© José Antonio Serrano Segura, Sevilla (España) 2001

 

Miguel de Unamuno

5. Estudio monográfico de San Manuel Bueno, mártir

5.1. GÉNESIS DE LA OBRA

5.2. LOS PERSONAJES Y LOS TEMAS

5.2.1. Don Manuel

5.2.1.1. Razón y fe: verdad frente a vida

5.2.1.2. Don Manuel y Cristo

5.2.1.3. Don Manuel y Moisés

5.2.2. Ángela

5.2.3. Lázaro

5.2.4. Blasillo

5.3. VALVERDE DE LUCERNA: EL PAISAJE Y SU SIMBOLISMO

5.4. LA TÉCNICA NARRATIVA

5.4.1. El perspectivismo

5.4.2. El tiempo

5.4.3. La aparente sencillez

 

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5. Estudio monográfico de San Manuel Bueno, mártir

5.1. GÉNESIS DE LA OBRA

Unamuno escribió San Manuel Bueno, mártir en noviembre de 1930. El manuscrito de esta primera versión presenta numerosas correcciones y añadidos, que se hicieron para la primera edición en la revista «La Novela de Hoy» en 1931. La edición definitiva apareció en Espasa-Calpe en 1933, junto con otras tres historias (las comentadas anteriormente La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez y Un pobre hombre rico o el sentimiento cómico de la vida, más Una historia de amor, que había sido escrita en1911 y había quedado inédita hasta entonces).

Algunos datos permiten afirmar que Unamuno había estado pensando desde hacía años una novela cuyo tema fuera el de un sacerdote que había perdido la fe. Sin embargo, no será hasta después de determinadas lecturas y visitas a ciertos lugares (como se verá después) cuando consiga dar cuerpo novelesco a esta idea. Valgan los siguientes textos como ejemplo:

[...] me acusan de haber pervertido a curas. Empezó por uno que vino a mi casa a verme, cuando se hallaba en las garras de Nietzsche [...] Un ejemplar de cura sin fe. Y empezando por él, he venido a dar en director espiritual de algunos curas jóvenes que sienten que se les va la fe católica. (1899)

[...] hallándome pasando una Semana Santa en un célebre monasterio castellano y estando reunido con unos monjes entró el prior —un francés granítico— y con tono agrio me vino a reconvenir por mi obra Del sentimiento trágico de la vida., diciéndome que lo que allí dije es cosa que debe callarse aunque se piense, y si es posible callárselo uno a sí mismo. A lo que le repliqué que ello quería decir que él, el monje prior, se lo había dicho muchas veces a sí mismo. Y así calé el secreto de su silencio y acaso su íntimo sentimiento trágico, su íntima tragedia. (Almas sencillas, artículo. 1933)

Hace cerca de cincuenta años que no me he confesado, pero he confesado a sacerdotes, a frailes, a religiosas... Los clericales a los que les gusta la buena mesa y el vino, o que atesoran, no me interesan. Aquellos a los que les gustan las mujeres, me conmueven porque sufren. y aún iré más lejos: aquellos que han dejado de creer me interesan más porque el drama de esos hombres es atroz. Así es el héroe de mi libro: San Manuel Bueno. (1936)

Precisamente, ahora cuando estoy componiendo este prólogo, he acabado de leer la obra: O lo uno o lo otro (Enten-Eller de mi favorito Soeren Kierkegaard, obra cuya lectura dejé interrumpida hace unos años —antes de mi destierro—, [...] dice así el pasaje: «Sería la más completa burla al mundo si el que habría expuesto la más profunda verdad[1]> no hubiera sido un soñador sino un dudador. Y no es impensable que nadie pueda exponer la verdad positiva tan excelentemente como un dudador; sólo que éste no la cree. Si fuera un impostor, su burla sería suya; pero si fuera un dudador que deseara creer lo que expusiese, su burla sería ya enteramente objetiva...».

Miguel de Unamuno, por J. Gutiérrez Solana

El 1 de junio de 1930 (recordemos que terminó de escribir esta novela en noviembre de ese año) Unamuno va de excursión al lago de Sanabria (San Martín de Castañeda, provincia de Zamora), donde se conserva la leyenda de un pueblo, Valverde de Lucerna —igual nombre en la leyenda y en la novela de Unamuno—, que se halla sumergido en el lago. Luis L. Cortés y Vázquez describe así dicha leyenda:

Lago de Sanabria,

San Martín de Castañeda (Zamora)

Antiguamente, en el lugar que hoy ocupa el Lago de Sanabria —que no existía—, tenía emplazamiento Villaverde de Lucerna. Cierto día se presentó en la villa un pobre pidiendo limosna —era Nuestro Señor Jesucristo—, y en todas las casas le cerraron las puertas. Tan sólo se compadecieron de él y lo atendieron unas mujeres que se hallaban cociendo pan en un horno. Pidió allí el pobre, y las mujeres le echaron un trozo de masa al horno que, tanto creció, que a duras penas pudieron sacarlo por la boca del mismo. Al ver aquello, le echaron un segundo trozo de masa, aún más chico, que aumentó mucho más de tamaño, por lo que se hizo preciso sacarlo en pedazos. Entonces diéronle el primero que salió. Cuando el pobre fue socorrido, y para castigar la falta de caridad de aquella villa, díjoles a las mujeres que abandonaran el horno y se subieran para un alto, porque iba a anegar el lugar. Cuando lo hubieron hecho y abandonaron Villaverde, dijo el pobre:

aquí finco mi estacón,

aquí salga un gargallón;

aquí finco mi espada,

aquí salga un gargallón de agua.

Tan pronto como fueron pronunciadas estas palabras, brotó impetuoso surtidor de la tierra, que en pocos momentos anegó totalmente a Villaverde de Lucerna, quedando el lago como hoy se ve. Tan sólo quedó al descubierto una islita, que jamás se cubre en las crecidas y situada exactamente en el lugar que ocupó el horno en que fue soco- rrido el pobre. Por lo demás, el lago conservó la virtud de que todo aquel que se acercara a él en la madrugada de San Juan y se hallare en gracia de Dios oiría tocar las campanas de la sumergida Villaverde. (L. L. Cortés y Vázquez: «La leyenda del Lago de Sanabria», artículo. «Revista de Dialectología y Tradiciones Populares», IV. Madrid,1948)

 

San Manuel Bueno, mártir

edición de 1933.

