1. LA VIDA

Toda novela, toda obra de ficción, todo poema, cuando es vivo, es autobiográfico.

Porque, ¿quién soy yo mismo? ¿Quién es el que se firma Miguel de Unamuno? Pues... uno de mis personajes, una de mis criaturas, uno de mis agonistas.

Comenzamos presentando a Unamuno cediéndole la palabra, porque quizá la mejor forma de acercarse al «hombre de carne y hueso» que fue don Miguel de Unamuno es la lectura de las numerosas “autobiografías” de que están llenos sus escritos. Un hombre con tal necesidad de mostrarnos su “yo” que seguramente sea su egocentrismo el rasgo psicológico que más frecuentemente se halla bajo todas sus manifestaciones filosóficas, literarias, políticas y, por supuesto, vitales. De él escribió Antonio Machado en 1938:

De los cuatro Migueles que asumen y resumen las esencias de España (Miguel Servet, Miguel de Cervantes, Miguel de Molinos y Miguel de Unamuno)[1] es Unamuno el último en el tiempo, de ningún modo el menor de los cuatro gigantes.

De quienes ignoran que el haberse apagado la voz de Unamuno es algo con proporciones de catástrofe nacional, habría que decir: ¡Perdónalos, Señor, porque no saben lo que han perdido!

Aunque la vida de don Miguel de Unamuno fue en su totalidad una meditación sobre la muerte, no fue una meditación estoica para resignarse a morir, sino todo lo contrario. Unamuno es el perfecto antipolo de Séneca. Es Unamuno uno de los grandes pensadores “existencialistas” que se adelanta a la novísima filosofía (la de Friburgo), que culmina en Heidegger; pero Unamuno llegó a conclusiones radicalmente opuestas: «La vida, desde su principio hasta su término, es lucha contra la fatalidad de vivir, lucha a muerte, agonía. Las virtudes humanas son tanto más altas cuanto más hondamente arrancan de esta suprema desesperación de la conciencia trágica y agónica del hombre».

Su héroe fue Don Quijote, el antipragmatista por excelencia, el héroe éticamente invicto e invencible que sabe, o cree saber, que toda victoria inmerecida es una derrota moral, y que, en último caso, más que la victoria importa el merecerla. La idea esencial quijotesca se hermana con el más hondo sentir de Unamuno: «Vivid de tal suerte que el morir sea para vosotros una suprema injusticia».

Nace Unamuno en Bilbao en 1864. Siempre se sintió profundamente vasco y español, lo que le influyó en su sentido y uso de la lengua española. Es el tercer hijo y primer varón, tras María Felisa y María Jesusa, del matrimonio de Don Félix de Unamuno, comerciante, con su sobrina carnal, Salomé Jugo. Más tarde nacerán Félix, Susana y María Mercedes. A los seis años de edad muere su padre y Miguel queda a cargo de su abuela, Benita Unamuno, de quien nos dirá que recibió el coraje de la vida civil, y de su madre, de quien recibió su religiosidad. Su hermana María Jesusa había muerto en 1867 y María Mercedes, que nace en 1868, muere el año siguiente. Su casa es un hogar de mujeres, que de una manera u otra influyen en su comportamiento. A los nueve años celebró la primera comunión en la parroquia de los Santos Juanes. Entre los componentes del grupo de catequesis estaba una chica llamada Concha Lizárraga, que más tarde sería su mujer.

