero el mito, que no necesita la gran persona ni el gran poeta que fue, se rodea de adornos que pueden conllevar menosprecio hacia otras personas. Recientemente, su sobrina-nieta Mar Campelo matiza algunas de estas facetas de su vida familiar:

Carta de la sobrina-nieta de Miguel Hernández:

Me crié oyendo día tras día las historias que me contaba mi abuela Elvira, en un intento inconsciente de transmitirme un legado sobre su hermano más querido: Miguel Hernández. No hablaba del poeta, ni del mito o del militante político; hablaba del Miguel que ella trajo conocía: el ser humano. Evidentemente, los datos que conozco son de origen oral, pero ¿qué documentos escritos poseen los biógrafos o seudobiógrafos que corroboren sus afirmaciones sobre la vida familiar, la que transcurría de puertas adentro?

Así que recogió el testigo que de paso mi abuela para puntualizar algunos datos [...]

Miguel Hernández terminó el bachiller elemental en el colegio de Santo Domingo, titulación muy por encima de la habitual en los hijos de las familias de clase media de una ciudad de provincias de la época. Para un Padre entonces, escuchar a su hijo que se quería dedicar a la poesía debió de parecerle un despropósito, así que le dijo que buscara un empleo y que hiciera lo que quisiera de su tiempo libre. El mismo le buscó su primer empleo como dependiente en una tienda de tejidos y cuando, unos días después, lo vio por la calle cargando una pieza de tela, le conminó a dejarlo, pues no le parecía apropiado para su hijo. Así que Miguel le pidió que le permitiera cuidar las cabras; al padre no le hizo mucha gracia, pues ya tenía suficiente trabajadores dedicados a ese menester y no veía claras las dotes del hijo como cabrero, pero consintió.

La infancia de Miguel Hernández no fue desgraciada ni “falta de afectos”; tenía una familia que lo quería y que, cuando se fue a Madrid, lo ayudó económicamente, dentro de sus posibilidades; su madre y su hermana siempre lo apoyaron, y el padre (de carácter autoritario pero nunca violento) “ hacía como que no se enteraba”. En su segundo viaje a Madrid vivió con su hermana Elvira y cuando estuvo preso en el reformatorio de Alicante, Elvira iba a visitarlo (casi siempre acompañada por Josefina) toda las veces que se lo permitían. Todos ellos, padres y hermanos, lloraron su pérdida durante el resto de su vida. Comprendo que da mucho juego literario ese niño maltratado y repudiado por su familia, pero creo que el primer requisito que se debe imponer un biógrafo es el rigor.

Miguel Hernández se compró su conocido traje de pana como un símbolo, para dar más credibilidad a su personaje del “poeta cabrero”. Si hubiera sabido las consecuencias que iba a ocasionar ese traje su familia, a quien tanto quería (le pese a quien le pese), es probable que se le hubiera pensado dos veces. Pero Miguel Hernández era así: espontáneo, pasional, un espíritu libre; y por eso nos dejó esa obra única, tan personal [...]

Mar Campelo Moreno. Sobrina-nieta de Miguel Hernández.

El País Semanal, 21 de marzo de 2010.

 

En el Colegio de Santo Domingo,
el último a la derecha de la fila superior

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Primeras publicaciones: 1925-1931

Miguel Hernández empieza a escribir poesías, aproximadamente, hacia 1925. Su principal fuente de inspiración es el entorno en el que vive: la huerta, su patio, la montaña, las cabras, el pastoreo, el río, etc. Miguel aprovecha cualquier ocasión para escribir. Incluso tiene que esconderse de su padre, a quien le molesta esa afición poética de su hijo.

Algunos diarios de la provincia comenzaron a publicar sus primeros poemas. Gracias a su amistad con su vecino y poeta Jesús Poveda y con Carlos Fenoll (1912-1972), «el poeta panadero» que es quien en realidad le descubrió y le facilitó su primera publicación en el semanario El Pueblo de Orihuela, administrado por Eladio Belda, quien le vendió a plazos una máquina de escribir usada (una “Corona” por 300 pesetas), puesto que estaba cansado de ir a casa de su amigo el vicario Luis Almarcha que le prestaba una “Alder”. El primer poema que aparece publicado en dicho semanario es el titulado “Pastoril” (Junto al río transparente /que el astro rubio colora / y riza el aura naciente / llora Leda la pastora...).

El poeta a los 14 ó 15 años

Tras esta aparición pública del joven poeta se irán prodigando sus colaboraciones en la prensa local y, posteriormente, en la provincial. Así, sus poemas van apareciendo en Voluntad, Actualidad, El Día, Destellos, La Verdad, etc. Se trata, en estos primeros ensayos creativos, de una poesía mimética en la que el joven Miguel va buscando su propia identidad a través de todas las lecturas que está realizando en esos momentos.

La mayor parte de estos poemas adolescentes están compuestos en arte menor combinando romancillos, octosílabos, heptasílabos, etc., con bastante destreza.

Se forma el llamado “Grupo de Orihuela”, como fruto de la amistad entre Carlos Fenoll, Miguel Hernández y José Ramón Marín Gutiérrez (que posteriormente adopta el seudónimo “Ramón Sijé” y a cuya muerte Hernández dedicará después una de sus obras más conocidas: la “Elegía...”). Sus inquietudes literarias les animan a reunirse periódicamente en la tahona propiedad del padre de Carlos Fenoll. Cada uno compagina su trabajo o sus estudios con estas aficiones literarias, por lo que tienen que celebrar las reuniones al acabar la jornada. Asisten a la tertulia de la tahona de Jesús Poveda, o en lo que se ha quedado en llamar «veladas en la tahona». Aunque Ramón Pérez Álvarez, insiste en sus artículos Hacia Miguel... que la tertulia nunca existió y que Carlos Fenoll mintió para ganar prestigio, esta tertulia, velada, o como se le quiera llamar, existió porque en ella se crea La Farsa, representaciones de teatro entre amigos, y a la que se incorporó más tarde Paco Díe, Ramón Pérez, Manuel Molina, Adolfo Lizón y Gabriel Sijé. Y de ella nació el cuadernillo de poesía Silbo, del que se imprimieron tan sólo 2 números. Carlos Fenoll dice se reunían en la panadería, y que también iba Ramón Sijé, a partir de 1932, para cortejar a su hermana Josefina. Ramón Sijé es por aquel entonces un joven y leído estudiante de Derecho en la Universidad de Murcia, que le encamina en sus lecturas, le conduce hacia los clásicos y la poesía religiosa, le corrige los textos y le anima para que no ceje en su actividad creadora. Ramón Sijé, es seudónimo que unos dicen tomó el nombre posiblemente del de Juan Ramón Jiménez, puesto que era el poeta de más prestigio en su tiempo, y el apellido de la etimología del griego psitjé (alma)—. Otra versión ingeniosa y seguramente más acertada es la de Manuel-Roberto Leonís, que en una conferencia sobre Miguel Hernández propone que el nombre Ramón Sijé sería un anagrama o emblema entresacado de las letras de su nombre y primer apellido:

josé marín

ramón sijé

Ramón Sijé

(José Ramón Marín Gutiérrez)

A los 21 años fue declarado excedente de cupo para realizar el servicio militar, lo que le causó gran disgusto, e incluso reclamó en la caja de reclutas de Alicante. Miguel fue nombrado Presidente fundador de las Juventudes Socialistas, gracias a su amigo Augusto Pescador Sarget, desde agosto de 1931 hasta su primer viaje a Madrid. Su valiente deseo de huir de Orihuela y del yugo de su padre, quedó frustrado. No obstante, su deseo de gloria poética y valentía, le animaron a emanciparse, porque ya con 21 años, según el Código Civil de su tiempo, era mayor de edad. Recaudó dinero de sus amigos, entre ellos de Juan Benllod, recomendaciones que buscó del abogado y ex-alcalde y diputado en Cortes José Martínez Arenas, a través de Ramón Sijé, para Concha Albornoz. También escribió una carta lastimera y llena de falsa modestia a Juan Ramón Jiménez, a Madrid, para que le recibiera, y éste ni le contestó. A Miguel Hernández se le reconoce ser autor de unas 500 cartas.

Conoce a la que será su esposa, Josefina Manresa Marhuenda. Nacida en Quesada (Jaén) el 2 de enero de 1916, llega a Orihuela en 1927, adonde es destinado su padre, natural de Cox (Alicante) y guardia civil de profesión. Josefina es la mayor de una familia compuesta por cinco hermanos. A los 11 años empieza a ir al colegio en Orihuela, abandonándolo un año después. Desde los trece hasta los quince años trabajará en una fábrica de seda para pasar, posteriormente, a diferentes talleres de costura, oficio que desempeñaría durante toda su vida.

La descripción física de Josefina la hace el propio Miguel en una de sus cartas:

«Tus señas particulares son: pelo largo, hecho un puro anillo y negro, negro como un rincón de noche, su piel pálida y graciosa, su boca demuestra una mujer de mucha voluntad y es fina y bien recortada, su nariz copiada de Venus y sus ojos profundos y pensativos y guapos en medio de dos cejas como dos puñaladas de carbón fino».

Josefina Manresa

En 1933, Orihuela es una sociedad caracterizada por sus relaciones personales. En este contexto, Josefina conoce al poeta Miguel Hernández. Un día, al salir de su trabajo, en una notaría de Orihuela, conoce a la joven andaluza Josefina Manresa, y se enamora de ella. Ésta, en unas declaraciones para la revista Triunfo, declara: «Había visto a Miguel sin saber quién era, dos años antes de pretenderme, cuando aún no había hecho su primer viaje a Madrid».

Más tarde, en el taller de costura de la calle de San Juan —la calle donde él nació—, compraron un día Estampa donde publicaban un artículo dedicado a Miguel. «Recuerdo que se armó un gran revuelo y que las compañeras decían: “Viene el poético de la calle Arriba”. Me explicaron que era pastor y un muchacho muy listo».

El primer encuentro entre ambos lo narrará la propia Josefina en sus Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández. En este mismo año formalizan la relación y el noviazgo lo vivirán según las costumbres tradicionales de Orihuela.

Realizó múltiples viajes a Madrid. Su primer viaje a finales de 1931 duró cuatro meses y medio, pues al no encontrar el apoyo que esperaba, regresa a Orihuela muy abatido y decepcionado. En este su primer viaje sufrió grandes penalidades, hambre y el desprecio de cuantos le conocieron, puesto que nadie lo quería en su círculo de amistades por el aspecto de campesino que tenía y la falta de recursos. Sus poemas juveniles no fueron suficiente aval. No dejó de escribir a su amigo Sijé para que le buscara dinero, para regresar a Orihuela porque se iba a morir de penalidades en Madrid. De regreso, en la estación de Alcázar de San Juan fue detenido por la guardia civil y estuvo en el calabozo por falsa identidad, ya que había perdido su cédula de identificación.