 

 

 

Esta leyenda aparece en algunos textos medievales franceses del ciclo carolingio con distintas variantes. Así, según ha documentado Martín de Riquer, aparece en la Chrónica del seudo Turpín, en la que, después de narrar las distintas conquistas de Carlomagno en España, dice: «Las tomó todas menos Lucerna, que está en Valle Verde (Lucerna quae est in Valle Viridi) , que no pudo tomarla hasta el último año, porque era muy fuerte y estaba bien abastecida. Por fin la cercó y la sitió durante cuatro meses, pero cuando vio que no la podía tomar por fuerza, rezó a Dios y a Santiago. Entonces se derrumbaron los muros y quedó sin habitantes, y una gran agua, como un estanque, se alzó en medio de la ciudad, negra, oscura y horrible»[2].

Una leyenda parecida es recogida por el escritor francés Ernest Renan[3], al que Unamuno había leído y comentado: se trata de la villa de Is, sumergida en el mar y cuyas campanas pueden oírse en los días de calma. Comparemos dos afirmaciones: Renan , al comienzo de sus Souvenirs d’enfance et de jeunesse ( 1883 ) —título que Unamuno tomó prestado para sus Recuerdos de niñez y de mocedad (1908)—, escribe: «creo que a veces yo tengo en el fondo del corazón una villa de Is, que hace sonar todavía las campanas»; y Lázaro, el personaje de la novela de Unamuno, hablando a su hermana de don Manuel, le dice: «Y creo —añadía él— que en el fondo del alma de nuestro don Manuel hay también sumergida, ahogada, una villa y que alguna vez se oyen sus campanas» (v. § 5.3.). Creo que el término «diócesis de Renada» que aparece al comienzo de esta novela y que Unamuno ya había utilizado anteriormente (en un cuento de El espejo de la muerte, 1913; y en Nada menos que todo un hombre, 1916) está inspirado en el apellido de este escritor francés; lo que no es incompatible con otras interpretaciones, como la que ve una etimología artificial (Re-nada: doble nada; o renacida de re-nata)... ya sabemos que era habitual en Unamuno el jugar con varios significados etimológicos a la vez.

Curiosamente, la novela considerada más autobiográfica (en el sentido de autobiografía espiritual: «tengo la sensación de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida»; prólogo de 1932) se inspira en otras fuentes. Pero esto «nada prueba contra su objetividad, su originalidad» (que dice Unamuno en el epílogo, refiriéndose al «manuscrito» de Ángela). Además de las fuentes señaladas sobre el lago y la leyenda de la villa sumergida, Unamuno ha tenido en cuenta una novela italiana: El santo (1905-), de Antonio Fogazzaro (1842-1911). Fogazzaro era un católico convencido que, como Lázaro en los primeros momentos de su “conversión”, intentó conciliar su fe con las ideas de progreso social y científico. En la novela citada, el escenario (Vasolda de Lugano y su lago) está tomado de la misma leyenda en su versión italiana. El protagonista también está asistido por dos hermanos. Pero la obra de Fogazzaro no tiene el espíritu de la obra unamuniana. Y esa paradoja tan unamuniana a la que aludíamos (el que haya tantas fuentes en una obra tan profundamente personal) nos da un poco la clave del hacer literario del pensador vasco: lo que Unamuno toca lo convierte en creación absolutamente individual, en «hija de su espíritu», como lo era Ángela del de don Manuel. De ahí que el mismo autor parezca encarnarse en sus personajes.

5.2. LOS PERSONAJES Y LOS TEMAS

A los pocos meses de aparecer la primera edición de San Manuel Bueno, mártir, Gregorio Marañón publica un artículo en el diario «El Sol»[4] en el que ya se analizan algunos de los aspectos más significativos de la obra. En él dice: «Personajes, lo que se dice personajes de carne y hueso, ninguno[5]. Almas, cuatro: un cura, una muchacha, un hombre y un idiota. Almas que pasan sin vestimenta humana. No nos dice el autor si sus cuerpos eran altos o bajos[6], fuertes o débiles. Pueden ser como se quiera. Apenas nos dice tampoco el sexo, porque en esta ficción de Unamuno, como en casi todas las suyas, las personas no son hombres y mujeres, sino padres e hijos; y ésta es una de las características de su obra. A menudo llama maternal al alma de un hombre [...]».

Así, a don Manuel se le llama «aquel varón matriarcal»: hombre a la vez que «madre» de sus hijos espirituales de Valverde de Lucerna; «madre» porque la función educadora del espíritu está asignada en la familia tradicional cristiana a la madre. Pero como veremos (§ 5.2.2.) estos papeles (madre/padre/hijo, -a) pueden conmutarse.

5.2.1. Don Manuel

Don Manuel, por sobrenombre Bueno (como Alonso Quijano antes y después de ser don Quijote; es decir, cuando está “en su sano juicio”, cuando no “sueña”) , párroco de Valverde de Lucerna, es el personaje central de la obra. La novela se organiza en torno a su lucha interior y su comportamiento para con el pueblo. La clara contradicción (o, si se quiere, agonía) que se manifiesta entre estos dos aspectos de su personalidad, hace que podamos considerar al personaje como la personificación de la suprema paradoja unamuniana. Esta contradicción, asumida por el personaje y funcionalmente operativa como motor de toda la trama novelesca, se produce por la voluntad de vivir como creyente y la imposibilidad de creer. Personaje y vida agónicos: la vida la siente el personaje como un continuo combate «sin solución ni esperanza de ella» entre la realidad y su deseo, entre la razón y la fe; y, aceptando como única verdad sólida el amor al semejante (es decir, la caridad), imponiendo esta verdad sobre todas las demás verdades en su conciencia («aunque el consuelo que les doy no sea el mío»).

5.2.1.1. Razón y fe: verdad frente a vida

Éste es, sin duda, el tema central sobre el que se construye toda la novela. Don Manuel no es creyente, pero actúa como si lo fuera, y comunica al pueblo la fe que él no tiene o, según las palabras finales de Ángela, que cree creer que no tiene. ¿Cómo justificar su conducta? Pocos días antes de su muerte, Unamuno, en una entrevista[7] concedida al escritor griego Nikos Kazantzaki, declaraba:

—El rostro de la verdad es terrible. ¿Cuál es nuestro deber? Ocultar la verdad al pueblo. El Antiguo Testamento dice: «El que mire a Dios a la cara, morirá». Él mismo Moisés no pudo mirarlo a la cara. Lo vio por detrás, y solamente el faldón de su vestido. Así es la vida. Engañar, engañar al pueblo para que el miserable tenga la fuerza y el gusto de vivir. Si supiera la verdad, ya no podría, ya no querría vivir. El pueblo tiene necesidad de mitos, de ilusiones; el pueblo tiene necesidad de ser engañado. Esto es lo que lo sostiene en la vida. Justamente acabo de escribir un libro sobre este asunto. Es el último.

Está sobreexcitado, sus venas se llenan de sangre, sus mejillas se tiñen de púrpura, su busto se endereza. Se diría que rejuvenece.