A los diez años, asiste como testigo al asedio de su ciudad durante la segunda guerra carlista (lo que luego reflejará en su primera novela, Paz en la guerra). Había acabado sus primeros estudios en el colegio de San Nicolás y se disponía a entrar en el instituto. Bilbao, su ciudad natal, se encontraba sitiada por las tropas carlistas desde hacía meses. Muchos de estos carlistas eran hijos de aquellos otros que provocaron la «Guerra de los siete años». La opinión pública se hallaba dividida entre liberales y carlistas, en el frente se defendían los ideales a tiros, mientras en la retaguardia se intercambiaban insultos. Se corrió la voz de que los carlistas iban a bombardear Bilbao. Unos creyeron la afirmación, mientras que otros hicieron caso omiso. De  todas formas, muchos bilbaínos prefirieron irse de la ciudad. Entre los que no abandonaron Bilbao estaba Doña Salomé; quizá no quería asustar a los niños o no se creyó la noticia que vagaba por el ambiente. Cuando llegó el día 21 de febrero, día del bombardeo, la familia Unamuno se refugió junto con los demás vecinos en los sótanos de la confitería de unos parientes. Durante la guerra, la vida pierde normalidad, el principal atractivo para Miguel era el no asistir al colegio. Doña Salomé no dejaba salir a sus pequeños, aunque el espíritu explorador de Miguel lo intentara, con resultado fallido, en varias ocasiones. Hasta el 2 de mayo de 1874, cuando las tropas libertadoras entraron en Bilbao, no acabaron los bombardeos sobre la ciudad. Miguel presenció el desfile de los soldados subido a un banco del paseo del Arenal. La guerra tocaba ya a su fin, pero le marcará para siempre.

Se traslada, a los dieciséis años, a Madrid para estudiar Letras. La pensión donde va a hospedarse, conocida por “La Casa de Astrarena”, cuesta tres pesetas diarias, todo incluido y está localizada en la calle Montera. A Miguel el jaleo de sus compañeros de hospedaje no le agrada. Él ha ido a Madrid a estudiar y a ello dedica encarecidamente sus momentos libres. No sale por la noche, el recuerdo de Concha, su novia, le acompaña noche y día. Obtiene la licenciatura en Letras, con calificación de Sobresaliente, en 1883, a sus diecinueve años. Al año siguiente, se doctora con una tesis sobre la lengua vasca: Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca, en la que anticipa sus posturas contrarias al nacionalismo vasco de Sabino Arana. Vuelve a Bilbao, iniciándose en la literatura con una serie de artículos en los que muestra una tendencia política socialista.

Unamuno en su juventud.

El 31 de enero de 1891 se casa con Concha Lizárraga, de la que estaba enamorado desde niño. El matrimonio le trae a Miguel la apacible y tan esperada felicidad. Pasa los meses invernales dedicado al estudio. Está preparando unas oposiciones para una cátedra de Griego en la Universidad de Salamanca. Regresa a Madrid, donde se realizan las oposiciones, y gana la cátedra de griego de la Universidad de Salamanca, ciudad en la que vivirá —con los paréntesis forzados o voluntarios de sus destierros— hasta su muerte. Con motivo de la preparación de dichas oposiciones, entabla amistad con el granadino Ángel Ganivet (el llamado precursor de la generación del 98, pero sólo un año más joven que Unamuno); amistad que se irá intensificando hasta el suicidio de aquél en 1898. En Salamanca nacerán todos sus hijos, menos el primogénito que vendrá al mundo en Bilbao en 1892.

En 1896, su tercer hijo, Raimundo, sufre un ataque de meningitis, del cual se le desarrollará una hidrocefalia. El niño morirá en 1902.

En 1897 sufre una profunda crisis religiosa, de la que deberemos ocuparnos más detenidamente. Ese mismo año se da de baja en el Partido Socialista, en el que militaba desde 1894. Su espiritualismo absorbente, la obsesiva forma de la religiosidad unamuniana, va a configurar de manera decisiva su apartamiento radical del marxismo (materialismo histórico y dialéctico) y también, como él mismo recordaría, su separación gradual del socialismo y, en general, de las ideologías progresistas. 

En 1901 es nombrado rector de la Universidad de Salamanca. La importancia de su magisterio intelectual se va acentuando. Desde allí publica continuamente obra ensayística, poesía, teatro y narración, además de numerosísimos artículos en la prensa, con los que interviene en la actualidad política.

De 1913 es un conjunto unitario de ensayos, que ya habían aparecido por separado en la prensa: Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (la última parte del título —en los hombres y en los pueblos— se suele soslayar, porque, de hecho, el libro es personal, individual). Se trata, sin duda, de su libro más importante en la línea de la prosa de ideas.