A pesar de todo, esa fue su tarjeta de presentación. El 22 de febrero de 1932 la revista madrileña Estampa publicó a toda página un reportaje firmado por F.M.C., iniciales de Francisco Martínez Corbalán. Se titulaba “Dos jóvenes escritores levantinos. El cabrero poeta y el muchacho dramaturgo”. De Miguel Hernández, que contaba veintiún años, se reproducían dos fotos. En una, hecha en la misma revista según refirió a Ramón Sijé, posaba de pie, con corbata y abrigo. La mano derecha en el bolsillo del pantalón y la izquierda sosteniendo una carpeta clara. La otra foto la facilitó él al director. En ella se le vía en trance de pastor, a campo abierto, junto a su rebaño. El autor del reportaje registró su timidez —”llega azorado y encogido”— cuando le reclamó los papeles que portaba.

—Yo… —vacila el joven orcelitano.

—Ya, ya comprendo —trata de tranquilizarle el redactor—. Usted trae una informacioncita. Y ahora siente cortedad. ¿No es eso?

Pero Miguel Hernández le aclara que no es eso precisamente. Y duda un poco antes de confesar cuál es el contenido de sus cuartillas, misterio que descubre con una frase que fue un resumen de sí mismo.

—Yo… En fin: yo soy poeta.

En octubre de 1932 participa en Orihuela en un homenaje a Gabriel Miró a raíz del cual conoce a los poetas cartageneros Antonio Oliver, Carmen Conde, y a María Cegarra, con la que mantuvo afectuosa correspondencia, y que fue la posiblemente destinataria, como veremos, de algunos poemas de El rayo que no cesa. Se coloca en la tienda del padre de Sijé. Vuelve a escribir, tras el frustrante primer viaje de aprendizaje.

Perito en lunas, su primer libro, es el más complejo para los lectores de Hernández: enigmático, hermético. No es fácil entenderlo, debido a que fue un ejercicio en el que puso a prueba su capacidad para concebir metáforas no siempre comprensibles. Por su dificultad, apenas se parece a sus nítidas y emocionales composiciones posteriores.

Se sabe que su estancia en Madrid desde diciembre de 1931 a mayo de 1932 le sirvió para trabar contacto con los poetas del 27. La influencia de este viaje se tradujo en su decisión de homenajear a Góngora. Hernández quiso hacer un tributo tardío a Góngora, tal como ya lo hicieran los de la generación del 27, en el III Centenario de la muerte del cordobés en el Ateneo de Sevilla, puesto que deseaba ser incluido en ese grupo de poetas intelectuales. Así, por ejemplo, le mandó un ejemplar a Gerardo Diego, quien en 1949 escribirá en Mundo Hispánico: «Otro gran poeta, cuya muerte lloramos porque su poesía se hallaba todavía en proceso de crecimiento...». Y de ahí el misterioso Perito en lunas, cuyo título es ya una metáfora, como sugirió Agustín Sánchez Vidal, uno de los críticos que más ha tratado de desentrañar los arcanos de cada octava del libro, hasta el punto de considerarlo un libro “fundamental en la trayectoria del oriolano” y sostener que en sus páginas se intuyen muchas características posteriores de su obra.

De Perito en lunas —Miguel Hernández calibró también titularlo Poliedros— se pasaron por la imprenta trescientos ejemplares que costaron cuatrocientas veinticinco pesetas. La colección Sudeste en la que se incluyó contaba entonces con un solo libro. La dirigía Raimundo de los Reyes, redactor-jefe del diario La verdad, en cuya rotativa se imprimían. La edición la pagaba el autor, y a Miguel Hernández tuvieron que avalarle al firmar el contrato Luis Almarcha, vicario general de Orihuela, el diputado Martínez Arenas y el sacerdote Ramón Barber. En realidad, los ochenta y cinco duros salieron del bolsillo de Almarcha, de quien se dice que no aceptó que Hernández se los devolviera.

Estaba previsto que el libro apareciera en 1932, pero la suspensión gubernamental del diario murciano La verdad y la clausura de sus talleres retrasó su salida un año, demora que a buen seguro aumentó la ansiedad que acreditaba el joven orcelitano desde meses atrás en su correspondencia: desde el desencanto reconocido a Ramón Sijé en carta que fechada en Madrid el 15 de mayo de 1932, en la que confesaba que no le quedaban ganas de decir que era poeta, a la declarada impaciencia de su misiva a Reyes del 3 de noviembre: “Tengo prisa por que aparezca el libro (Tengo cerca de cien seguros compradores y no quiero que se me enfríen)”.

Primera edición de Perito en lunas

(Obsérvese que aparece Giner como

segundo apellido, en lugar de Gilabert.

Se trata del segundo apellido materno

que usó desde sus primeros poemas

hasta este libro.

La ansiedad debió acrecentarse cuando en 1933 Raimundo de los Reyes, redactor-jefe de La Verdad de Murcia, le presentó a Federico García Lorca, al llevarle Miguel las galeradas de Perito en Lunas. “La barraca” actuaba en el Teatro Romea. Ese día tuvo oportunidad de leerle al granadino algunos de sus versos. García Lorca, refinado y en apogeo de éxitos, parece que no recibió buena impresión de Miguel. Mantuvieron una corta y agitada correspondencia de reproches, y Miguel Hernández cometió un error, propio de los impulsos de la imprudente juventud: quejarse de su mala fortuna poética en Perito en lunas ante un sobresaliente poeta de la época. Con ese enfado, en busca de la palabra consoladora, y una falsa modestia, no consigue nada, ya que entre consolar y dar lástima, existe una membrana fina y peligrosa: la del desprecio a sí mismo. Porque Miguel Hernández consideraba que había nacido poeta. Análogo malestar vertió en una carta a García Lorca, a quien le recriminaba que no le hubiera contestado a una suya. “Perdone. Pero se ha quedado todo: prensa, poetas, amigos, tan silencioso ante mi libro, tan alabado —no mentirosamente, como dijo— por usted la tarde aquella murciana, que he maldecido las putas horas u [sic] malas que di a leer un verso a nadie”, protestaba. Más adelante anotaba: “He quedado en ridículo, porque de toda la prensa madrileña, sólo Informaciones se desvirgó hablando de mis poemas por el pico de Alfredo Marqueríe, diciendo cuatro burradas”. La respuesta de Lorca, muy reproducida por los hernandianos, la dio a conocer en 1958 Marie Laffranque. “Tu libro está en silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro, que tanto encanto y tanta fuerza tenía. Escribe, lee, estudia. ¡Lucha! No seas vanidoso de tu obra”, le decía entre otras cosas. “No se merece Perito en lunas ese silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos”.

Por fin, el libro salió a la calle el 20 de enero de 1933. Lo presentó el 29 de abril en el Ateneo de Alicante junto a Sijé, con un prólogo de éste con frases en francés y el apelativo «querencioso de pastorería de sueños». Consta de 42 octavas reales, de indudable influencia gongorina, y alto valor cromático e impresionista. La edición del libro fue pagada (425 pesetas) por el mencionado vicario de Orihuela don Luis Almarcha, más tarde obispo de León. Miguel quiso devolverlas, pero Almarcha no aceptó, pues le dijo, según testigos, que se las quedara para el próximo libro. Fue editado en Murcia, «Sudeste», con una tirada de trescientos ejemplares. El director de la colección era el poeta murciano Raimundo de los Reyes.

Retrato de M. Hernández

en Perito en lunas (1ª ed.)

por Rafael G. Sáenz

Impreso el libro —con prólogo de Ramón Sijé y un retrato del autor hecho al carboncillo por Rafael G. Sáenz— vino el desencanto. A Miguel le parecían escasas las reseñas que se ocupaban de su obra. Sus quejidos ante la indiferencia pueden seguirse en sus cartas, como tantos detalles de su existencia. “Ahí en Alicante se han quedado respecto a la poesía, como respecto a otras cosas, en Campoamor”, le decía al periodista y paisano Juan Sansano, uno de sus más tempranos animadores como director del periódico El Día de Alicante, donde había acogido poemas de Miguel Hernández ya en 1930. “Comprendo que no hayan comprendido el libro y no vean su valor”, lamentaba dolorido el autor de Perito en lunas.

A sus veintidós años, Miguel Hernández sufría las consecuencias de su hermetismo. “No creo que haya un solo lector, que lo hubiera en 1933 tampoco, capaz de dar solución a todos los acertijos poéticos que propone”, escribiría Gerardo Diego mucho años después sobre Perito en lunas. Incluso hubo quien le pidió al autor las claves o títulos —que el libro omitía— de cada uno de los poemas, información que Hernández proporcionó y el titular del ejemplar anotó muy oportunamente. A la larga ese ejemplar, del que dio cumplida noticia Cano Ballesta, es el que ha servido a críticos y editores para entender, en parte, sus metáforas.

En 1934 realiza su segundo viaje a Madrid. Este viaje supone un cierto triunfo para él, gracias en gran parte a Perito en lunas. Se publica en la revista Cruz y Raya su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras. Se trata de su primera obra teatral y fue escrita aún en su lugar de origen, Orihuela, aunque revisada y finalizada ya en pleno traslado a Madrid. Miguel Hernández recrea, con mayor extensión, en un auto sacramental calderoniano en tres actos titulados: «Estado de las Inocencias», «Estado de las Malas Pasiones» y «Estado del Arrepentimiento», el Génesis, la caída en pecado original y la redención del Hombre, que representa por figura alegórica a toda la humanidad. Las fuentes de Quién te ha visto y quién te ve… remiten a las lecturas de clásicos de la juventud de Miguel Hernández, desde los poemas bíblicos, como el Cantar de los cantares pasando por la poesía mística española del Siglo de Oro (el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz) y el estilo culterano y conceptista de los poetas mayores del barroco, Góngora, Quevedo y claro está, Calderón. Otras influencias posibles pueden ser Angélica de Azorín y El divino impaciente de José María Pemán, y en cuanto a la concepción Mangas y capirotes de José Bergamín. La obra contrastaba con las corrientes teatrales de su época, en plena Segunda República y además requería de unos extraordinarios medios escenográficos, pues el auto siempre se caracterizó como género por su espectacularidad desde el siglo XVII, en que celebraba ante la multitud popular el sacramento del Corpus Christi. Además requería de un numeroso elenco. Pese a los intentos de representación de la obra que promovió su autor, esta solo fue objeto de estreno como lectura dramatizada a cargo del propio poeta y un primo suyo en el cine «Novedades» de Orihuela. Aquel Hernández neogongorino de Perito en lunas es un ser animado por el conflicto entre el instinto y la moral religiosa aprendida, conflicto que recibe una solución ortopédica manifiesta en muchos poemas y en el auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve…, donde los sentidos, asociados a los llamados placeres de la carne, se presentan como jornaleros que exigen aumento de salario esgrimiendo la hoz y el martillo, para terminar capitulando, junto al hombre y la carne, en el seno de Cristo. Miguel ha fundido, en una peregrina síntesis conservadora inexplicable sin su experiencia oriolana, la condena de la sensualidad y la de la revolución política: el proletariado rural se equipara a los vicios del alma y del cuerpo, y su lucha al pecado contra la pureza y el orden social.