De un salto, se aproxima a la biblioteca, coge un libro, escribe apresuradamente algo en la guarda y me lo tiende:

—Tome. Léalo y verá. Mi héroe (se trata del mártir San Manuel Bueno) ha dejado de creer. No obstante, continúa luchando para comunicar al pueblo la fe que él no tiene, ya que sabe que sin la fe, sin la esperanza, el pueblo no tiene la fuerza de vivir.

Esta noción de fe como necesidad para la vida le hace escribir en su artículo Almas sencillas , de 1933:

[...] hay que despertar al durmiente que sueña el sueño que es la vida. y no hay temor, si es alma sencilla, crédula, en la feliz minoría de edad mental, de que pierda el consuelo del engaño vital. Al final de mi susodicha historia digo que si don Manuel Bueno y su discípulo Lázaro hubiesen confesado al pueblo su estado de creencia —o mejor de no creencia—, el pueblo no les habría entendido ni creído, que no hay para un pueblo como el de Valverde de Lucerna más confesión que la conducta, «ni sabe el pueblo qué cosa es fe ni acaso le importa mucho». Y he de agregar algo más, que ya antes de ahora lo he dicho, y es que cuando por obra de caridad se le engaña a un pueblo, no importa que se le declare que se le está engañando, pues creerá en el engaño y no en la declaración. «Mundus vult decipi»; el mundo quiere ser engañado. Sin el engaño no viviría. ¿La vida misma no es acaso un engaño?

¿Pesimismo? Bien; ¿y qué? Sí; ya sabemos que el pesimismo es lo nefando. Como en más baja esfera eso que los retrasados mentales llaman derrotismo. ¡Se paga tan cara una conciencia clara! ¡Es tan doloroso mirar a la verdad! Terrible, sí, la angustia metafísica o religiosa, la congoja sobrenatural, pero preferible al limbo. Y hay algo más hondo aún y es lo que Baudelaire llamó «un oasis de horror en un desierto de hastío».

Unamuno, por Daniel Vázquez Díaz

Visto todo esto, podemos apreciar el sentido unamuniano de algunas afirmaciones de su personaje don Manuel Bueno:

v          Lo primero, es que el pueblo esté contento, que estén todos contentos de vivir. El contentamiento de vivir es lo primero de todo.

v          ¡Ay, si pudiese cambiar el agua toda de nuestro lago en vino, en un vinillo que por mucho que de él se bebiera alegrara siempre, sin emborrachar nunca... o por lo menos con una borrachera alegre!

v          Y ahora —añadió—, reza por mí, por tu hermano, por ti misma, por todos. Hay que vivir. Y hay que dar vida.

v          La verdad., Lázaro, es acaso algo terrible, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella [...] Yo estoy para hacer vivir las almas de mis feligreses, para hacer que se sueñen inmortales, no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían.

Unamuno: El Cristo de Velázquez

5.2.1.2. Don Manuel y Cristo

En numerosas ocasiones a lo largo de la novela se establece el paralelismo, cuando no identificación simbólica, entre don Manuel y Cristo. Los dos tienen el mismo nombre: Manuel (o Emmanuel), que en hebreo significa “Dios con nosotros”. Aplicado ese significado a la figura del sacerdote parece querer indicar que su presencia entre el pueblo de Valverde equivale a la de Cristo entre los hombres. Efectivamente, esta identificación alcanza su sentido pleno en la secuencia en la que don Manuel le pide a Ángela que rece «también por Nuestro Señor Jesucristo»: al llegar a su casa, ésta recuerda las palabras «de nuestros dos Cristos, el de esta tierra y el de esta aldea».

Estas palabras son las que se han venido repitiendo a lo largo de la narración. La voz de don Manuel, a la que ya se ha calificado de «divina» , exclama con especial énfasis, durante el Viernes Santo: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?». Entonces, cuenta Ángela, «era como si oyesen a Nuestro Señor Jesucristo, como si la voz brotara de aquel viejo crucifijo». Las mismas palabras se van repitiendo como el eco en la voz de Blasillo el bobo. Y para reforzar la identificación, cuando Lázaro está a punto de revelar a Ángela el secreto de don Manuel, es interrumpido por la voz de Blasillo, que va gritando por las calles dicha frase. «Lázaro se estremeció creyendo oír la voz de don Manuel, acaso la de Nuestro Señor Jesucristo».

Por último, debe tenerse muy en cuenta la confesión de don Manuel a Lázaro, que éste cuenta a su hermana después de la muerte del sacerdote: «creía [don Manuel] que más de uno de los más grandes santos, acaso el mayor, había muerto sin creer en la otra vida». Naturalmente la referencia es Cristo[8]. Con ello, se pretende destacar la naturaleza humana de Cristo sobre la divina, en la que don Manuel no creía, que queda subrayada por la interrogación «¿Por qué me has abandonado?», que para don Manuel vendría a significar la pérdida de la fe del mismo Jesucristo.

5.2.1.3. Don Manue1 y Moisés

En varias ocasiones se hace referencia en la novela a la figura de Moisés: él condujo a su pueblo hacia la tierra prometida, aunque murió a sus puertas, sin llegar a entrar en ella por no haber creído la promesa de Dios. El paralelismo con don Manuel es evidente, y él mismo lo recuerda antes de morir:

[...] y el Señor le mostró toda la tierra prometida a su pueblo, pero diciéndole a él: «¡No pasarás allá!» Y allí murió Moisés y nadie supo su

sepultura. Y dejó por caudillo a Josué. Sé, tú, Lázaro, mi Josué [...]. Como Moisés, he conocido al Señor, nuestro supremo ensueño, cara a cara, y ya sabes que dice la Escritura que el que le ve la cara a Dios, que el que le ve al sueño los ojos de la cara con que nos mira, se muere sin remedio y para siempre. Que no le vea, pues, la cara a Dios este nuestro pueblo mientras viva, que después de muerto ya no hay cuidado, pues no vera nada...

Este paralelismo lo había puesto ya de manifiesto Ángela al comienzo de su narración: «Después, al llegar a conocer el secreto de nuestro santo, he comprendido que era como si una caravana en marcha por el desierto, desfallecido el caudillo al acercarse al término de su carrera, le tomaran en hombros los suyos para meter su cuerpo sin vida en la tierra de promisión».

Veamos también unas palabras de Unamuno en uno de sus artículos en prensa («La soledad de Moisés») :

¡La soledad de Moisés! ¡La soledad del conductor de almas! Iba al frente de su pueblo y no podía mirar hacia atrás, a su espalda, hacia su pueblo, y como delante de él no veía hombres, encontrábase solo, enteramente solo [...] ¡Cosa terrible verse en la vanguardia del ejército que avanza a la muerte!