En 1914 el ministro de Instrucción Pública lo destituye del rectorado por razones políticas. Unamuno aparece entonces como el mártir de la oposición liberal. Sus escritos sobre la Primera Guerra Mundial polarizaron a la opinión pública. Así, pese a que no estaba afiliado a ningún partido, pudo escribir en 1917: «Tengo la convicción de influir en la política [...] española más que la inmensa mayoría de los diputados y los senadores».

Miguel de Unamuno

en Fuerteventura durante su destierro.

En 1920 es elegido por sus compañeros decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Es condenado a dieciséis años de prisión por injurias al rey, pero la sentencia no llegó a cumplirse. En 1921 sus compañeros, de nuevo, lo nombran vicerrector. Sus constantes ataques al rey y al dictador Primo de Rivera hacen que éste lo destituya nuevamente de sus cargos universitarios, y lo destierre a Fuerteventura en febrero de 1924. El 9 de julio es indultado, pero él se destierra voluntariamente a Francia; primero a París y, al poco tiempo, a Hendaya, en el país vasco-francés. Allí permaneció hasta la caída de Primo de Rivera (1930) y puede regresar triunfalmente. Sobre Unamuno político, escribió Antonio Machado en ese mismo año:

Es Don Miguel de Unamuno la figura más alta de la actual política española. Él ha iniciado la fecunda guerra civil de los espíritus, de la cual ha de surgir —acaso surja— una España nueva. Yo le llamaría el vitalizador, mejor diré, el humanizador de nuestra vida pública. El más personal de nuestros políticos [...]. Unamuno es ante todo persona, pero no en el sentido etimológico de la palabra, porque es, acaso, el único político que no usa máscara. En esto, a mi juicio, estriba su enorme fuerza. No será nunca un jefe de partido o partida, ni un caudillo de masas. Para Unamuno no hay partidos, ni mucho menos masas, dóciles o rebeldes, en espera de cómitre o pastor. Unamuno es un hombre orgulloso de serlo, que habla a otros hombres en lenguaje esencialmente humano. Se dirá que esto no es política. Yo creo que es la más honda, la más original y de mayor fundamento. Porque ¿puede haber política fecunda sin amor al pueblo? ¿Y amor al pueblo sin amor al hombre y, por ende, respeto a los valores del espíritu que son sus únicos privilegiados?

No basta invocar la ciudadanía. Es un concepto pagano y superado ya por la historia. Un ciudadano puede ser un hombre libre que viva sobre una masa de esclavos. La última gran revolución política no invocó los derechos del ciudadano; proclamó los derechos del hombre. ¿Por qué se olvida esto tan frecuentemente? Unamuno no lo ha olvidado nunca. Pero Unamuno piensa que mal puede el hombre invocar sus derechos sin una previa conciencia de su hombría. La ingente labor política de Unamuno consiste en alumbrar esta conciencia, con su palabra y con su ejemplo, en las entrañas de su pueblo.

Miguel de Unamuno

a su llegada a Madrid tras el destierro.

 

En 1931, con la llegada de la República, es reintegrado al rectorado salmantino. Se presenta a las elecciones a Cortes y es elegido diputado como independiente por la candidatura de la conjunción republicana. En 1933 decide no presentarse a la reelección. Al año siguiente se jubila de su actividad docente y es nombrado Rector vitalicio, a título honorífico, de la Universidad de Salamanca, que crea una cátedra con su nombre.

En julio de este año de 1934 muere Concha, su mujer:

[...] se me fue mi santa mujer (q.e.D.g.) que era mi costumbre y mi alegría, y me daba lo que siempre más me faltó: serenidad y contento de vivir. Nunca creyó en la muerte, como yo nunca he creído en la vida.

En 1935 es nombrado ciudadano de honor de la República.

Al iniciarse la guerra civil, apoya durante un breve periodo de tiempo a los rebeldes, creyendo las palabras iniciales de éstos de querer restaurar el propio orden republicano. Azaña lo destituye como rector honorario, pero es repuesto por los nacionalistas. El 12 de Octubre de 1936, en el acto de inauguración del curso académico, se produce su célebre enfrentamiento con el general Millán Astray. Ante los gritos de éste de «¡Viva la muerte!», «¡Mueran los intelectuales!» , «Muera la inteligencia!»... Unamuno le corta el uso de la palabra: «En este sacrosanto templo del saber, no pueden proferirse tales palabras» (dicen que dijeron que dijo, que en este caso, como en sus novelas, los puntos de vista se multiplican).