Etapa intermedia

Primera edición de El Rayo que no cesa

Comienza a relacionarse con grandes poetas como Alberti, Rosales, Aleixandre y Neruda. Visitó a Concha Albornoz, hija del entonces ministro de Gracia y Justicia, quien la remite a Ernesto Giménez Caballero, editor de La Gaceta Literaria que tenía el suplemento El Robinsón Literario de España, quien le hace un «esperpento» de entrevista, burlesca si cabe. A Ernesto Giménez Caballero también lo conocía antes por referencias porque Hernández estudiaba Derecho por libre en la Universidad de Murcia y Sijé le mandaba los apuntes a Madrid. También, el periodista de Yecla Francisco Martínez Corbalán le hizo una entrevista mucha más cuidada en la revista Estampa, que en su momento, tuvo escasa repercusión. A través de Ernesto Giménez Caballero llegó la amistad con Arturo Serrano Plaja. Queda por investigar la verdadera influencia de este poeta y periodista madrileño en el ánimo político de Miguel Hernández. Inicia colaboraciones en las Misiones Pedagógicas que le permiten viajar por varios pueblos de La Mancha (Valdepeñas) y Salamanca, donde se cuenta que visitó el aula donde diera clases fray Luis de León y en un acto de místicas espiritual besó la piedras que pisara el traductor de Virgilio y Horacio. En estas giras Miguel Hernández presenta el guiñol. Recorre el Madrid literario y gracias a un reencuentro con al escritor Enrique Azcoaga, amigo de Plaja, asiste a las tertulias de la filósofa María Zambrano, en la plaza del Conde de Barajas en Madrid, y conoce a los poetas Rafael Alberti, Rafael Dieste, Miguel Prieto, Antonio Prieto y al pintor murciano Ramón Gaya. María Zambrazo también fue misionera pedagógica en 1933 con Rafael Dieste por los Pirineos y Cáceres. Entre los poetas de Madrid intenta promocionar y vender la revista El Gallo Crisis, recién fundada por su intimo amigo Ramón Sijé de elevados ideales neocatólicos. Pero sus nuevos amigos no son de este palo. El propio Neruda, comunista convencido, se lo confiesa abiertamente: “Querido Miguel, siento decirte que no me gusta El Gallo Crisis. Le hallo demasiado olor a iglesia, ahogado en incienso”. E insiste en sus ingeniosos sarcasmos anticlericales: “Celebro que no te hayas peleado con El Gallo Crisis pero esto te sobrevendrá a la larga. Tú eres demasiado sano para soportar ese tufo sotánico-satánico”. Si sus amigos de Orihuela y sobre todos Ramón Sijé le llevaron a su orientación clasicista, a la poesía religiosa y al teatro sacro; los amigos de Madrid, sobre todo Neruda y Aleixandre lo iniciaron en el surrealismo y le sugirieron, de un modo u otro, las formas poéticas revolucionarias y la poesía comprometida. Los más comunistas de entre ellos, Neruda y Alberti, también le inician en la ideología social y política revolucionaria.

María Zambrano

En el nº 2 de 1934 de El Gallo Crisis, Miguel dedicó a María Zambrano «LA MORADA-Amarillas». Años después María Zambrano escribió «Presencia de Miguel Hernández» en El País (9 de julio de 1978). Aquí, relata aspectos de la personalidad de Miguel y de la amistad habida entre ellos; dice que, solían pasear por los lugares de la entrada de Madrid, la calle Segovia y sentarse encima de alguna piedra, a la entrada de la Casa de Campo. Añade María Zambrano, respecto a Lorca, que éste evitaba, en lo posible, coincidir con Miguel Hernández, y que esta situación causaba gran pesar en Miguel, y, según María, él no era la causa. Escribe también que al afiliarse Miguel al Partido Comunista, aparentemente, no encontró en él ningún cambio, pero su palabra pasa a ser directa, inmediata, adecuándose a la nueva situación de Guerra Civil. Y que, a la vuelta del viaje a Rusia, durante la contienda, regresó, seguramente desencantado con el comunismo que vio y vivió de primera mano.

Hernández regresa a Orihuela en verano. En noviembre de 1934, después de comenzar el drama titulado El torero más valiente, vuelve a Madrid. En esta ocasión conocerá mejor el ambiente literario. En 1935 colabora en las Misiones Pedagógicas. Participa, en Cartagena, en un acto-homenaje a Lope de Vega. Escribe el drama Los hijos de la piedra.

Publica en Cruz y Raya (la revista de José Bergamín). En la redacción fue presentado al vallisoletano don José Mª Cossío y Martínez-Fortún, el cual le dio, al año siguiente, un empleo como secretario para el último tomo de la enciclopedia de Los Toros, que componía para Espasa-Calpe. Otros autores comentan que fue Raimundo de los Reyes quien le recomendó a Cossío para la obtención de un trabajo fijo con el que mantenerse en Madrid.

En este viaje es cuando conoce al chileno Pablo Neruda y a la primera mujer de éste, María Antonia Hagenaaer.

Tras Perito en lunas publica numerosos poemas sueltos en varias revistas, que anuncian su segundo libro: El silbo vulnerado. La denominación silbo vuelve a emplearla, como hizo en varias ocasiones es los mencionados poemas sueltos, para este libro y para los veinticinco sonetos que lo componen. Cada uno de ellos es una canción herida e hiriente, un corazón cruzado por saetas y zarpazos, por suave melancolía o bañado por la ejemplar serenidad del sufrimiento. Su llanto es hondo, “tierra adentro como el pozo”. Es el canto del poeta en su soledad de enamorado: “Silbo mi soledad, pájaro triste”. Y cada silbo transparenta la biografía del hombre, debajo de los “aires amorosos” de San Juan de la Cruz, de las resonancias de Lope de Vega y de Góngora, incluso de la fuerza imprecatoria de Quevedo, que será una de las características de El rayo que no cesa, su siguiente libro. No hay, pues, rasgo alguno de sumisión servil. La experiencia amorosa se transfigura en una poesía personalísima en la que el dolor es el rasgo semántico más significativo.

Ese mismo años hace un cuarto viaje donde conoce a los pintores de la Escuela de Vallecas, escuela vanguardista madrileña y al escultor Alberto Sánchez. También se reencuentra con el pintor de Orihuela: Francisco de Díe García, el que le hizo el cartelón para su conferencia en la Universidad de Cartagena cuando presentó su Perito en lunas, que fue, a su vez, quien le presentó a la pintora gallega Maruja Mallo, con la que, se dice, que Miguel Hernández tuvo una relación amorosa de iniciación, aunque ella sólo dice de Miguel que «le parecía maravilloso». Se le atribuye como destinataria de la mayoría de los poemas de El rayo..., entre ellos «Me llamo barro...».

Maruja Mallo

En Madrid tiene que distanciarse de su novia. Josefina recibe constantemente correspondencia de Miguel. Sin embargo, en 1935 esta relación se enfría y se abre un periodo de dudas y silencio entre ambos. La ciudad ha deslumbrado a Miguel y le ha hecho descubrir nuevas amistades relegando, en cierto modo, a su novia y amigos de Orihuela. Cuando Miguel Hernández se hallaba por entonces proyectando una nueva obra teatral inspirada en los sucesos de Casas Viejas y de Asturias, un drama sobre la represión minera que pensaba titular “Los hijos de la piedra”. Es entonces cuando conoce a Maruja Mallo, que colaborará encargándose de los decorados. Son también los meses en que la pintora se ve poderosamente atraída por la naturaleza, por el paisaje castellano y las edificaciones campesinas que nutren su nueva obra. Ella misma reconocería tiempo después que su relación con Miguel facilitó el importante giro que estaba dando a su pintura: “Yo hice una evolución hacia la vida, hacia el campo, y fue entonces cuando brotó el trigo como un todo, el trigo por los caminos de Castilla”.

Cuando conoce a Mallo, la relación epistolar que Hernández mantiene con su novia de Orihuela comienza a sufrir un considerable deterioro, hasta el punto de romperse de modo definitivo a los cinco meses de su llegada a la capital. No cabe duda de que, por esas fechas, el poeta ya había acompañado a la pintora en más de un viaje y de que los rumores de la relación que ambos mantenían habían empezado a correr de boca en boca.

Hacia el mes de julio de 1935, Miguel da por concluido su noviazgo con Josefina Manresa y deja en el camino una serie de sonetos pastoriles inspirados en ella que carecen de energía y la hondura de los que ha empezado a escribir a la sombra de Mallo.

Únicamente tres poemas provocados por Josefina pasarán la criba para ocupar un lugar en El rayo que no cesa, la obra que consagraría a Hernández algunos meses después. Por el contrario, la destinataria de las nuevas composiciones que Miguel escribiría entre junio y agosto de 1935 no podía ser otra que Maruja Mallo.

No hubo desenlace trágico entre ellos. Mallo dio por terminada la aventura sexual con el poeta o sencillamente le hizo ver que sus relaciones no implicaban compromiso alguno.

La relación entre la pintora y Miguel volvió, pues, al cauce sereno de una llana colaboración artística; y la prueba de que no hubo mayor desavenencia ni rencor entre los dos la encontramos en la desinteresada colaboración de Maruja en la revista oriolana Silbo, una modesta publicación literaria creada por varios amigos de Hernández que vería la luz en la primavera de 1936. La pintora no tuvo ningún inconveniente en agradar a Miguel y en realizar las viñetas para la citada revista.