5.2.2. Ángela

La presencia de los hermanos Ángela y Lázaro en la obra actúa como dos polos contrapuestos que van acercándose a la figura central de don Manuel. Ángela parte de una fe firme. Lázaro, como veremos, desde el ateo convencido que es, además, anticlerical. Por lo tanto, aunque pueden ser analizados en su individualidad, siempre hay que tener en cuenta su posición subordinada al protagonista. No es que sean menos “importantes“. Importan —y mucho— porque sólo a través de ellos podemos conocer al protagonista desde un complicado “mecanismo” de puntos de vista (v. § 5.4.1.).

En cuanto a Ángela, la etimología de su nombre nos pone en la pista de una de las funciones que desempeña en la novela. “ángel” proviene del griego “ánguelos”, que significa “mensajero”. Uniendo el prefijo “eu-” formamos “evangelista” ; es decir, “el buen mensajero” , “el mensajero de la buena nueva”. Ángela narra la vida de un hombre al que se pretende beatificar. Es, pues, su “evangelista”, la transmisora de la “buena nueva” de la vida del santo.

Las distintas funciones que desempeña este personaje han sido muy bien destacadas por Ricardo Gullón («Relectura de San Manuel, Bueno», artículo, en «Letras de Deusto», 7. 1977). Dichas funciones (mensajera, narradora, testigo, ayudante, confesante, confesora e hija-madre) se entrecruzan en su narración ( de ahí la complejidad de su figura), pero son separables en el análisis:

v      Mensajera o evangelista: tal como explicamos más arriba.

v      Narradora: como tal aparece desde el comienzo. No omnisciente, sino limitada a lo conocido por su experiencia. Se dirige a un lector indeterminado («sólo Dios sabe, que no yo, con qué destino...»).

v      Testigo: refiere lo visto y oído, formando ella misma parte de lo narrado. Pero también refiere lo sentido, incorporándolo a su testimonio. Así, lo objetivo de su narración se mezcla con lo subjetivo. Además (v. § 5.4.2.), su narración tiene lugar mucho después de los hechos ocurridos, con lo que sus recuerdos mezclan sucesos en el tiempo y no le ofrecen garantía de objetividad: «y yo no sé lo que es verdad y lo que es mentira, ni lo que vi y lo que sólo soñé —o mejor lo que soñé y lo que sólo vi—, ni lo que supe ni lo que creí [...] ¿Es que sé algo?, ¿es que creo algo? ¿Es que esto que estoy aquí contando ha pasado y ha pasado tal como lo cuento? ¿Es que pueden pasar estas cosas? ¿Es que esto es más que un sueño soñado dentro de otro sueño?».

v      Ayudante: como personaje que no sólo participa de lo narrado, sino que interviene como parte activa en ello: «le ayudaba en cuanto podía en su ministerio».

v      Confesante y confesora: Al comienzo de su relato, declara que quiere que su narración lo sea «a modo de confesión», con lo que su punto de vista, si no objetivo, se supone que parte de la sinceridad, de querer contar lo que se cree que es la verdad. También nos cuenta su papel de confesante con don Manuel en el sacramento de la confesión. Pero este papel de confesante poco a poco se va invirtiendo («volví a confesarme con él para consolarlo») para convertirse en confesora de don Manuel, hasta llegar el momento en que, tras escuchar la “confesión” de Lázaro, conociendo ya el secreto de don Manuel, vuelve al tribunal de la penitencia. Y en ese momento es ella la que hace la pregunta fundamental a don Manuel: «¿cree usted?». De donde, y después de la tácita respuesta negativa, se deriva la petición del sacerdote: «Y ahora, Angelina, en nombre del pueblo, ¿me absuelves? [...] —En nombre de Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo, le absuelvo, padre.»

v      Hija-madre del protagonista. Ya hacíamos mención a la relación paterno-filial o materno-filial de los personajes de Unamuno. Como hija, don Manuel es su «padre espiritual», padre de su espíritu, en el sentido de formarlo. Pero, conforme va introduciéndose en los recovecos del espíritu del sacerdote, va transformándose y adaptándose a su nuevo papel: «Empezaba yo a sentir una especie de afecto maternal hacia mi padre espiritual; quería aliviarle del peso de su cruz de nacimiento». Y del momento en que acabó de confesar al sacerdote, escribe: «Y salimos de la iglesia, y al salir se me estremecían las entrañas maternales.»

5.2.3. Lázaro

El simbolismo de este nombre resulta bien claro: Unamuno lo escogió para recordar al Lázaro del Evangelio, a quien Cristo resucita. Don Manuel “resucita” el espíritu de Lázaro a su “fe” , para su “religión”.

El personaje de Lázaro opone al principio su razón a la fe que predica don Manuel: es él el que había enviado a Ángela al colegio (aunque fuera: un colegio de monjas, ya que «no hay colegios laicos y progresivos»; a su vuelta quiere que vayan «a vivir a la ciudad, acaso a Madrid» porque «en la aldea —decía— se entontece, se embrutece y se empobrece uno»; su actitud es no sólo irreligiosa, sino anticlerical; vida rural y religiosidad se sintetizan en él en dos adjetivos utilizados despectivamente : feudal y medieval .

Su reacción inicial al conocer y oír a don Manuel es de asombro desconfiado: «no es como los otros , pero a mí no me la da; es demasiado inteligente para creer todo lo que tiene que enseñar»; «¡No, no es como los otros —decía—, es un santo!». Pero es precisamente porque don Manuel sabe que Lázaro no se dejará engañar por lo que le confesará la verdad que le atormenta («Porque si no [le dice don Manuel] me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás»). Y le convencerá también de que al pueblo hay que dejarle en paz —en fe— para que viva feliz; incluso manteniéndole en sus creencias supersticiosas que para ellos, los del pueblo, son verdaderas manifestaciones de su religiosidad.

 

Unamuno de la cuartilla blanca,

por Daniel Vázquez Díaz

 

Con Lázaro se introduce en la novela un nuevo tema: el de si es útil (para la felicidad del pueblo) preocuparse de los problemas sociales: «Y Lázaro, acaso para distraerle más, le propuso si no estaría bien que fundasen en la iglesia algo así como un sindicato católico agrario». La respuesta de don Manuel es tajante: «¿Sindicato? y ¿qué es eso? Yo no conozco más sindicato que la Iglesia, y ya sabes aquello de “mi reino no es de este mundo”». Esta reacción de don Manuel nos recuerda la del propio Unamuno al «Manifiesto» de «Los Tres» (Baroja, Azorín. y Maeztu): «No me interesa, sino secundariamente, lo de la repoblación de los montes, cooperativas de obreros campesinos, cajas de crédito agrícola y los pantanos [...] Lo que el pueblo español necesita es cobrar confianza en sí [...] tener un sentimiento y un ideal propios acerca de la vida y de su valor».