Al día siguiente, es puesto bajo arresto domiciliario. Su último poema está fechado tres días antes de su muerte («28, día de inocentes, XII-36»):

Toda su vida, toda su filosofía han sido [...]

una «meditatio mortis» (Ortega y Gasset).

J. Gutiérrez Solana:

«La procesión de la muerte».

   Morir soñando, sí, mas si se sueña

morir, la muerte es sueño; una ventana

hacia el vacío; no soñar; nirvana;

del tiempo al fin la eternidad se adueña.

   Vivir el día de hoy bajo la enseña

del ayer deshaciéndose en mañana;

vivir encadenado a la desgana

es acaso vivir? Y esto qué enseña? [2]

   ¿Soñar la muerte no es matar el sueño?

¿Vivir el sueño no es matar la vida?

¿a qué poner en ello tanto empeño

   aprender lo que al punto al fin se olvida

escudriñando el implacable ceño

—cielo desierto— del eterno Dueño?[3]

En otro poema, fechado en la «Noche Vieja de 1906» había escrito:

[...] y me digo: «Tal vez cuando muy pronto

»vengan para anunciarme

»que me espera la cena,

»encuentren aquí un cuerpo

»pálido y frío

»—la cosa que fui yo, éste que espera—,

»como esos libros silencioso y yerto,

»parada ya la sangre,

»yelándose en las venas,

»el pecho silencioso

»bajo la dulce luz del blando aceite,

»lámpara funeraria.»

Tiemblo de terminar estos renglones

que no parezcan

extraño testamento,

más bien presentimiento misterioso

del allende sombrío,

dictados por el ansia

de vida eterna.

Los terminé y aún vivo.[4]

 

 

Justamente treinta años más tarde, el 31 de diciembre de 1936, encuentra a su vieja amiga, la muerte, sentado en la camilla en donde solía trabajar y conversar en años pretéritos.

Despacho de Miguel de Unamuno

en su casa de Salamanca.

Ortega y Gasset escribió entonces en Buenos Aires:

En esta primera noche de 1937, cuando termina el que ha sido para España el «año terrible» —este año de purificación, año de cauterio—, me telefonean desde las oficinas de «La Nación», en París, que Unamuno ha muerto. Ignoro todavía cuáles sean los datos médicos de su acabamiento; pero, sean los que fueren, estoy seguro de que ha muerto de «mal de España». [...] Ha inscrito su muerte individual en la muerte innumerable que es hoy la vida española. Ha hecho bien. Su trayectoria estaba cumplida. Han muerto en estos meses tantos compatriotas que los supervivientes sentimos como una extraña vergüenza de no habernos muerto también. [...]

Ya está Unamuno con la muerte, su perenne amiga-enemiga. Toda su vida, toda su filosofía han sido, como las de Spinoza, una «meditatio mortis». Hoy triunfa en todas partes esta inspiración, pero es obligado decir que Unamuno fue el precursor de ella.

Antonio Machado, desde Valencia, a donde ha sido evacuado, junto con otros intelectuales, siguiendo al gobierno de la República, escribió:

A la muerte de don Miguel de Unamuno, hubiera dicho Juan de Mairena: de todos los grandes pensadores, que hicieron de la muerte tema esencial de sus meditaciones, fue Unamuno quien menos habló de resignarse a ella. [...] Porque Unamuno fue todo, menos un estoico, es decir, todo antes que un maestro de resignación a la fatalidad de morirse. Le negaron muchos el don filosófico, que poseía en grado sumo. La crítica, sin embargo, debe señalar que, coincidiendo con los últimos años de Unamuno, florece en Europa toda una metafísica existencialista, que tiene a Unamuno, no sólo entre sus adeptos, sino también —digámoslo sin rebozo— entre sus precursores. De ello hablaremos largamente otro día. Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en guerra. ¿Contra quién? Quizás contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo. ¿Contra el pueblo mismo? No lo he creído nunca ni lo creeré jamás.[5]

2. LA CRISIS DE 1897

Momento crucial de su vida fue, como dijimos, la llamada crisis de 1897. Detengámonos más extensamente en ella.