Como fruto de esa lucha interior entre el amor y desamor surge uno de los libros más representativos de la poesía amorosa española: El rayo que no cesa (1936). La dedicatoria nos anuncia ya el contenido amoroso del libro, así como la destinataria de estos poemas: «A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya». Josefina recibe una misiva de Miguel en la que le anuncia la publicación del libro: «Me acaban de publicar otro libro. ¿Te acuerdas que te prometí dedicártelo el primero que saliera?». El hecho es que formaliza su relación con Josefina destinataria de los sonetos «Me tiraste un limón y tan amargo», «Te me mueres de casta y de sencilla» y «Una querencia tengo por tu acento»...

Vicente Aleixandre

En un cuarto viaje, durante 1935, conoce a Vicente Aleixandre al que le pidió que le regalara, argumentando falta de recursos y admiración, La destrucción o el amor, Premio Nacional de Literatura (1933), libro que influyó en Miguel por el surrealismo y la idea del amor-destrucción. Aleixandre era un hombre muy abierto a los jóvenes noveles. Se conocieron a mediados de junio 1935 cuando Miguel asistió al banquete-homenaje que organizó Gerardo Diego en el restaurante Biarritz de Madrid. La evolución de Miguel Hernández en lo que podríamos llamar su segunda etapa es incomprensible sin el rechazo que en Madrid percibe hacia el radicalismo conservador de Sijé, y sin las relaciones que allí entabla, especialmente con la Escuela de Vallecas —a la que lo une una comunidad estética de referente rural— y con Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, cuya escritura admira y asimila. Miguel se halla ahora en el ámbito de lo que llamaba “impureza” el manifiesto inaugural de la revista Caballo verde para la poesía.

Se fundan varias revistas en Orihuela: La Voluntad, Actualidad, El clamor de la verdad, y, sobre todo, El Gallo Crisis simbología que viene a decirnos: Cristo en peligro, adviértase la semejanza entre Crisis y Cristo, una revista de tendencia neocatólica en armonía al filofascismo de Ernesto Giménez Caballero.

En la Navidad de 1935 muere su amigo Ramón Sijé, tras veinte días de agonía. Tenía 22 años, y Miguel Hernández escribe su famosa “Elegía”. El 14 de abril de 1936, Miguel Hernández subido a una escalera leyó unas palabras de recuerdo por su amigo y dio nombre temporal a la plaza de Sijé. Y hoy día no existe la plaza sino una calle paralela a Santo Domingo y la travesía que va al aplaza de la Fundación Miguel Hernández.

Miguel Hernández

en el Homenaje a Ramón Sijé

En este quinto viaje a Madrid Miguel Hernández llevó su mencionada obra teatral El torero más valiente, que no pudo estrenar.

A primeros del año 1936 publica El rayo que no cesa, un conjunto de sonetos liberados de sus anteriores libros: El Silbo vulnerado e Imagen de mi huella, con cierto surrealismo aleixandrino y nerudiano, que lo encumbran a la fama. Del primero de los libros citados selecciona diez de sus sonetos, los más excelentes, sin duda Así, El rayo que no cesa sería una tercera y definitiva versión de todo un caudal trágico y amoroso. Este hecho evidencia la disciplina depuradora a que el poeta ha sometido su facilidad expresiva. Si comparamos los sonetos de ambas versiones, notamos que las modificaciones advertidas en El rayo que no cesa mejoran siempre o casi siempre el texto. Así, evita obvias repeticiones, versos duros, y elimina sonetos enteros.

Rompe con su novia Josefina y mantiene correspondencia con María Cegarra, que era perita química. Esta época ha sido sobradamente estudiada y no requiere especial comentario, salvo en lo tocante a la genealogía femenina de El rayo que no cesa que este libro propone, señalando la inspiración desigualmente debida a tres mujeres: Josefina Manresa —luego esposa de Miguel—, Maruja Mallo y María Cegarra. A la segunda debemos, al parecer, más de la mitad de los poemas del libro de 1936, en concreto aquellos que se refieren al amor cumplido y completo —aunque pronto defraudado—, mientras quedan sólo tres que atribuir a Josefina, en función de la ruptura que mantuvo Miguel desde mediados de 1935 a comienzos de 1936, momento en que volvió a ella aferrándose, tras la decepción sufrida con Maruja, al concepto tradicional y conservador de mujer y de relación amorosa, mientras en lo político se orientaba en dirección opuesta al afiliarse al Partido Comunista.

Entre 1935 y 1936 sigue publicando poemas sueltos, entre los que cabe mencionar “Oda entre arena y piedra a Vicente Aleixandre”, “Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda”, “Me sobra el corazón”,“Mi sangre es un camino”, la “Égloga” a Garcilaso y “Sino sangriento”. Excepto los dos últimos, los demás señalan una liberación de la forma clásica. El poeta se entrega a la expresión libre al calor de la influencia de las nuevas tendencias de la “poesía impura” por medio de los poetas de la revista Caballo Verde para la Poesía. Ni conceptismo barroco ni rígidos cánones métricos. Imágenes surrealistas, verso libre, aire de renovación. Pablo Neruda y Vicente Aleixandre le alejan de los clásicos y le acercan otro mundo: el de Residencia en la tierra del primero y el de La destrucción o el amor del segundo. Lo único que no cambia es su “dolorido sentir”, su pasión de hombre. Astros, cosas, manotazos, sangre, abrupta pena, nardos, piedras... se entremezclan en esta nueva poesía que le sale a borbotones, en largos poemas en verso libre pero en los que aún flotan, y a veces prevalecen, perfectos endecasílabos, aunque sin rima.

Poesía de guerra (1936-1939)

El 21 de abril de 1936 la familia la familia de Josefina deja Orihuela y se traslada a Elda por expreso deseo del padre, pensando en el futuro de su familia, por ser éste un pueblo industrial y con posibilidades de encontrar trabajo. Mientras, Josefina acudía a perfeccionar el aprendizaje del bordado a la casa “Singer”. Transcurridos tres meses desde su llegada a Elda, Josefina se traslada a Cox, donde permanecía parte de su familia, por consejo del propio Miguel y por la falta de trabajo para ella y sus hermanos.

El soldado

Miguel Hernández

Al estallar la guerra, El 18 de julio de 1936, se hallaba en Madrid, y toma partido sin dudarlo en defensa de la República:

La España joven y jornalera, la del trabajo excesivo y el pan menguado, tiene la suerte, que no la desgracia, de vivir estos días de duro encuentro entre dos mundos: el del explotador y el del explotado. En tierras españolas se verifica el fatal movimiento, y a los trabajadores de esas tierras les toca decidir la perdición de uno de esos mundos: el que tiene enfrente erizado y podrido... Yo seguiré cantando, con un fusil y un romance, las proezas dignas de ellos...

(«Para ganar la guerra»)

Se incorpora voluntario el 23 de septiembre en el famoso 5º Regimiento de de Zapadores, Minadores, 2ª Cía, 3ª Sección, carnet número 120.395. Es destinado en Cubas y otros frentes de Madrid. Pero el también poeta Emilio Prados logra que sea trasladado como Comisario de Cultura en noviembre de 1936 a la 1ª Compañía del Cuartel General de Caballería, Primera Brigada Móvil de Choque, del Batallón de Valentín González, más conocido como “El Campesino”. Su Compañia estaba en Alcalá de Henares, donde hubo grandes bombardeos. Este Batallón era conocido como Batallón del Talento. Con esta compañía y otras unidades va recitando sus poemas y llevando la cultura por diversos frentes: primero Madrid (Boadilla del Monte, Pozuelo, Alcalá de Henares), luego Teruel, Andalucía y Extremadura. El poeta cubano Pablo de la Torriente Brau, que era Comisario Político y Jefe del departamento de Cultura, fue el que le nombró, como dijimos a propuesta de Emilio Prados, Comisario Cultural. Según palabras escritas por el propio Torriente: «Descubrí un poeta en el batallón, Miguel Hernández, un muchacho considerado como uno de los mejores poetas españoles, que estaba en el cuerpo de zapadores. Lo nombré jefe del departamento de cultura». Pablo de la Torriente morirá en diciembre cerca de Majadahonda ciñendo la zamarra de lana que le había regalado Hernández. En los primeros días del mes de enero de 1937 está con el sevillano Antonio Aparicio en el cementerio de Montjuic en Barcelona, para el entierro («a Pablo pretendían expatriar su cadáver a Cuba pero no puedo ser y está en Barcelona todavía»). Su gran camarada era el sevillano, con el que permaneció prácticamente hasta el final de la guerra, salvo unos meses de 1937, en que Miguel estuvo en el frente de Andalucía. Así lo cuenta Aparicio en una especie de evocación y memorias en 1953 a la revistas Guatemala nº 6. (págs. 167-131). Esta amistad fue comentada en un artículo de José María Barrera López, catedrático de la Universidad de Sevilla en 1992.

Al poco del estallido de la guerra civil, el 13 de agosto, unos anarquistas asesinan en Elda al padre de Josefina Manresa, Manuel Manresa Pamies, guardia civil, en un tiroteo, junto a cinco guardias más y un cabo y la muchacha se sume en una profunda tristeza. Todo esto sumado al comienzo de la guerra hace que la familia Manresa se vea abocada a la miseria. Su única fuente de ingresos había finalizado, solamente trabajaba Josefina, que cosía de día y de noche. Ese verano ninguno de los dos pudo vivir su relación sin interrupciones.

El inicio de la guerra supone una gran transformación en el noviazgo de la pareja. La atracción física y sentimental del inicio se transforma en un anhelo de convivencia para compartir penas y sufrimientos: «Yo necesito tu persona y con tu persona, la vida sencilla de Orihuela... No quiero vivir solo», le escribirá Miguel.

La situación convulsa en que se encontraba España ha ido retrasando la celebración de tan ansiada boda; Miguel llega a decir a Josefina que la culpa de todo ello la tienen los fascistas, y en una carta fechada en febrero de 1937 le dice: «De esta primavera no puede pasar el día de nuestro casamiento. Ya verás como todos estos sufrimientos que estamos pasando tienen su compensación muy pronto y verás como no se nos acaba ya nunca la felicidad».

La pareja contrae matrimonio civil el 9 de marzo de 1937 en Orihuela. Son escasas las personas que asisten a esta ceremonia, celebrada ante Francisco Oltra, alcalde de la ciudad. Carlos Fenoll y Jesús Poveda, antiguos amigos de Miguel, actúan como testigos del enlace. El convite consistió en una comida de arroz y costra, que hizo la madre de Miguel, y se celebró en su casa familiar.