La actitud de don Manuel se hace dolorosamente explícita: «¿Cuestión social? Deja eso, eso no nos concierne. Que traen una nueva sociedad, en que no haya ni ricos ni pobres, en que esté justamente repartida la riqueza, en que todo sea para todos, ¿y qué? ¿Y no crees que del bienestar general surgirá más fuerte el tedio de la vida? Sí, ya se que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo[9] [...] Opio... opio... Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe». Y en la secuencia anterior le dice: «no protestemos, la protesta mata el contento». «No aparece aquí esta idea —escribe Carlos Blanco Aguinaga[10]—por primera vez en la obra de Unamuno (sobre todo durante esta época, en que empezaba a sentir la inutilidad de todo esfuerzo histórico); pero rara vez antes se había expresado con tan definitiva convicción. Que «la protesta mata el contento», ya lo decía muchos años antes, en Del sentimiento trágico de la vida; sólo que en aquella obra, dedicado Unamuno plenamente a difundir el ideal agónico-quijotesco de la existencia, añadía: «por lo tanto, protestemos; porque el contento, la felicidad resignada en la costumbre, es la muerte”».

En su artículo «Almas sencillas», de 1933 (v. § 5.2.1.1.), escrito «a propósito de la primera de estas cuatro historias, la de San Manuel Bueno», dice: «¡Si fuera posible una comunidad sólo de niños, de almas sencillas, infantiles! ¿Felicidad? No, sino inconsciencia [...] Quítesele su religión, su ensueño de limbo, esa religión que Lenin[11] declaró que era el opio del pueblo, y se entregará a otro opio, al opio revolucionario de Lenin. Quítesele su fe —o lo que sea— en otra vida ultraterrena, en un paraíso celestial, y creerá en esta vida sueño, en un paraíso terrenal revolucionario, en el comunismo o en cualquier otra ilusión vital. Porque el pobre tiene que vivir. ¿Para qué? No le obligues a que se pregunte en serio para qué, porque entonces dejaría de vivir vida que merezca ser vivida.»

«Nada, pues, —sigue escribiendo Blanco Aguinaga— más lejos del Unamuno agonista y despertador de conciencias que el creador de este párroco (llamado Manuel, no lo olvidemos) y de este Lázaro [...] Con la creación de estos dos personajes que, a falta de fe, buscaban la paz para sí y para sus hijos y hermanos todos, Unamuno, como un Alonso Quijano el Bueno a punto de morir, parece renegar de su vida de luchador para volver al seno más negativo de la parte contemplativa de su ser que en aquellos días de profunda depresión creía más suya.»

5.2.4. Blasillo

Blasillo representa el grado máximo de la fe ciega, inocente, que don Manuel (y, según acabamos de ver, el último Unamuno) desea y predica para su pueblo. El personaje está tratado con gran cariño (el amor que Unamuno sentía por los disminuidos físicos —el término médico es «idiota», «idiotismo» o «idiocia»— parece que arranca de la experiencia personal con su hijo Raimundo, muerto a los seis años tras desarrollar una idiocia hidrocefálea.

Blas, el bobo, viviente en la inconsciencia, repite como un eco palabras del párroco, cuyo sentido ignora; recorre el pueblo clamando «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» y al hacerlo subraya sin quererlo la más enigmática de las frases divinas que pronuncia don Manuel desde su conciencia más lúcida. Así, lo racional (en sentido estricto, la negación de la divinidad de Cristo) desciende a lo irracional de la fe popular encarnada en Blasillo.

Cuando don Manuel muere, Blasillo muere —en el manuscrito de 1930 no ocurría así; la muerte de Blasillo se añade en la última redacción—. De esta forma, se culmina simbólicamente la identificación del pueblo con su párroco. Al faltar la voz “divina”, el eco carece de función, pues el vacío no admite resonancia. El resto es silencio: recuérdese el pasaje del credo, imposible de acabar sin la ayuda de quienes, con su fe, transportan al que calla cuando llegan las palabras indecibles. Igual sentido tiene la muerte de Lázaro, continuador del empeño ilusionante, pero sin fuerza ya para continuarlo.

El profesor Antonio Sánchez Barbudo[12] ve en el nombre de este personaje una alusión a la figura del filósofo francés Blas Pascal (1623-1662). Recordemos dos pasajes de la novela. En el primero, a punto de morir la madre de Lázaro, don Manuel le dice a este: «Dile que rezarás por ella, a quien debes la vida, y sé que una vez que se lo prometas rezarás, y sé que luego que reces...». El segundo, poco después, cuando don Manuel revela a Lázaro su secreto: «Toma agua bendita, que dijo alguien, y acabarás creyendo».

Ese «alguien» al que no nombra don Manuel es Pascal, que en sus Pensamientos escribe: «Queréis llegar a la fe y no conocéis el camino [...] aprended de quienes han estado atados como vosotros [...] Seguid la manera como han comenzado; haciéndolo todo como si creyeran, tomando agua bendita, haciendo decir misas, etcétera. Naturalmente, esto os hará creer y os embrutecerá». En La agonía del cristianismo, hay un capítulo titulado La fe pascaliana en el que Unamuno escribe: «En otra parte nos habla de “personas sencillas que creen sin razonar” [...] El pobre matemático, “caña pensante”, que era Pascal, Blas Pascal [...] buscaba una creencia útil que le salvara de su razón. Y la buscaba en la sumisión y en el hábito. “Eso os hará creer y os entontecerá”». (V. en ANEXO el texto del Juan de Maireena —1934-1936— de Antonio Machado en el que se ofrece una visión irónicamente humorística de esta idea).

5.3. VALVERDE DE LUCERNA: EL PAISAJE y SU SIMBOLISMO

Ya hemos dicho (§ 4.2.4.) que ésta es la única novela —si exceptuarnos Paz en la guerra (1897), en la que el escenario es real, el Bilbao de su infancia— en que Unamuno enmarca la acción en un lugar, un paisaje concretos. Sobre esto nos dice en el prólogo: «Escenario hay en San Manuel Bueno, mártir, sugerido por el maravilloso y tan sugestivo lago de San Martín de Castañeda, en Sanabria, al pie de las ruinas de un convento de bernardos y donde vive la leyenda de una ciudad, Valverde de Lucerna, que yace en el fondo de las aguas del lago». Ya hemos estudiado el origen de esta leyenda (v. § 5.1.). Ahora veremos cómo emplea Unamuno los elementos de este paisaje concreto para convertirlos en símbolos relacionados con los temas y, por lo tanto (v. § 5.2.), con los personajes de esta novela.