La noticia de la crisis nos la da Pedro Corominas (La trágica fe de M. de Unamuno): «En una carta me explicó la crisis como una descarga fulminante que le hirió en una hermosa noche [...] al día siguiente [...] iba a recluirse en el convento de frailes dominicos de Salamanca, donde estuvo tres días.» [6]

Tras ello, como lo atestiguan sus cartas dirigidas a Leopoldo Alas, Clarín, hizo un esfuerzo para recobrar la fe definitivamente perdida, y empezó a practicar, hundiéndose hasta en las devociones más rutinarias, siguiendo los consejos leídos en el filósofo francés Blaise Pascal (1623-1662).

Miguel de Unamuno

hacia 1900.

En 1897 hizo también abundantes lecturas religiosas, entre las que debieron abundar las de los autores protestantes que alimentarían su antidogmatismo y anticlericalismo. Lo que después rechazaría del protestantismo sería la tendencia más ética y preocupada por las cosas de este mundo que por lo escatológico, ya que la esperanza en la vida ultraterrena es lo que, indudablemente más le interesa de toda experiencia religiosa.

A pesar de ello, hay ocasiones en las que parece adoptar una actitud religiosa claramente ética frente a las injusticias del mundo. Así, en una carta de 1898 escribe: «Cultiva el grano de íntima bondad que llevamos todos [...] procura aliviar dolores ajenos.» Voluntad que aparecerá en otros momentos de su obra, como en San Manuel Bueno, mártir: «El pueblo no entiende de palabras; el pueblo no ha entendido nada más que vuestras obras», dice Ángela a su hermano Lázaro al final de la obra.

A partir de esta crisis será el agonismo la característica esencial de su pensamiento. Lo que hará Unamuno será levantar «guerra sobre la paz» , «fragor y estruendo» , para ocultar el rumor de «las aguas eternas, las de debajo del todo», porque «la paz es terrible». «No me prediques la paz, que la [sic] tengo miedo. La paz es la sumisión y la mentira. Ya conoces mi divisa: primero la verdad que la paz. Antes quiero verdad en guerra que no mentira en la paz», escribe en el breve ensayo De la correspondencia de un luchador.  Naturalmente que Unamuno se refiere a la “guerra” de los espíritus, a la lucha, la agonía interior entre la razón y la fe.

En la estricta coordenada religiosa hay que señalar que después de 1900 se instaló de un modo definitivo en la lucha y en la duda: «y lucha y duda, y todos sus juegos con ideas, sentimientos y problemas, sólo le servían para ocultar un vacío, para engañarse así mismo olvidando que no había podido creer.»[7] «Mi religión —escribe Unamuno en 1907— es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio».

Pasado un año, lo que más le interesa de su crisis son los frutos de ésta: sus escritos. Se cierra así un periodo de la vida de Unamuno y se abre otro en el cual su obra mostrará un especial carácter religioso —ansia de eternidad— y literario --ansia de vida perdurable en la fama--. En Amor y pedagogía (1902), el personaje don Fulgencio, que a menudo se expresa como Unamuno mismo, dice: «El erostratismo es la enfermedad de nuestro siglo, la que padezco [...], quemamos nuestra dicha para legar nuestro nombre [...] aquí me tienes tragándome mis penas, procurando llamar la atención.»[8]

Por tanto, parece útil seguir hablando, como ha hecho gran parte de la crítica, de dos grandes periodos en la obra unamuniana, separados por esta crisis:

o         En el primero, encontramos un moderado influjo de su personal concepción religiosa y una apertura hacia las corrientes socialistas y progresistas.

o         En el segundo, se irá acentuando una obsesión por los problemas de la trascendencia y se irá configurando un Unamuno más íntimo y, al mismo tiempo, más reaccionario en política.