El matrimonio marcha de luna de miel a Jaén, donde Miguel estaba destinado en el Altavoz del Frente. Han de regresar inmediatamente a Cox, puesto que la madre de Josefina se encuentra muy enferma y necesita de sus cuidados. Irremediablemente, su madre muere, y Josefina se ve en la obligación de quedarse a cargo de sus hermanos huérfanos.

El contacto con la naturaleza y con su propia familia inspira al poeta, la proximidad a la sierra de Cox y a su pueblo le impulsan a escribir poesía emotiva. Miguel vuelve a Jaén y desde allí escribe a Josefina contándole sus vivencias y recordándole su viaje. La correspondencia de aquella época puede interpretarse como un acicate a Josefina para que ésta afronte las vicisitudes que se le presentaban.

Miguel y Josefina

en Jaén (1937)

El 36 fue un año doloroso para la cultura: asesinan a Federico García Lorca en Víznar (Granada), mueren Ramón del Vale-Inclán, Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, Pedro Muñoz Seca, Francisco Villaespesa, y José María Hinojosa, fusilado en Málaga el 22 de agosto de 1936.

Pocos días después del levantamiento militar de las tropas destinadas en Marruecos, la República reunió a todo sus poetas proponiéndoles la creación inmediata, urgente, del Romancero de la guerra civil... Se quiere esgrimir la poesía como evidente fuerza comunicativa, tal y como si fueran invisibles armas bélicas. A la salida de este romancero se recibieron miles de colaboraciones en la redacción.

Durante la guerra civil la maquinaria de la propaganda de la II República se puso en marcha a través de la Subsecretaría de Propaganda del Ministerio de Instrucción Pública, y edita el ya referido Romancero de la guerra civil... que contiene 35 romances de diferentes poetas, reconocidos, jóvenes autores, milicianos y «espontáneos cantores populares humanos e intensamente unidos por y contra la guerra», con una fuerza expresiva de hondo calado en la mortal de combatientes y civiles. En el índice de los autores de este Romancero de la guerra civil, Santonja, introductor, ya apreció el error de que Beltrán Logroño aparece dos veces, una como Logroño y la otra como Beltrán Logroño. Cuyo índice recoge: Manuel Altolaguirre, Antonio Varela [por error aparece con el nombre de Lorenzo], Vicente Aleixandre, R. Beltrán Logroño, Herrera Petere, Luis Pérez Infante, Mariano G. Fernández, Pedro Garfias, José Bergamín, Rafael Alberti, Rafael Dieste, Antonio García Luque, Plá y Beltrán, Emilio Prados, Miguel Hernández, V. de Boda, Antonio Aparicio, Arturo Serrano Plaja, Ramón Gaya, Felipe C. Ruanova y José María Quiroga. El libro se divide en: Romances heroicos, burlescos, de moros, líricos, de la defensa de Madrid y varios.

De 1937 es su siguiente libro: Viento del pueblo. Los poemas aparecieron antes de formar libro en diferentes revistas y fueron naciendo al calor de los acontecimientos bélicos entre los años 1936 y 1937. Por esto, suele ponerse de relieve su valor de testimonio social y, en un dominio más amplio, su carácter ejemplar, al ser obra poética que se inserta con facilidad en una de las corrientes más definidas de la literatura de nuestro siglo: aquella en la que se asigna a la obra literaria la función primordial de ser voz de una conciencia colectiva.

Fotografía dedicada

a Josefina

El presente trágico, el pueblo oprimido y el poeta como viento de salvación son los tres elementos en que se apoya Miguel Hernández para hacer de su poesía en este libro un instrumento de lucha, un arma de combate. Su verdadero sentido y la idea que impulsa a escribirlo podemos encontrarlos en la dedicatoria a Vicente Aleixandre, cuyo final dice:

“Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este mundo de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con las orejas y el alma tendida al pie de cada siglo.”

Tales razones se justifican sobradamente por sí solas. El libro se escribió en trágicas circunstancias de todos conocidas, pero no es menos cierto que no pueden bastar para explicar la altura artística de la obra, sus excelentes valores poéticos. Nos encontramos ante un libro en el que se mezclan arengas, gritos, cólera, ternura, compasión y llanto. Todo lo que en aquellos momentos bullía en su alma y en el alma del pueblo se hace fruto en sus versos. En ellos, Hernández llora a los muertos anónimos, a Federico García Lorca; canta al niño yuntero, a la juventud, a los campesinos, a los jornaleros de la aceituna; canta el sudor de todos los trabajos. Son poemas de guerra y han sido escritos en las trincheras y en el campo. Recitándolos de viva voz, el poeta ha hecho vibrar a la gente labradora, ha exaltado el ánimo de los combatientes, ha consolado a los heridos. Se hace “ruiseñor de las desdichas” y canta con voz dolorida la desolación de la guerra.

En el frente de batalla en Extremadura

En febrero de 1937 es destinado en Andalucía al “Altavoz del Frente”, en Jaén, con el comandante Carlos (Vittorio Vidali, italiano). Al tiempo que va escribiendo, cercado por la sangre y el sufrimiento, los últimos versos de El hombre acecha, su segundo libro de guerra. El 9 de marzo se casó por lo civil en Orihuela con Josefina Manresa (comenta Josefina que no fue por la Iglesia porque no había quien los casara), su novia del pueblo. Fruto de esta unión serán sus dos hijos: Manuel Ramón (diciembre de 1937), que desgraciadamente fallecerá sin poder celebrar el primer año de vida. Se deprime Miguel. La guerra está perdida y su esperanza de pervivir en el hijo que tanto se le parecía, se viene abajo. Y escribe desconsolados versos de angustia y desconsuelo. Pero unas semanas después recibe la noticia de que ha venido al mundo Manuel Miguel (enero de 1939), su segundo hijo, vivo retrato de la madre. Para el primero escribe Miguel Hernández un impresionante poema, “Hijo de la luz y de la sombra” y otros totalmente desgarradores con motivo de su muerte y recogidos en Cancionero y romancero de ausencias. Al segundo le dedicará las celebérrima “Nanas de la cebolla”, además de otros poemas en el mismo libro. Al día siguiente salieron de viaje para Alicante y Alcoy, a visitar a su cuñado. Y desde allí para Jaén, donde estaba destinado Miguel. En abril de ese año, murió la madre de Josefina (22 de abril de 1937). Ella se tuvo que ir a Cox y hacerse cargo de las hermanas menores. Manolo, el hermano de Josefina, que tenía 17 años, se fue con Miguel al frente de Andalucía al que colocó en Intendencia. Murió de una bala perdida.

El 1 de julio de 1937 viaja a Valencia, para II Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura. Firmó junto a otros escritores la «Ponencia colectiva» que se publicará en la revista Hora de España, Valencia, número 8. La «Ponencia Colectiva» fue firmada por los intelectuales más jóvenes de la República, los que no eran partidarios de seguir la línea dura socialista, como era el caso de Alberti. Firmada por A. Sánchez Barbudo, Ángel Gaos, Antonio Aparicio, Arturo Serrano Plaja (secretario), Arturo Souto, Emilio Prados, Eduardo Vicente, Juan Gil Albert, J. Herrera “Petere” (apelativo de José Emilio Herrera Aguilera), Lorenzo Varela, Miguel Prieto, Ramón Gaya y, coco se ha dicho, por Miguel Hernández.

A este Congreso se unieron numerosos intelectuales internacionales. Es aquí donde Miguel conoció a Octavio Paz quien, en Letras de México 1942, escribió: «...llevaba la cabeza casi rapada y usaba pantalones de pana y alpargatas».

En la mencionada «Ponencia colectiva» puede leerse:

Porque lo que menos importa ya es el hecho en sí mismo de que este grupo, esté total, absolutamente integrado, no sólo por distintos significados de sensibilidad, no sólo por distintas concepciones de nuestra profesión y decidida vocación de artistas, escritores y poetas, sino por individuos que, como procedencia social, pueden marcar distancias tales como las que hay entre el origen enteramente campesino de Miguel Hernández, por ejemplo, y el de la elevada burguesía refinada que pueda significar Gil-Albert; [...]

En Leningrado (antes de la Revolución

y ahora San Petersburgo)

A finales del verano de 1937 realiza un viaje a la URSS, formando parte de una delegación española enviada por el Ministerio de Instrucción Pública, para asistir al V Festival de Teatro Soviético en Moscú. El Ministerio de Instrucción Pública designó a cinco artistas para asistir al Festival. Los cinco viajeros de la delegación hispana, según Cano Ballesta, eran: Francisco Martínez Allende (director del teatro popular de Madrid y periodista en «Altavoz del Frente»), Miguel Hernández (poeta y dramaturgo), Casal Chap, Miguel Prieto Anguita, Gloria Álvarez Santullano (actriz). El director de esta expedición fue Cipriano Rivas Cherif, autor y director teatral y cuñado de Manuel Azaña, aunque Cipriano debió de trasladarse desde Suiza, puesto que en esa época se hallaba de cónsul en Ginebra. Miguel Hernández fue seleccionado para componer la delegación española, quizás porque era el mejor situado entre los dramaturgos republicanos, puesto que García Lorca había sido asesinado un casi un año antes, el 19 de agosto de 1936, y Rafael Alberti era considerado demasiado radical en su doctrina revolucionaria, además de no figurar en la «Ponencia Colectiva», aunque participó en la organización del II Congreso. En esta expedición cultural, Hernández acudía como dramaturgo y no como poeta, como así se lo hizo saber en una carta a Josefina desde Valencia: «...que sirvan de estudios y beneficios del teatro que yo hago en España...»

Miguel aprovecha la pesadez del viaje para escribir artículos, cartas o poemas. En el poema «Rusia», de su posterior libro El hombre acecha, 1939, edición nonata, nos comenta el viaje, nos habla de los trenes, de la extensión de Rusia y de las minas de hierro de los Montes Urales, y, las describe como «vacas de oro yacente / que ordeñan los mineros...». De cómo protegían a los niños españoles que salieron para salvarlos de los desastres de la guerra. Alaba al camarada Stalin como ya lo había hecho Alberti, en la tumba de Lenin da vivas y escribiría: «Lenin con pie de mármol y voz de bronce quieto». Y finaliza con el deseo de dos naciones unidas: «La URSS y España, fuerzas hermanas», verso que daría título al artículo que publicó en Nuestra Bandera de Alicante (órgano del Partido Comunista), núm. 108, 10 de noviembre 1937. Según nota de Juan Cano Ballesta (El hombre y su poesía, pág. 160) donde se transcribe parte del artículo, escribió: «Al pisar tierra de la URSS, volví a sentir sobre mi rostro el viento humano respirado por los hombres... En los trenes, en las calles, en los caminos, donde menos se esperaba, el pueblo soviético venía hacia nosotros con los brazos tendido de sus niños, sus mujeres, sus trabajadores...». La Unión Soviética era para los intelectuales y artistas de todo el mundo el gran espejo donde mirarse, considerada como la «patria espiritual de los trabajadores del mundo», como dejó escrito M. Hernández. Alberti y su esposa M. ª Teresa León, José Bergamín habían viajado con anterioridad a Moscú. Sin duda alguna el poder económico de la URSS difería en gran medida de la situación campesina y obrera que se vivía en España de los años treinta.