Ante todo, recordemos unas palabras de Unamuno, ya citadas con anterioridad (v. § 4.2.2.), pero que ahora adquieren una importancia capital para la comprensión del sentido más profundo de esta obra:

Esta vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo del mismo mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que suele ir a buscar al pasado enterrado en los libros y papeles y monumentos y piedras.

Unamuno utiliza la leyenda de la ciudad sumergida en una doble intención simbólica:

Por una parte, es símbolo de la intrahistoria del pueblo. Representa el recuerdo de los muertos de la aldea, de los antepasados que hicieron posible la vida que hoy tiene el pueblo. Para Unamuno, los muertos forman parte de la existencia de los vivos, viven en ellos. Eso es lo que se nos quiere decir con la leyenda del sonido de las campanas de la aldea sumergida, que ellos pueden escuchar. Para el pueblo, el lago azul refleja el cielo de la vida eterna prometida, vida eterna de la que ya gozan los antepasados.

En segundo lugar, la leyenda de la villa sumergida en el lago tiene un simbolismo distinto en el plano individual de la conciencia del protagonista. No se nos dice de forma explícita, al describirlo físicamente al comienzo de la narración, que sus ojos sean azules, sino que «había en sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago». Más adelante, y utilizando nuevamente el lago como término dé comparación, sí se dice: «Leí no sé qué honda tristeza en sus ojos, azules como las aguas del lago», uniendo este rasgo a un estado interior cuyo origen todavía no puede explicarse. Obsérvese que esto lo escribe la narradora al contar cómo ella había expuesto al sacerdote sus dudas sobre la existencia del infierno. Este lago —insistamos: el de la villa sumergida de los antepasados muertos— refleja el azul del cielo en los ojos azules de don Manuel, que no cree en él. Por esto la tentación del suicidio, que dice haber heredado de su padre —o la equivalente de «dormir, dormir sin fin, dormir por toda una eternidad y sin soñar», que dirá después, al llegar su hora— es mayor a orillas del lago. Así lo cuenta Lázaro a su hermana:

«Pero la tentación del suicidio es mayor aquí, junto al remanso que espeja de noche las estrellas, que no junto a las cascadas que dan miedo.»

Vista del lago de Sanabria.

—¡Qué hombre! —me decía—. Mira, ayer, paseando a orillas del lago, me dijo: «He aquí mi tentación mayor .» Y como yo le interrogase con la mirada, añadió: «Mi pobre padre, que murió de cerca de noventa años, se pasó la vida, según me lo confesó él mismo, torturado por la tentación del suicidio, que le venía no recordaba desde cuándo, de nación, decía, y defendiéndose de ella. Y esa defensa fue su vida. Para no sucumbir a tal tentación extremaba los cuidados por conservar la vida. Me contó escenas terribles. Me parecía como una locura. Y yo la he heredado. ¡Y cómo me llama esa agua que con su aparente quietud —la corriente va por dentro— espeja al cielo! ¡Mi vida, Lázaro, es una especie de suicidio continuo, un combate contra el suicidio, que es igual; pero que vivan ellos, que vivan los nuestros!» Y luego añadió: «Aquí se remansa el río en lago, para luego, bajando a la meseta, precipitarse en cascadas, saltos y torrenteras por las hoces y encañadas, junto a la ciudad, y así se remansa la vida, aquí, en la aldea. Pero la tentación del suicidio es mayor aquí, junto al remanso que espeja de noche las estrellas, que no junto a las cascadas que dan miedo. Mira, Lázaro, he asistido a bien morir a pobres aldeanos, ignorantes, analfabetos que apenas si habían salido de la aldea, y he podido saber de sus labios, y cuando no adivinarlo, la verdadera causa de su enfermedad de muerte, y he podido mirar, allí, a la cabecera de su lecho de muerte, toda la negrura de la sima del tedio de vivir. ¡Mil veces peor que el hambre! Sigamos, pues, Lázaro, suicidándonos en nuestra obra y en nuestro pueblo, y que sueñe éste su vida como el lago sueña el cielo.»

A partir del lago surgen otros símbolos. La montaña, símbolo de la fe firme del pueblo, se eleva hacia el cielo. Sus nieves blancas son como agua quieta fuera del tiempo, símbolo de la vida eterna en que confían los habitantes de la aldea. Pero, para don Manuel, el mayor misterio es el de «la nieve cayendo en el lago y muriendo en él mientras cubre con su toca la montaña». El misterio de la nieve es el misterio de la fe: para unos, firme; para él, diluida en la conciencia de la muerte. Obsérvese el sentido que puedan tener estas palabras de Ángela, cuando al comienzo de su narración describe el rezo en coro del Credo: «y no era un coro, sino una sola voz, una voz simple y unida, fundidas todas las voces en una y haciendo como una montaña, cuya cumbre, perdida a las veces en nubes, era don Manuel. Y al llegar a lo de “creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable”, la voz de don Manuel se zambullía, como en un lago, en la del pueblo todo, y era que él se callaba.» En otro momento dice Lázaro, dirigiéndose a su hermana: «Creo que en el fondo del alma de nuestro don Manuel hay también sumergida, ahogada, una villa y que alguna vez se oyen sus campanadas.»

Y un último detalle: «llevaba la cabeza como nuestra Peña del Buitre lleva su cresta». Recuérdese que ya en 1910, en su soneto titulado A mi buitre (v. § 4.3.) utiliza éste como símbolo de la angustia existencial. El buitre («que me devora las entrañas fiero», se dice en el poema) recuerda el águila del mito de Prometeo: este titán robó en el cielo el fuego, la luz símbolo de la razón, para dárselo a los hombres; como castigo, Zeus le condenó a ser encadenado en las montañas del Cáucaso, donde un águila le roía el hígado, que volvía a crecer sin cesar.

5.4. LA TÉCNICA NARRATIVA

5.4.1. El perspectivismo

«Con motivo de la publicación de mi reciente obra San Manuel Bueno, mártir, y tres historias más, —escribe Unamuno en su artículo Almas sencillas, citado en § 5.1. y otros— y a propósito de la primera de estas cuatro historias, la de San Manuel Bueno, he podido darme cuenta otra vez más de la casi insuperable dificultad para las gentes de separar el juicio estético del juicio ético, la idealidad de la moralidad, y por otra parte, separar la ficción artística de la realidad natural. Y es que en rigor son cosas inseparables.»

Tan inseparables que él mismo escribió en el prólogo de la novela, como ya se ha dicho, «tengo la sensación de haber puesto en ella [la novela, es decir, la ficción artística] todo mi sentimiento trágico de la vida [la moralidad, la realidad natural]».