3. RAZÓN Y FE: EL PROBLEMA DE LA EXISTENCIA EN UNAMUNO

3.1. LA EXISTENCIA, REALIDAD RADICAL

Unamuno parte, como es sabido, del hombre: «el hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere —sobre todo muere— , el que come, y bebe, y juega, y duerme, y piensa, y quiere; el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano». «Ni lo humano, ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el adjetivo sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre». «Frente a éste se halla el “hombre en general”, un hombre que no es de aquí o de allí, ni de esta época o de la otra; que no tiene ni sexo ni patria, una idea, en fin. Es decir, un no hombre». (Unamuno: Ensayos).

Sören Kierkegaard

El tema que le preocupa es, pues, el del hombre individual, concreto; no la “naturaleza humana”; y, en este sentido, se encuentra Unamuno en lo que llamamos filosofía de la existencia. Porque de lo que se trata es justamente del hombre concreto, con toda su riqueza de caracteres y posibilidades, del existente a la manera de Kierkegaard. El hombre no es razón pura. El existente es algo más complejo: es cada uno de nosotros, en carne y hueso, con todas sus modalidades cognoscitivas, volitivas, afectivas, pasionales, corporales, sociales... y con la especial inflexión que todos estos factores cobran en cada individuo particular.

Es este hombre concreto lo único que existe verdaderamente. De ahí la insistencia de Unamuno en afirmar su yo (de la insistencia en afirmarse nace la certidumbre de que soy yo lo que realmente existe): «¡Yo, yo, yo, siempre yo! —dirá algún lector—; ¿y quién eres tú? Para el universo, nada; para mí, todo» (Unamuno: Del sentimiento trágico de la vida). Yo, el existente concreto, soy todo para mí, aunque al universo no le interese —el universo, que sólo tiene sentido en función de mí mismo. El sentido de mi existencia, es decir, lo que yo soy con respecto a mí y al mundo, no reside en ningún fin extrínseco, sino en mi realización en mi vida. Es precisamente por ello, por lo que la filosofía no tiene otro objeto ni sujeto que el hombre concreto: «este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda filosofía» (Unamuno: op. cit.). El filósofo, en lugar de estudiar abstracta, cómoda y tranquilamente un conjunto de pensamientos vacíos de alma, de entidad carnal y espiritual concreta, nos fuerza a conocer un hombre.

Y lo que caracteriza al hombre, a cada hombre, es el experimentarse a sí mismo como un ser que pone todo su esfuerzo en ser y en ser siempre. El hombre «no es sino el conato, el esfuerzo que pone en seguir siendo hombre, en no morir» (Unamuno: op. cit.). Nuestra esencia es perseverar en nuestro ser, en oponernos constantemente a nuestra posible nada, en esforzarnos por nuestra inmortalidad.

3.2. CARACTER CONTRADICTORIO DE LO REAL

La existencia humana —y, por tanto, la realidad toda— es contradictoria. La contradicción es la base de nuestra existencia, y «ahí fracasa toda filosofía que pretenda deshacer la eterna y trágica contradicción, base de nuestra existencia» (Unamuno: op. cit.). Tal contradicción tiene múltiples manifestaciones. Ante todo, las luchas constituyen la entraña misma de la vida: «La vida es lucha [...] No me cansaré de repetir que lo que más nos une a los hombres unos con otros son nuestras discordias. Y lo que más le une a cada uno consigo mismo, lo que hace la unidad íntima de nuestra vida, son nuestras discordias íntimas, las contradicciones interiores de nuestras discordias.» (Unamuno: La agonía del cristianismo). Donde, en cambio, domina la paz, la armonía, el sistema, reina la muerte: «Sólo se pone uno en paz consigo mismo, como Don Quijote, para morir.»[9] (v. § 4.2.2.)

Y afirma que no se trata de dialéctica, sino de agonía (del griego “agwnia”: lucha): «No dialéctico, sino agónico, porque allí no se dialoga, se lucha» (Unamuno: op. cit.).

Este agonismo nos explica las contradicciones del propio Unamuno, que tanta sorpresa, desconcierto e, incluso, ira despertaron en sus contemporáneos. Él mismo no sólo no se cuidó de ocultarlo, sino que además lo proclamaba con orgullo: «¿Contradicción? ¡Ya lo creo! ¡La de mi corazón, que dice sí, y mi cabeza. que dice no! [...] ¡Contradicción!, ¡naturalmente! Como que sólo vivimos de contradicciones, y por ellas; como que la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha sin victoria ni esperanza de ella: es contradicción.» (Unamuno: Del sentimiento trágico de la vida) .