El ferrocarril era el medio de transporte más usado, viajes con múltiples transbordos. La ruta férrea para llegar a Moscú, según un viaje que hizo el periodista Daniel Tapia Bolívar en los años treinta, era la línea Madrid-París-Berlín-Varsovia-Moscú (relatado en su libro Ha llovido un dedito, 1935). Los viajeros de la representación española buscaron una ruta mixta: tren y «aeroplano». Primero salieron en tren desde Valencia, punto de encuentro, el 29 de agosto de 1937, por ello algunos autores escriben que Miguel salió el día 26, pero desde Alicante. Escala en París día 30 del mismo mes, según la fecha de otra carta que le escribiera a Josefina desde la capital del Sena. Desde París a Moscú se continuó el viaje en aeroplano con escala en Estocolmo. Y siguiendo las huellas de su poema: «España en ausencia», en la estrofa tercera nos revela que pasó por Francia, Holanda, Dinamarca y Suecia (para pasar de Francia a Holanda omite Bélgica). No pudieron cruzar el espacio aéreo de la Alemania de Hitler, aliada de Franco. A Hitler y a Mussolini, Miguel les dedicó un piropo: los dos mariconazos, (estrofa 15, del famoso poema Rusia).

A su regreso en octubre escribe el drama Pastor de la muerte, al que seguirán Teatro en la guerra y El labrador de más aire. Compone “Aceituneros” y otros poemas que se publican en su libro Viento del Pueblo. Está con Herrera Petere, escritor, periodista, poeta y dramaturgo. Actúa como soldado, y como poeta, en diversos frentes.

Miguel Hernández en el frente

En el viaje de regreso llegará Neruda con Miguel Hernández, “vestido de miliciano y con su fusil al hombro, que se había alistado voluntario en el 5º Regimiento del Partido Comunista, a la “Casa de las Flores” a la entrada de la ciudad universitaria en el frente norte de Madrid, que era su residencia abandonada, donde había dejado sus libros y sus cosas. Hernández había buscado una vagoneta para cargar libros y los enseres de su casa. En Confieso que he vivido. Memorias, cuenta Neruda: “Los libros se habían derrumbado de las estanterías. Era imposible orientarse entre los escombros […] Miguel encontró por ahí, entre los papeles algunos originales de mis trabajos […] Le dije a Miguel no quiero llevarme nada… —¿Nada? ¿Ni siquiera un libro?—… —Ni siquiera un libro— le respondí. Y regresamos con el furgón vació”. En estas Memorias le dedica a Miguel Hernández unas páginas en capítulo 5.- «España en el corazón», y le nombra en varios apartados, entre ellos cuenta el famoso caso del asilo a Chile, y de cuando el embajador de Chile “Carlos Morla Lynch, le negó el asilo al gran poeta, aun cuando se decía su amigo”. También publicó esta acusación en la revista Ercilla, de Santiago de Chile, el 29 de diciembre de 1953. En este libro le dedica varios párrafos a Hernández en los apartados: Miguel Hernández, Caballo Verde para la poesía, Mi Libro sobre España y en Un Congreso en Madrid.

Estuvo en el asalto del Santuario de la Virgen de la Cabeza (Andújar), defendido por el capitán Cortés, de la Guardia Civil, según contó en el Ateneo de Alicante, en el artículo “La rendición de la Cabeza”, Frente Sur, nº 13 de 6 de mayo, y el 23 otro artículo “La rendición del cerro faccioso” en el nº 56 de Ayuda, Madrid. Tras la desbandada republicana al final de la guerra civil (1 de abril de 1939) vino el exilio.

Sobre el anteriormente mencionado libro El hombre acecha (1939), algunos de los poemas inicialmente incluidos en él y que más tarde suprimiría el poeta están escritos en 1937 con motivo del viaje que realizó a la URSS en el verano de ese año. Otros fueron escritos durante la guerra, destinados a una edición primera que no llegó a ver la luz, ya que la toma de la ciudad de Valencia por las tropas de Franco motivó el abandono de cuanto había en el taller, aunque se conservan las pruebas de imprenta, recogidas por algunos amigos del poeta. Por último, algunos fueron escritos en las prisiones del poeta, circunstancia ésta última que es más patente en su siguiente libro.

La tragedia humana no es en este libro algo personal, sino que se vuelve inexorable destino de todos los hombres: tragedia del mundo. Un tono sereno y grave traspasa estos versos desnudos de todo verbalismo superfluo. Aunque hay poemas que entroncan con Viento del pueblo por su tono entusiasta y encendido, prevalecen los que increpan o sólo se duelen de tanto sufrimiento y de tanta muerte. Crudeza y sollozo, dolor y llanto verdaderos. Ni una concesión a la imagen por la imagen, ni una sola metáfora que no tenga un brote en la entraña viva del hombre. La poesía ha dejado de ser un gozoso canto para convertirse en vida pura, efusión de la carne y el alma doloridas, grito de la criatura desamparada y en acecho, proyección del hombre, herida suya. La poesía de Miguel Hernández se halla ahora en otro camino: el de la verdad desnuda. Ni un ápice de artificio, pues el viento de la muerte ha depurado al hombre y al poeta.

Fin de la guerra: Prisiones y muerte

Miguel Hernández

en la sierra de Orihuela

Al finalizar la guerra, se entrevista en Madrid con Cossío, donde parece ser que le ofreció cobijo en su finca de Tudanca en Santander, pero no aceptó.

Miguel Hernández, intenta en vano pedir asilo político en el Consulado de Chile a través de Carlos Morla Lynch encargado de negocios de Chile, quien se lo denegó, según Neruda, y desmentido por Arturo del Hoyo.

Existen distintas versiones acerca de lo que escribió Neruda sobre la petición de asilo de Miguel en la Embajada de Chile y la negativa de Morla Lynch. Escribe Arturo del Hoyo en su artículo «Dramatis persanae: Carlos Morla Lynch y Miguel Hernández» que Neruda atacó duramente a Carlos Morla, y asegura: “Carlos Morla Lynch no tenía facultades para dar o negar asilo a Hernández, porque no era ya encargado de Negocios de Chile en Madrid, concretamente desde el 8 de abril de 1939, que cedió el puesto a Enrique Gajardo…” y que Neruda se equivoca, y a continuación asegura Arturo del Hoyo, que “Morla ofreció asilo a Hernández, pero que este no se asiló. ¿Por qué?” Se intuye que Miguel era el autor de Viento del pueblo, y no podía desertar ni traicionar los principios o mensajes de sus versos, y además no se marcharía sin su mujer ni su hijos, pero no se ha dicho que, seguramente Josefina no se iba marcha a Chile con su hijo. Y dejar a su madre ya a sus hermanos en estado de precariedad, siendo ella la hermana mayor.

Otra versión de los hechos, es la que el sevillano Antonio Aparicio, que estaba refugiado en la Embajada de Chile a la espera de salvoconducto, que le presentó a Germán Vergara nuevo encargado de Negocios, y éste le ofreció refugio al poeta, que no aceptó “yo jamás me refugiaré en una embajada”, cuenta María Teresa León en Memorias de la melancolía. Y además se negó a oír las advertencias del abogado Diego Romero y José María Cossío, y se vino a Cox.

Juan Guerrero Zamora, en el libro Proceso a Miguel Hernández (Editorial Dossat, Madrid, 1990) comenta que Pablo Neruda en París anunció el encarcelamiento de Miguel a María Teresa León y a la poetisa francesa Marie Anne Commène, que intercedieron a través del anciano Monsellor Braudillart, amigo de Franco, a quien le hablaron de la fe católica de Miguel, y al que le enviaron como prueba un ejemplar de su auto sacramental; “…cuando terminé de hablar, todo estaba decidido”, escribió María Teresa León. Sea ésta o no la causa, Miguel Hernández salió de la cárcel el 17 de septiembre de 1939, pero el 29 del mismo mes es detenido en Orihuela acusado de ser periodista y de su pertenencia a la Alianza Intelectual Antifascista. Cuando detuvieron a Hernández por segunda vez en su pueblo, de nada de le sirvió el favor de monseñor Braudillart ante Franco en su primera detención, ya que la segunda vez no fue puesto en libertad. Pablo Neruda coincide con la versión de María Teresa León sobre la actuación del ciego monseñor Braudillart de 80 años.

Decide marchar a Andalucía con la posible intención de buscar cobijo o viajar Méjico. En Villaluenga del Rosario (Cádiz) tuvo una entrevista con su amigo el poeta y terrateniente Pedro Pérez Clotet, editor de la revista Isla, a quien había conocido en Madrid en agosto de 1933, para meterse en la ganadería. En Sevilla se entrevistó con Romero Murube, y como no encontró cobijo, marchó para al frontera de Portugal, donde el día 4 de mayo de 1939 es detenido cerca de Rosal de la Frontera (norte de la provincia de Huelva) por la policía portuguesa al cruzar clandestinamente la frontera, puesto que la dictadura de Salazar no acogía a la inmensa mayoría de los refugiados españoles. A Hernández le delató el hecho de que, a pesar de su deplorable estado y apariencia, llevara consigo un reloj de oro que José María de Cossío de le había regalado para que lo empeñara o vendiera en caso de necesidad. Fue entregado a la policía española, que lo ingresa en el depósito Municipal de Rosal. Luego pasó a la cárcel de Sevilla de donde es trasladado a la de Torrijos en Madrid. Meses más tarde, el 15 septiembre 1939, es puesto en libertad sin procesamiento, bien por cuestiones administrativas (no fue reconocido) o debido a las presiones de sus amigos intelectuales. Comete la imprudencia de dirigirse a Cox en busca de Josefina y de su hijo, luego viaja a Orihuela, desde donde escribe a José María Cossío para pedirle un anticipo. Es el día 29 de septiembre del 1939, el de su onomástica cuando es detenido de nuevo en Orihuela. Lo relata con detalle Manuel Roberto Leonís, en su ya citada conferencia sobre Miguel Hernández:

[...] «Por la tarde sale con Justino Marín y en la puerta de Eusebio Escolano, diputado de le CEDA..., es insultado por José María Martínez “Patagorda”, oficial del Juzgado Municipal, que se la tenía jurada, [puesto que] había estado en Cox buscándole, [lo denunció] al inspector Manuel Morell Roger [que fue quien le detuvo], fue encarcelado en los sótanos del Seminario[...], la prisión de San Miguel [...], en sus cartas decía que le daban comer peor que a los cerdos».