Sin embargo, Unamuno pretende distanciarse de lo narrado escogiendo a Ángela para que sea ella la que cuente la historia. Unamuno podía haber utilizado distintos procedimientos para escribir la novela. Podía, por ejemplo, haber utilizado un narrador omnisciente y haber narrado en tercera persona, que es el modo tradicional de la narración. Sin embargo ha acudido al punto de vista del narrador-testigo (narradora, en este caso).

Hablamos de perspectivismo porque no conocemos al protagonista de una forma “objetiva”, sino a través del punto de vista de la narradora que, además, escribe en un tiempo alejado de los hechos, en que, como hemos visto, la memoria nivela los hechos recordados. También hay que tener en cuenta que en numerosas ocasiones ella cuenta hechos que le fueron narrados, a su vez, por otra persona (bien su hermano Lázaro, bien alguien indeterminado —«se decía que...»—). O bien, Ángela cuenta que su hermano le contó que don Manuel le dijo que... (v. § 5.2.2.)

Además, el hecho de que haya dos modos de concebir la realidad tan distintos como el del creyente y el del no creyente (decimos modos distintos de concebir la realidad en cuanto a que esa realidad de la que se habla es fundamentalmente la realidad existencial de los personajes principales) ofrece una doble perspectiva. Antes de morir, Lázaro, por ejemplo, ofrece su visión no creyente de la “verdad”: la religión y, con ella, la fe en una vida perdurable son una ilusión en la que hay que mantener al pueblo. Ángela encuentra una solución creyente a su “verdad”: «Y es que creía y creo que Dios Nuestro Señor, por no sé qué sagrados y no escudriñaderos designios, les hizo creerse incrédulos. Y que acaso en el acabamiento de su tránsito se les cayó la venda» (pero, para mayor confusión del lector, escribe inmediatamente a continuación: «¿Y yo, creo?»).

Unamuno ha elegido, como acabamos de decir, la forma narrativa del narrador-testigo para distanciarse de lo narrado y no comprometerse. Sólo habla al final para comentar la ficción del manuscrito encontrado (que ya utilizara, por ejemplo, Cervantes en el Quijote) y decir únicamente lo que él cree que hubiera ocurrido en caso de que don Manuel hubiera revelado su secreto al pueblo. Además hace una advertencia al lector (y que no es una «coda innecesaria», como cree Víctor García de la Concha, porque en el asunto que comenta ahora Unamuno sí quiere dejar claro cuál es su punto de vista, aunque —y quizá por ello mismo— no sea lo habitual en él):

Unamuno, por Daniel Vázquez Díaz

Y ahora, antes de cerrar este epílogo, quiero recordarte, lector paciente, el versillo noveno de la Epístola del olvidado apóstol San Judas —¡lo que hace un nombre!—, donde se nos dice cómo mi celestial patrono, San Miguel Arcángel —Miguel quiere decir «¿Quién como Dios?», y arcángel, archimensajero—, disputó con el diablo —diablo quiere decir acusador, fiscal— por el cuerpo de Moisés y no toleró que se lo llevase en juicio de maldición, sino que le dijo al diablo: «El Señor te reprenda.» Y el que quiera entender que entienda.

¿Qué es lo que debe el lector entender? Lógicamente, que no debe condenar a don Manuel por predicar (como Moisés) lo que no creía. El autor toma al final partido; asume su función de creador y, como tal, juzga a su criatura para salvarla. De esta forma separa más claramente las figuras de autor-creador y personaje. Sobre esto, dice en el anteriormente citado artículo Almas sencillas:

[...] he sostenido —y sigo sosteniendo— que no es el autor de una novela —así sea Cervantes— quien mejor conoce las intimidades de ella y que son nuestras criaturas las que se nos imponen y nos crean. Y en otra ocasión, al interpelarme un ingenuo, con ánimo pueril, por qué le había hecho decir a uno de mis personajes algo de lo que dijo, hube de replicarle: «eso pregúnteselo usted a él». Porque es triste achaque de ineducación estética el suponer que es el autor mismo quien habla por boca de sus criaturas.

Así, salvando el juicio moral sobre su personaje, deja en libertad al lector, aceptando de antemano las múltiples lecturas que pueda generar su obra.

5.4.2. El tiempo

Valverde de Lucerna no es un lugar histórico, sino intrahistórico, como lo es el tiempo en que transcurre la acción. Ésta no tiene lugar hoy, ni lo tiene ayer, sino que se va desarrollando en un tiempo que está fuera de esas coordenadas temporales. Un tiempo al que podríamos llamar siempre.

El relato está enmarcado por la palabra ahora:

Ahora que el obispo de la diócesis de Renada, a la que pertenece esta mi querida aldea de Valverde de Lucerna, anda, a lo que se dice, promoviendo el proceso para la beatificación de nuestro don Manuel [...].

Y al escribir esto ahora, aquí, en mi casa materna, a mis más de cincuenta años [...].

El tiempo de la novela transcurre entre esos dos momentos (que en realidad son el mismo) tan inconcretos. Esta inconcreción temporal se ve reflejada además en el uso frecuente del pretérito imperfecto, que no da referencia temporal precisa, sin indicar tampoco el final de la acción, situando al lector en su desarrollo. De esta forma los hechos narrados —exceptuando lógicamente los que son imprescindibles para entender la trama argumental— parecen desarrollarse en ese largo e impreciso transcurso temporal al que hemos llamado siempre. De don Manuel se dice que trabajaba, solía hacer, se interesaba, solía acompañar, hacía, consolaba, decía...

Así, observamos las acciones de don Manuel como algo cotidiano, que no se realiza en un momento concreto, sino frecuentemente, adquiriendo de esta forma el carácter de ejemplaridad.

5.4.3. La aparente sencillez

Desde que empezamos la lectura nos llama la atención la gran sencillez de la prosa de este relato, su aparente carencia de recursos retóricos. Prosa, al parecer, sin pretensiones, dirigida exclusivamente a narrar con fidelidad ciertos hechos tal y como han sucedido. El estilo parece adecuado al personaje, que no duda en usar en ocasiones del léxico rural o arcaico que suponemos natural a quien vive en tan recóndita aldea.

¿Primitivismo natural o influencia de aquellos clásicos que leía el padre de la narradora y, después, ella misma? En seguida pueden apreciarse ecos de Santa Teresa quien, como Ángela, había tenido amistad con una joven que se le «aficionó desmedidamente» y que también había «leído historias» y «devorado ensueños» en ellas. Poco más adelante, ya propósito de ciertos pensamientos complejos que ella quiere consultar con don Manuel, éste le aconseja que no pierda el tiempo en sutilezas, que «todo eso es literatura». «No te des demasiado a la lectura, ni siquiera a Santa Teresa». El parentesco entre la prosa autobiográfica de ésta y la de Ángela Carballino es evidente desde el principio en el estilo sencillo, en la frase lacónica, ceñida a lo esencial; pero que, como vimos al hablar del simbolismo, guarda significaciones más profundas que las que puedan observarse en una primera lectura.