3.3. CONSECUENCIAS GNOSEOLÓGICAS: LOS LÍMITES DEL CONOCIMIENTO

Si lo real, y primordialmente el hombre individual, se experimenta como algo contradictorio, ¿qué sucede con el conocimiento? Porque si la realidad escapa al orden de lo “general” y por añadidura es de índole contradictoria, tal singularidad y tal contradicción tendrán que reflejarse en nuestro conocimiento: es decir, la realidad no podrá ser expresada en términos racionales.

Si para Unamuno la suprema preocupación de la filosofía es la relativa al «principio primero y el fin último de las cosas todas, y sobre todo de los hombres, su primer por qué y su último para qué [...], esta suprema preocupación no puede ser puramente racional, tiene que ser afectiva. No basta pensar, hay que sentir nuestro destino» (Unamuno: op. cit.) .

La filosofía no surge de la “razón pura”, sino del hombre concreto, en el que el elemento más importante no es la inteligencia, sino sus sentimientos, sus necesidades, sus pasiones. De manera que «nuestra filosofía, esto es, nuestro modo de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma» (Unamuno: op. cit.).

3.4. LOS MODOS DEL CONOCIMIENTO: RAZÓN Y FE

Esta visión existencial de la realidad debería llevarle a una actitud decididamente antirracionalista. Sin embargo, encontramos en Unamuno una valoración existencial de la razón. Pues la vida humana, si no se reduce a la razón, está también movida por ella, y Unamuno no quiere ignorarlo. Su antirracionalismo. más que una toma de posición contra la razón misma, es en el fondo una lucha contra la pereza intelectual, contra el dogmatismo que tiene ya soluciones hechas y que sólo se preocupa por fijar lo muerto.

Porque no se trata de una total entrega a la intuición irracional o a un fideísmo libre de todo control; no se trata de fe ciega, sino de una lucha por racionalizar la fe y al propio tiempo de infundir fe a la razón; de un intento por mantener la tensión dinámica entre ambas. Una fe que no se acompañe de razón acaba en embrutecimiento.

A diferencia, pues, de lo que suele hacer el irracionalismo tradicional, que repudia la razón en favor de cualquier otra potencia, Unamuno afirma decididamente el conflicto y se instala en él. Y esto es la agonía: la vida es lucha, y, para el hombre, lucha entre la fe y la razón.

3.5. POÍESIS: AUTOR-CREADOR

La fe de que nos habla Unamuno no tiene nada que ver con la fe entendida como gracia divina. Es una activa confianza desesperada en la potencia de la imaginación, una necesidad de la imaginación del hombre, lo que nuestro sentimiento necesita: ante todo, un deseo de perdurabilidad, de inmortalidad. Esta potencia de la imaginación es la convicción metafísica fundamental de Unamuno: la de producir la realidad con sólo quererlo, la de la fe que crea su objeto. Así, en la novela lo que le interesa es el proceso de invención, de creación de vidas que “vivan” fuera de ella; a veces, tan “reales” que se le rebelan a su creador, como ocurre en Niebla.

No es, por tanto, fruto de la casualidad o del descuido el que Unamuno utilice como sinónimos de “fe” los términos “imaginación” , “fantasía”, “voluntad” o “sentimiento”. O que al hablar de la creación de sus personajes emplee los verbos “formar”, “engendrar”, “brotar”. Porque como afirma en numerosas ocasiones, el mundo de la filosofía y de la creación literaria «es hijo del amor»: «¿Y sé yo, además, si no he creado fuera de mí seres reales y efectivos, de alma inmortal? ¿Sé yo si aquel Augusto Pérez, el de mi novela Niebla, no tenía razón al pretender ser más real, más objetivo que yo mismo, que creía haberlo inventado? De la realidad de este San Manuel Bueno, mártir, tal como me lo ha revelado su discípula e hija espiritual Ángela Carballino, de esta realidad no se me ocurre dudar. Creo en ella más que creía el mismo santo; creo en ella más que creo en mi propia realidad». 