Es ingresado el 3 de diciembre de 1939 (tras haber pasado dos horribles meses recluido en el seminario de Orihuela, habilitado como prisión) en la cárcel de Conde de Toreno, Madrid, en donde reencontó a Antonio Buero Vallejo, quien le hizo el famoso retrato que se encuentra al frente de nuestra página sobre su obra. Antonio Buero y él ya se habían conocido en el hospital de Benicasim en 1938.

Los últimos coletazos de la guerra habían enfrentado al Miguel, combatiente de primera línea, con los dirigentes de la Alianza de Intelectuales. Esa disidencia pudo haber sido la causa de que no se refugiara en la embajada de Chile, ni fuera incluido en la evacuación a Elda; aunque esta hipótesis parece inverosímil, considerando su conducta de 1939, que hubiera aceptado salir de España abandonando a su familia. Su tragedia en situación tan extrema no deja en buen lugar a su antiguo amigo y benefactor el canónigo Luis Almarcha, que aparece negándole su ayuda desde los días previos a la huida a Portugal, condicionándola a una retractación ideológica que Miguel no admitió más allá de la celebración del matrimonio religioso. Si se disipa la leyenda del Almarcha benefactor, se refuerza en cambio la de José M. de Cossío, pues su informe fue determinante en la liberación de Miguel en septiembre de 1939, y luego consiguió la conmutación por Franco de su condena a muerte, al haber logrado la intercesión de Rafael Sánchez Mazas, José M. Alfaro y el general Varela.

Temía Hernández que su hijo, a quien llevaba sin ver mucho tiempo, no le reconociese, y pidió a Buero Vallejo un retrato para enviar al pequeñín. El eminente dramaturgo dibujó a lápiz, unos días después de la sentencia de muerte de Hernández, esta popularísima cabeza. La envió al padre a Josefina con una nota de Miguel:

No quiero dejar de cumplir en lo que puedo mi palabra, y ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás, bastante bien. Se lo enseñarás al niño todos los días para que vaya conociéndome y así no se extrañará cuando me vea.

Durante su prisión Miguel Hernández mantiene correspondencia con Pablo Neruda. Desde la cárcel de Torrijos le escribió: “Es de absoluta necesidad que hagas todo cuanto esté en tu mano por conseguir mi salida de España y el arribo en tu tierra en el más breve plazo de tiempo posible”. Hernández manda misivas a todas aquellas personas que pueden ayudarle con el abogado Juan Bellod, Luis Almarcha, Martínez Arenas y también con José María Cossío y Martínez Fortún. Miguel pide a Josefina que busque al abogado Juan Bellod de Orihuela (Juanito) para que le defienda, pero como Bellod no le puede defender, José María Cossío y Eduardo Llosent el consiguen al joven abogado onubense Diego Romero Pérez. Es decir que Monseñor Braudillart no vuelve a aparecer en escena. Tras la muerte de Miguel en la Residencia de Adultos de Alicante el 29 de marzo de 1942, Neruda lo consideró siempre como un asesinato, contribuyó a difundir la obra del poeta oriolano en conferencias y en entrevistas como en la que hizo a Rita Guibert en enero de 1970 en Santiago de Chile, que la que dijo que Miguel era como un hijo para él y que casi todo los días comía en su casa.

Fue sentenciado a pena de muerte por un Consejo de Guerra bajo la acusación de participación al lado de la República y sus actividades comunistas. En las acusaciones figuraba su participación en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, su viaje a Rusia, su pertenencia a la Asociación de Intelectuales Antifascistas, y su nombre en poemario de la guerra civil. Gracias, sobre todo, a la intermediación de José María de Cossío, Dionisio Ridruejo y José María Alfaro, consiguieron por su mediación que el general Varela le rebajara la pena de muerte a una inferior, treinta años, en junio de 1940. Manuel Muñoz Hidalgo, dice que Cossío fue el único que avaló a Miguel. «Entregó un uniforme en el Ministerio para ayudar a Miguel, y si no hubiera sufrido tantos cambios de prisión» el canje por otros prisioneros hubiera sido posible (Información, 7 de octubre de 2002).

En el Archivo Militar de Guadalajara, Ramón Fernández Palmeral ha encontrado documentos de la propuesta de la conmutación de las penas (muerte y treinta años) por veinte años y un día, revisada por la Comisión Provincial de examen de penas de Madrid, propuesta número 12.443, fechada el 18 de marzo de 1943. También este investigador hernandiano ha facilitado fichas y el expediente número 10.768 donde se certifica la resolución ministerial de fecha 10 de diciembre de 1943, de la conmutación de la pena de treinta por la de veinte años y un día de reclusión mayor con la accesorias inherentes, por estimar el caso comprendido en nº 9 del Grupo III, con las firmas del Auditor Presidente. Los vocales: Militar y Judicial y el asesor del Ministerio del Ejército. Esta pena se extinguiría el 3 de mayo de 1959. En esta sentencia puede leerse:

Hechos probados: Que el procesado Miguel Hernández Gilabert, de antecedentes izquierdistas se incorporó voluntariamente en los primeros días del Alzamiento Nacional al 5º Regimiento de milicias pasando más tarde al Comisariado Político de la 1ª Brigada de choque, e interviniendo entre otros hechos en la acción contra el Santuario de Santa María de la Cabeza. Dedicado a actividades literarias era miembro activo de la alianza de intelectuales antifascistas [sin mayúsculas] habiendo publicado numerosas poesías y crónicas contra el Movimiento Nacional, haciéndose pasar por el «Poeta de la revolución».

El Expediente Penitenciario que consta de sesenta documentos lo cedió la Dirección de Instituciones Penitenciaras a la Fundación Miguel Hernández. En el nº 1 de otoño 2003 de la revista El Eco Hernandiano aparece el artículo de su recuperación.

Pasó por un rosario de cárceles, un total de 13 prisiones: Toreno, Palencia, Yeserías, Ocaña... hasta llegar el 29 junio de 1941 al Reformatorio de Adultos de Alicante. El Reformatorio de Adultos de Alicante acogió en los primeros años de la década de los cuarenta a más de una veintena de artistas, desde pintores, dibujantes, cartelistas, escultores y grabadores hasta arquitectos y fotógrafos, pasando incluso por historiadores y críticos de arte de renombrado prestigio nacional. La revisión de la etapa carcelaria, última de la vida de Hernández, pone de manifiesto que, si no fue ejecutado fue para librar al régimen de Franco del impacto publicitario de lo que habría sido —y esta vez con plena responsabilidad institucional— una repetición del asesinato de García Lorca. Su debilitado organismo, minado por este “turismo carcelario”, la ausencia de su querida esposa, la muerte de su primer hijo, los sufrimientos de su recién nacido hijo, la derrota del bando republicano, el tifus contraído en las prisiones, no aguanta más y se le diagnóstica una “tuberculosis pulmonar aguda” que se extiende a ambos pulmones alcanzando proporciones alarmantes. Hernández agoniza y solo tras muchos esfuerzos recibe ayuda médica. Sus compañeros de cautiverio consiguen alguna que otra venda, medicina o ayuda para recuperar una salud cada vez más débil. Isabelita Masanet es la “esposa obligada a casarse por la iglesia” de Eusebio Oca, el periodista de la noche en casa de Antonio Blanca. Miguel Hernández está en la enfermería. Eusebio trabaja allí. Está condenado a más de veinte años. Su delito, ser secretario de la FUE. Coordina algún que otro envío y junto a Miguel realiza juguetes de madera, hacen tarjetas con dibujos infantiles para los hijos de los compañeros de cárcel. Miguel no tiene fuerza ni para escribir. A veces dicta sus poesías que retiene en la memoria. Los principios que movieron la vida de Miguel Hernández y su trabajo artístico (poético) fueron los mismos que defendieron y siguieron algunos de sus compañeros de prisión, como los artistas Gastón Castelló, Miguel Abad Miró, Melchor Aracil, José María Torregrosa, Vicente Olcina y el dibujante Ricardo Fuente.

Este último, que fue caricaturista en el periódico El Sol, junto al insigne Luis Bagaría, ejerciendo también como dibujante humorístico en las revistas Gutiérrez y Buen Humor, se definía en La Verdad de Murcia en 1976: “soy casi socio fundador del Reformatorio de Alicante”. La guerra civil terminó el 1 de abril de 1939 y “el dos o el tres estaría entrando yo por la puerta […] Cuando yo entraba, salían los otros. Sin duda alguna, entré el primero y no me puedo acordar exactamente el tiempo que estuve... pues sería por los 2 o 3 años”. Pese a lo que podría suponerse, Fuente contaba que no conoció a Miguel Hernández en el Reformatorio: “nosotros ya éramos amigos de antes. No puedo recordar ni cuándo ni cómo lo conocí, pero pienso que debió ser en Madrid y, por supuesto, antes de la guerra. Allí en la cárcel pronto se corrió la voz de que habían ingresado a Miguel Hernández y fue cuando nos encontramos”.

Recordaba Ricardo Fuente que no compartió celda con el poeta oriolano, “pero nos pasábamos el día juntos en el patio, dando paseos de un lado para otro. Recuerdo que gran parte del día se lo pasaba regañándome porque decía que, aunque estaba todo el día dibujando, no aprovechaba los tipos pintorescos que había en la cárcel. Y era verdad. Yo dibujaba y rompía”. No obstante, aclaraba que Miguel Hernández no estaba enfermo cuando se encontraron en el Reformatorio: “ni mucho menos. Era un hombre saludable que se pasaba el día andando y tomando el sol. Debió caer enfermo después de salir yo”, pero no podía decir cuando, porque “no he tenido en mi vida noción de las fechas”.

Añadía que en la cárcel Miguel Hernández no escribió “ni una sola línea: guardaba los versos en la cabeza. Yo le decía que se le iban a olvidar y él decía que eso era imposible […] Luego, cuando murió, me sorprendió mucho saber que había unos versos suyos escritos en la cárcel; yo, desde luego, lo desconocía”. Ricardo Fuente había supuesto que no escribía “por temor, por temor a que le rompieran los versos”.