Situándonos de nuevo al comienzo del relato resulta evidente que la narradora nos supone partícipes de algún secreto en el cual todavía no hemos entrado. Es curiosa, por ejemplo, la naturalidad con que nos dice que a nuestro personaje sería mejor llamarle «San Manuel Bueno» que «Don Manuel». Y en seguida insiste al decir que «llevaba la cabeza» como «nuestra Peña del Buitre» y que sus ojos eran como «nuestro lago» . Pero el hecho es que esa montaña y ese lago no son nuestros, no los conocemos, puesto que no nos han sido descritos. Evidentemente, aunque ella declara desconocer el destinatario de sus memorias, supone que dicho destinatario está al corriente de hechos y circunstancias.

La extraña sensación de misterio que nos produce esta prosa tan sencilla se debe a que empezamos a movernos en un mundo de precario equilibrio entre la crónica y la memoria interior. Desde el principio, pues, se nos prepara para la niebla, para el juego de perspectivas que, como ya hemos visto, es esencial en esta novela.

Si ahora nos situamos al final del relato, de aquella transparente sencillez de estilo del principio pasamos a una extraña complejidad en la que los juegos de palabras y las paradojas, como en Santa Teresa, como en los místicos en general —recordémosle vivo sin vivir en mí—, ocupan un lugar principal:

¡Hay que vivir! y él me enseñó a vivir, él nos enseñó a vivir, a sentir la vida, a sentir el sentido de la vida, a sumergirnos en el alma de la montaña, en el alma del lago, en el alma del pueblo de la aldea, a perdernos en ellas para quedar en ellas. Él me enseñó con su vida a perderme en la vida del pueblo de mi aldea, y no sentía yo más pasar las horas, y los días y los años, que no sentía pasar el agua del lago. Me parecía como si mi vida hubiese de ser siempre igual. No me sentía envejecer. No vivía yo ya en mí, sino que vivía en mi pueblo y mi pueblo vivía en mí. Yo quería decir lo que ellos, los míos, decían sin querer. [...]

Y ahora, al escribir esta memoria, esta confesión íntima de mi experiencia de la santidad ajena, creo que Don Manuel Bueno, que mi San Manuel y que mi hermano Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada. [...]

Y al escribir esto ahora, aquí, en mi vieja casa materna, a mis más que cincuenta años, cuando empiezan a blanquear con mi cabeza mis recuerdos, está nevando, nevando sobre el lago, nevando sobre la montaña, nevando sobre las memorias de mi padre, el forastero; de mi madre, de mi hermano Lázaro, de mi pueblo, de mi San Manuel, y también sobre la memoria del pobre Blasillo, de mi San Blasillo, y que él me ampare desde el cielo. Y esta nieve borra esquinas y borra sombras, pues hasta de noche la nieve alumbra. Y yo no sé lo que es verdad y lo que es mentira, ni lo que vi y lo que soñé —o mejor lo que soñé y lo que sólo vi—, ni lo que supe ni lo que creí. No sé si estoy traspasando a este papel, tan blanco como la nieve, mi conciencia que en él se ha de quedar, quedándome yo sin ella. ¿Para qué tenerla ya...?

¿Es que sé algo?, ¿es que creo algo? ¿Es que esto que estoy aquí contando ha pasado y ha pasado tal y como lo cuento? ¿Es que pueden pasar estas cosas? ¿Es que todo esto es más que un sueño soñado dentro de otro sueño?

 

Estudios y Recursos Literarios

 



[1] Se refiere a Jesucristo.

[2] Martín de Riquer: Los cantares de gesta franceses, Madrid, Gredos, 1952.

[3] Ernest Renan (1823-1892}, escritor e historiador de las religiones francés. Tras siete años de estudios religiosos, renunció al sacerdocio. Renovador de los estudios sobre los pueblos semíticos, viajó en 1861 a Siria y Palestina, donde tuvo la “revelación” del “quinto evangelio" (Vida de Jesús, 1863), en el que describe a Jesús como hombre incomparable sin dimensiones divinas. Por esta teoría fue excluido de su cátedra.

[4] La primera edición (en la revista “La Novela de Hoy”, nº 461) lleva la fecha 13 de marzo de 1931. El artículo de Marañón se publicó el 3 de diciembre de ese año.

[5] Recuérdense las palabras de Unamuno: “este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto de toda filosofía” (v. 3.1.). Marañón no se da cuenta de que cuando Unamuno habla de “hombre de carne y hueso” está utilizando una sinécdoque para hablar del alma individual de cada hombre, y no de su apariencia física. Si se me permite la ironía, diré que Unamuno no era fisiólogo, ni tan siquiera anatomista; es “sólo” un fi1ósofo que piensa sobre la “psique”. No es médico, como el doctor Marañón.

[6] Como veremos, el único dato certero (“objetivo”) que se ofrece en la novela de don Manuel es que era “alto, delgado, erguido”. Por lo demás, y dejando ironías aparte, el análisis de Gregorio Marañón es muy atinado.

[7] Nikos Kazantzaki (1883-1957) es uno de los grandes creadores de la literatura neohelénica. Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista... cultivó, como Unamuno todos los géneros. Su novela Alexis Zorba (1946) fue llevada a la pantalla con el título Zorba, el griego (1954). Debe destacarse también su Cristo de nuevo crucificado (1954). Coincidió con nuestro autor en sus preocupaciones existenciales y religiosas. La entrevista que mencionamos está incluida en Del monte Sinaí a la isla de Venus, Obras Selectas II, Barcelona, 1914.

[8] Ésta es hoy en día la opinión general de la crítica y editores de la obra. Sin embargo, en su edición de Espasa Calpe-Austral, Víctor García de la Concha sigue identificando ese “mayor” “de los grandes santos” con San Pablo, haciendo una lectura equivocada de las palabras de éste con que se encabeza la novela. Además, San Pablo es para Unamuno el apóstol que predica la inmortalidad y resurrección de Cristo, basando en ella su predicación. Así, Unamuno lo opone a los evangelistas, que trataron fundamentalmente —según su interpretación— de la vida de Cristo en la tierra.

[9] Karl Marx: Introducción a la filosofía del derecho de Hegel (1884).

[10] Carlos Blanco Aguinaga: Sobre la complejidad de San Manuel Bueno, mártir, novela.. “Nueva Revista de Filología Hispánica” nº 3 y 4 (1961).

[11] Como aclaramos en nota anterior la frase que define la religión como opio del pueblo es de Kart Marx, no de Lenin.

[12] Antonio Sánchez Barbudo: Estudios sobre Galdós, Unamuno y Machado, ed. Guadarrama, Madrid, 1968