 

Estudios y Recursos Literarios

 



[1] Miguel Servet Villanueva (1511?-1553): Aragonés, fue secretario del confesor de Carlos I. Estudió medicina en París y fue el descubridor de la circulación pulmonar de la sangre. De ideas reformadoras en lo religioso, fue perseguido por la Inquisición, lo que le hizo huir de Viena, ciudad en que ejercería la medicina. Fue a Ginebra, donde se le detuvo por orden de Calvino, que ejercía su tiranía en aquella ciudad y al que había atacado duramente, tanto por escrito como en público. Fue quemado en la hoguera en 1553 por orden de éste. En su Christianissimi restitutio enunció sus tesis antitrinitarias y panteístas inspiradas en un fideísmo interior.

   Miguel Molinos (1628-1696) escribió una Guía espiritual, donde desarrolla teoría del quietismo.

[2] Debe tenerse en cuenta que, en su poesía, Unamuno utiliza de forma peculiar los signos de puntuación, exclamación e interrogación.

[3] Poema 1754. El poema está encabezado con una cita: “Au fair, se disait-il à lui, il parait que mon destin est de mourir en rêvant.(Sthendal, Le Rouge et le Noire, LXX, “La tranquillité”)”. En los poemas, seguimos el texto de la edición de las Obras Completas de Miguel de Unamuno, dirigida por Manuel García Blanco, en Vergara Editorial, 16 tomos, Barcelona, 1959-1964. A partir de ahora, nos referimos a esta edición con las siglas O.C.

[4] Incidentes domésticos [III], en Poesías (1907).

[5] Antonio Machado: Prosas completas; edición crítica a cargo de Oreste Macrí, Madrid, ed. Espasa-Calpe – Fundación Antonio Machado, 1989, pp. 2181-2.

[6] Pedro Corominas entabló amistad con Unamuno a raíz de que éste dirigiera una carta al presidente del Gobierno, don Antonio Cánovas del Castillo, pidiéndole la libertad de Corominas, encarcelado en Montjuich por la política de represión llevada a cabo con motivo de los atentados anarquistas en Barcelona: “Estimo que el sacrificar a Corominas, que es lo que suele decirse un anarquista platónico, por el natural deseo de servir a una opinión pública, que, tan justamente alarmada como grandemente extraviada, pide que caiga algún intelectual, llevaría a un acto de escasa justicia y de menos caridad” (28 de noviembre de 1896). La palabra “intelectual” fue utilizada como sustantivo por primera vez por los escritores del 98 y éste es el texto en que Unamuno la utiliza también por vez primera.

[7] Antonio Sánchez-Barbudo: Una experiencia decisiva: la crisis de 1897.

[8] Eróstrato fue un efesio que, para inmortalizar su nombre, incendió el templo de Artemisa en Éfeso en 356 a.C. la misma noche en que nació Alejandro Magno. Sobre este personaje tenía Unamuno pensado escribir un ensayo que titularía Eróstrato o la gloria, en el que vendría a expresar el estado de ánimo en que había quedado después de tomar la decisión, al salir de su crisis de 1897, de entregarse a la búsqueda de la fama como modo de perpetuarse, convencido ya de que no creía ni podría creer. Sin embargo, esa obsesión se plasmaría algún tiempo después en su Vida de Don Quijote y Sancho (1905), la historia de ese gran buscador de gloria que fue el personaje de Cervantes.

[9] Véanse las palabras de don Manuel (San Manuel Bueno, mártir): “¡Y cómo me llama esa agua [del lago] que con su aparente quietud —la corriente va por dentro— espeja al cielo! [...] Aquí se remansa el río en lago, para luego, bajando a la meseta, precipitarse en cascadas, saltos y torrenteras por las hoces y encañadas, junto a la ciudad, y así se remansa la vida, aquí en la aldea. Pero la tentación del suicidio es mayor aquí, junto al remanso que espeja de noche las estrellas, que no junto a las cascadas que dan miedo.”