Acerca de los famosos dibujos del poeta de Orihuela realizados en el Reformatorio, explicaba el propio Fuente que Miguel Hernández no le pidió que se los hiciera. Sobre el retrato más conocido, decía que: “yo se lo hice una tarde que estábamos solos, sentados en el patio. Se lo enseñé y se enfadó. No le gustó nada, me dijo que podría haberlo sacado por lo menos “velazqueño”... Luego el dibujo se lo di a Concha Zardoya y he perdido el original”. Fuente hablaba después del segundo dibujo: “Hay otro que le hice que me gusta más. No se ha publicado aún […] Estaba sentado en el suelo, apenas si se le veía la cara, tenía una toalla en la cabeza para que no le diera tanto el sol... Solía utilizarla muchas veces”. El madrileño desconocía o no recordaba que este dibujo sí había sido publicado por Concha Zardoya en 1955.

Don Miguel Almarcha. Arriba en 1944.

Abajo, como obispo de León ante Franco

En la cárcel, Hernández emprendió la férrea labor de dar testimonio de sus vivencias en prisión y de la vida de sus compañeros presos. “Su experiencia carcelaria trascendió lo meramente ideológico para subrayar la importancia de la actividad artística en un contexto de represión, de humillante hostigamiento físico y psicológico y de dificultades de toda clase. Pero sobre todo es ejemplar porque su producción puso de manifiesto el espíritu de lucha, la dignidad y la fortaleza de un hombre fiel a unos principios morales y a una ideología asumida en su juventud”, afirma Francisco Agramunt.

Además de lo relatado, Hernández iba escribiendo sus versos en cuadernos y hojas sueltas. Fueron estos poemas los que conformaron su último libro: Este libro —en palabras de Concha Zardoya— “es un verdadero diario íntimo: las confesiones de un alma en soledad. Son poemas breves, escritos en pocas palabras, sinceras, desnudas, enjutas. El dolor ha secado la imagen y la metáfora. Ni un rastro de leve retórica. Su dolor solo: el dolor del hombre; el sombrío horizonte de los presos, el ir a la muerte cada madrugada. Canciones y romances lloran ausencias irremediables, el lecho, las ropas, una fotografía… La esposa y el hijo le arrancan le arrancan las notas más entrañables. Ni un brillo en esta poesía requemada por el dolor, hecha ya desconsolada ceniza”.

Efectivamente, nos encontramos ante un “diario íntimo” en forma poética, en el que Miguel Hernández ha ido expresando sus meditaciones, sus sentimientos sobre el amor, la muerte o la ausencia. Algunos poemas manifiestan una unidad clara entre sí o son claras variaciones sobre el mismo tema (por ejemplo, 22 y 99). Son poemas breves, concisos, sometidos a una reducción conceptual y lingüística, que acentúa su carácter íntimo, casi secreto. De hecho, sólo aparece el dolor del hombre ante la ausencia de la mujer, del hijo y de la libertad, y la presencia de la soledad y la muerte. Cancionero y romancero de ausencias nos presenta la poesía más depurada en la forma de toda su creación. En su forma métrica, por ejemplo, utiliza en la gran mayor parte de los poemas estrofas de arte menor, de raigambre popular en las que concentra, esencializándolos, sus más sinceros y profundos sentimientos.

Cuando Hernández cae enfermo y sus dolencias se van agravando recurre por última vez a don Miguel Almarcha y éste va a verle a prisión en compañía de Gabriel Sijé, Antonio Fantucci, Alonso Ortuño y el director de la cárcel. La influencia y el poder de Almarcha, más tarde obispo de León, en esa época pudo haber servido, según algunas opiniones, para salvar la vida del poeta con un traslado a un sanatorio para enfermos de tuberculosis, el Porta Coeli de Valencia, algo que el vicario realmente propuso a Miguel Hernández. Algunos se preguntan si no podía haber ordenado dicho traslado, dadas su posición e influencias. Es algo que no podemos saber. Sí sabemos que le había pedido que se retractara de sus escritos, una “conversión” a la Iglesia y al “Movimiento Nacional” y la formalización de su matrimonio civil como matrimonio canónico (a esto último, según su esposa, había cedido, por ser en la “zona nacional” el único matrimonio legal y reconocido y así poder dejar a su mujer y su hijo una única salida para recibir ayuda). Miguel falleció días después de su entrevista con Almarcha, dejando la sensación de que la historia hubiera tenido un final diferente con una mayor implicación del religioso a la hora de servirse de sus evidentes influencias. El vicario había propuesto un traslado al sanatorio de, pero ya era tarde. Miguel no resistiría tal traslado.

Miguel Hernández, muerto. Dibujo

de Eusebio Oca, compañero de cárcel.

Sobre la relación entre Miguel Hernández y el Padre Almarcha, y, en concreto, sobre estas últimas circunstancias, resulta muy ilustrativa, por su objetividad, la ponencia «Luis Almarcha y Miguel Hernández: La amistad peligrosa» de Miguel Ángel Nepomuceno, en las Actas del II Congreso Internacional sobre Miguel Hernández (octubre de 2003).

Cada vez está menos vivo. Solo una semana antes de su muerte, con el costado supurando tras la intervención realizada para sacar un litro y medio de pus de sus pulmones, entre dolores acerbos, hemorragias agudas, golpes de tos, Miguel Hernández se va consumiendo. Inexorablemente se le dejó morir premeditadamente por falta de atención médica y de acuerdo con la política penitenciaria que en aquel entonces fomentaba la eliminación de la población reclusa por supuestas y prefabricadas causas naturales, al no haber aceptado Miguel la oferta de convertirse en un poeta públicamente arrepentido y amaestrado al servicio del franquismo. Así, fue en la prisión de Alicante donde «le fallecieron» por las miserias de la mala vida carcelaria y la desatención médica ante una grave afección pulmonar que se complica con tuberculosis. El 28 de marzo de 1942 expira a los 31 años de edad. Fue enterrado en el cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante.

Al referirse a Miguel Hernández, recordaba Ricardo Fuente que “hacia su persona [la de Miguel Hernández] no se hizo justicia, porque nada más caer enfermo se lo tenían que haber llevado a Valencia, a un sanatorio que se llamaba Porta Coeli y no se consiguió. Yo creo que no se le atendió debidamente, no ya en la cárcel, en donde apenas había medios, sino por aquellos que estaban fuera y se podían haber preocupado por su vida […] Por eso me indignó tanto el libro de Guerrero Zamora, en el que dice muchas cosas que no son ni mucho menos verdad”.

Vicente Aleixandre ante la primera

sepultura de Miguel Hernández.

Amortajado por sus propios amigos, fue conducido hasta el patio de la prisión, donde a media tarde, formada la población reclusa en perfecto duelo, la Dirección del establecimiento permitió que los presos desfilaran ante el poeta y que la banda del reformatorio interpretase la Marcha fúnebre de Chopin. El humilde ataúd fue sacado a hombros por Antonio Ramón Cuenca, Luis Fabregat, Ambrosio, Monera y Pérez Álvarez hasta el exterior del recinto, donde fue entregado a la empresa de pompas fúnebres y a la familia de Miguel. Allí esperaba un modesto coche de caballos y cinco personas: Elvira Hernández, Consuelo (una vecina de aquella), Miguel Abad Miró, Ricardo Fuente y la esposa del poeta. «El largo camino al cementerio —relata Josefina— era de bancales a un lado y a otro. Los campesinos, en el barbecho, se incorporaban apoyándose en los riñones quitándose el sombrero. Muchos de ellos se quedaban largo rato mirando el entierro». Llegados al camposanto de Nuestra Señora de los Remedios, nadie pudo quedarse a velar el cuerpo de Hernández aquella noche, por ser lugar a donde aún llevaban a fusilar a los presos condenados. Fue a la mañana siguiente cuando se le dio sepultura en el nicho 1009. Así evoca el pintor alcoyano Miguel Abad Miró, amigo de Miguel, aquellos pavorosos momentos: «salimos y, a la hora establecida, estábamos ante la puerta del reformatorio. Antes, propusimos la posibilidad de velar el cadáver, pero Sanidad dijo que no. Mientras esperábamos en la puerta, escuchamos una marcha fúnebre, interpretada por una banda de presos; a las seis de la tarde salió una tartana, con un caballo, que llevaba el cajón y detrás, una jardinera, subimos las cinco personas que estábamos allí; Josefina Manresa, su hermana Elvira, Consuelo —una vecina—, Ricardo Fuente y yo. Llegamos al cementerio, donde había seis personas más (había mucho miedo), y, con Ricardo, sacamos la caja y decidimos abrirla para ver cómo lo habían amortajado. ¡Igual está desnudo!, pensamos. Resultó que no, que estaba vestido y tenía los ojos azules abiertos, completamente. Recuerdo que dijo “ni siquiera le han cerrado los ojos”. Conseguí cerrarlos y, poco después, tras llevarlo al nicho, fue encerrado». Él y Ricardo Fuente, antes de introducir el ataúd en el hosco agujero, decidieron «abrir la caja porque no sabíamos si estaba desnudo, si estaba vestido, porque nos lo entregaron cerrado en un féretro [...] me encontré con esa cosa que aún me obsesiona: el cadáver de Miguel era una especie de ninot de falla, tan flaco, tan extremadamente flaco y con los ojos abiertos. Entonces me salió del alma el comentario: “Ni siquiera le han cerrado los ojos”. A la media hora, el director del reformatorio sabía lo que yo había dicho. Y el mismo día llamó a Ricardo Fuente, que era el último que había salido del reformatorio, para decirle que Miguel no tenía los ojos cerrados porque no se le podían cerrar». Más adelante, José Luis Ferris en su biografía del poeta presentó el parte médico, elaborado y rubricado por Pérez Miralles, en el que dicho médico certifica que Miguel padecía una enfermedad metabólica (síndrome de Kraus) que explicaría dicha circunstancia.

 

q Sus restos descansaron primero en el nicho número 1.009, cuyo epitafio decía simplemente. POETA. Posteriormente se unieron los restos de su primer hijo.

Actualmente sus restos mortales descansan en el cementerio de Nuestra Señora de los Remedios de Alicante. En 1952 cumplía el plazo para comprar el nicho, de lo contrario los restos mortales del poeta hubieran ido a la fosa común, una suscripción entre amigos, entre los que se encontraban el poeta Gabriel Celaya, María de Gracia Ifach y Vicente Ramos reunió las 2.042 pesetas que costaba. En una nueva sepultura lápida de mármol blanco, están enterrados junto a él su hijo Manuel Miguel fallecido, en 1984, y Josefina Manresa, en 1987.discreto panteón familiar. u